¿Cómo sobrevivió Pedro Henríquez Ureña entre dictaduras y gobiernos liberales en el siglo XX que le tocó vivir? ¿Cómo dialogó con ambas formas de gobierno el humanista, filólogo historiógrafo, crítico cultural y literario dominicano? ¿Se acercó Pedro Henríquez Ureña al prototipo de demócrata revolucionario en un marco temporal de estallidos sociales y dictaduras feroces?
Los cauces y ejes de estas preguntas marcan un espacio de investigación surgente del Coloquio internacional Pedro Henríquez Ureña y la Revolución Mexicana en su Primer Centenario, celebrado los días 23, 24 y 25 de noviembre de 2010, en la Sala Salomé Ureña del Banco Central de la República Dominicana y donde participaron estudiosos dominicanos y extranjeros como ponentes. Las miradas en torno al comportamiento político de los ateneístas y con ellos del maestro y humanista dominicano fue analizada por algunos expertos. Nuestra ponencia se orientó hacia la paideia y la utopía, dos conceptos fundamentales para entender el pensamiento liberal y democrático de Pedro Henríquez Ureña.
El uso que en muchos casos se ha hecho de la vida y obra de Pedro Henríquez Ureña, oculta estratos de una doxa y un archivo que es preciso leer y estudiar de manera prudente, para no mitificar sus niveles, grados de interpretación y comprensión de la literatura, la cultura, la lengua y el espacio ideológico de la educación social y política latinoamericana y caribeña. De ahí la incomprensión de muchos llamados profesores y mediocres entusiastas de su obra crítica y filosófica.
El juicio del estudioso colombiano, Rafael Gutiérrez Girardot, reproduce una concepción de Hispanoamérica incidente y legible en el marco de la Revolución mexicana y la Revolución cultural. Ambos cruces de sentido, en su opinión, se reconstruyen en un ámbito intelectual y político particular:
“Con la caída del porfiriato y los albores de la Revolución mexicana de 1910 coincidió una revolución cultural, más callada pero más honda y más duradera que la que ya en sus comienzos ocasionó el desencanto de Mariano Azuela en su famosa novela Los de abajo (1916). De sus propósitos y de sus primeros pasos dejó testimonio Pedro Henríquez Ureña en el discurso que pronunció en la inauguración de los cursos de la Escuela de Altos Estudios de la Universidad de México en 1914 y que se publicó bajo el título de “La cultura de las humanidades”. El propósito fue el de superar la estrechez del positivismo que había servido de base ideológica al porfiriato y el restablecer la metafísica y la cultura clásica” (ver, Rafael Gutiérrez Girardot: Cuestiones, Ed. Fondo de Cultura Económica México, 1994, p.7, especialmente el ensayo “La concepción de Hispanoamérica en Reyes (1889-1959)”, pp.7-23).
La contextualización de Gutiérrez Girardot ayuda a comprender aún más la extensión de un juicio que cobra valor en proceso y en resultados:
“En realidad, sus resultados fueron considerablemente más amplios, pues la “cultura fundada en la tradición clásica no puede amar la estrechez”, decía Pedro Henríquez Ureña, quien de ese principio deducía la necesidad y la justificación del “cosmopolitismo”. Este correspondía a las suscitaciones del cosmopolitismo consagrado por Rubén Darío, pero tenía la inspiración política del de Rodó, quien en su Ariel (1900) no sólo había contrapuesto al espíritu materialista anglosajón el espíritu desinteresado latino, sino. Sobre todo, había invitado a la juventud de América a fortalecer esa personalidad histórica que él había definido en esa contraposición” (Ibíd.).
El erudito colombiano de formación hispano-germánica destaca algunos elementos, gestos y momentos que se debaten entre la dictadura y la democracia, pero a la vez, entre revolución y cultura. Así, Gutiérrez Girardot desata de manera prudente la madeja de la vida cultural de Hispanoamérica y su liberalismo utópico:
“Para quienes participaron de esa callada revolución de la Escuela de Altos Estudios y antes del legendario Ateneo de la juventud, como el filósofo Antonio Caso, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, entre otros, esa afirmación de la personalidad histórica de América tenía que pasar por lo que se llamó la rehabilitación de la metafísica, por la lectura de Platón y de Nietzsche, por ejemplo. Tanto el “arielismo” que desató Rodó como el ejemplo de la escuela de Altos Estudios y del Ateneo de la Juventud y la reforma universitaria de Córdoba de esas mismas fechas acuñan la vida cultural hispanoamericana de más de tres decenios de este siglo…” (pp. 7-8).
Pero la línea cardinal sustentada en las humanidades tradicionales de comienzos del siglo XX en América y en especial en la erudición, la crítica y el pensamiento que se iba conformando como consecuencia de los cambios violentos que hicieron reventar al México de verdad y al México de mentira, marcado por la presidencia y el monumentalismo de Porfirio Díaz, dedicado a expresar en arquitectura, militarismo y fiestas grandiosas a un país dividido entre los de arriba y “los de abajo”, implicó una visión y un movimiento vertical y horizontal de cauces variados. Se trataba entonces de una guerra de imágenes políticas, intelectuales y clasistas indicadoras de un movimiento de cruces y entrecruces, bajo una lucha entre liderazgos urbanos y rurales situados en bordes y centros contradictorios, antagónicos y sobre todo memoriales.
Alfonso Reyes. Pedro Henríquez Ureña. Vicente Lombardo Toledano. Ideales. Los “Siete sabios de México”. Universidad y saber. ¿Cuál era el presente? Se trataba de una Guerra entre el olvido y la memoria, entre la praxis y la Theoria.
En el Archivo histórico de Notarías de la Ciudad México, situado en la actualidad en la calle de la Reforma No. 167 (44), se encuentran las Joyas documentales y siglos de vida notarial del México virreinal, independiente y revolucionario. Allí reposa el documento fundacional de la Universidad Popular Mexicana que dice lo siguiente:
“Formación de la Sociedad “Universidad Popular Mexicana” dependiente del Ateneo de México, formada por el Lic. Antonio Caso, Dr. Enrique González Martínez, Martín Luis Guzmán, Pedro Henríquez Ureña, Ing. Alberto J. Pani, Alfonso Reyes y José Vasconcelos, cuyo objetivo era fomentar la cultura del Pueblo de México y especialmente de los gremios obreros. 1912”.
Indudablemente que, lo anotado por A. Roggiano (ver, Pedro Henríquez Ureña en México, 1989), apunta a una biografía que como Cultura e Historia trasmite una información, pero a la vez una visión del orden intelectual como ebullición y memoria epocal.
En tal sentido, Ateneo, Universidad, Escuela de Altos Estudios, Mayéutica socrática, ideales revolucionarios hispanoamericanos, nacionalismo y cosmopolitismo, son y constituyen fuerzas motoras de ideales fundadores en contextos políticos, culturales e intelectuales.
Según Gutiérrez Girardot:
“El “Cosmopolitismo” de la “Cultura de las humanidades” fue el resultado de un largo proceso que se inició con la independencia y en quienes lo pusieron en marcha y lo impulsaron en el siglo XIX, como Andrés Bello y Domingo Faustino Sarmiento, tenía por meta la “construcción de América”, es decir, la toma de la Novedad del Nuevo Mundo y, consiguientemente, de la situación y del papel de ese nuevo Mundo, que ahora eran las nuevas repúblicas, en la historia universal.” (Ibíd.)
Ante los métodos europeos y las avalanchas metodológicas que ahora viven y se exhiben desde el eurocentrismo más concentrado, se interroga y al mismo tiempo se responde el estudioso citado:
“¿Cabe satisfacerse con esta constante de la inercia y del olvido? No es improbable que la velocidad con la que se suceden teoría y postulados obligue, por así decir, a considerar el pasado intelectual inmediato como algo, que, por ejemplo, el estructuralismo de Lévi-Strauss ponga en tela de juicio automáticamente el “arielismo” de Rodó o la fe que Henríquez Ureña y Alfonso Reyes pusieron en la “cultura de las humanidades”. Si así fuera, el olvido a que fueron condenados el “arielismo” y sus consecuencias, Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y tantos más sería no sólo justo, sino inevitable. Y todos ellos descansarían en el cementerio con su lápida merecida, en el mejor de los casos como monumento.” (Ibíd., Op. cit.)
Pero los métodos, las orientaciones teóricas, críticas e históricas en América, no escapan de ninguna manera al eurocentrismo y así, España, Francia, Italia y Alemania, después de Grecia, impulsaron y crearon posibilidades en la América continental que, en el marco intelectual, deben ser estudiadas con atención y con disciplina de entomólogo, antropólogo, taxonomista, anatomista y relojero, pues de esta suerte encontraremos que ya en las dos primeras década del siglo XX (e incluso antes), las líneas de trabajo traducen toda una problemática genética de las formaciones literarias y que, tal como nos indica Beatriz González Stephan en La Historiografía literaria del Liberalismo Hispanoamericano del siglo XIX (Premio Casa de las Américas, La Habana) 1987:
“…en el siglo XIX, las historias literarias, como una de las prácticas discursivas del proyecto liberal, cumplen una función decisiva para la construcción ideológica de una literatura nacional, que servirá a los sectores dominantes para fijar y asegurar los emblemas necesarios de la imagen de la unidad política nacional… y las historias literarias representarán el lenguaje institucionalizado de los intereses de estas clases que se atribuirán la formación de los estados nacionales”. (Op. cit. p.19)