Botella en el mar

Odisea de Flaubert en Palacio

Por Pedro Conde Sturla

“Parece que ha sido usted victima de una pandilla de incontrolables”, había dicho Joaquín Amparo Balaguer Ricardo en el casi monólogo que sostenía con Flaubert en presencia de matarifes que con gusto lo habrían echado a los tiburones como echaron posiblemente al célebre oposicionista Narcisazo, y a tantos políticos presos porque no había presos políticos en el régimen de Balaguer, al decir de Balaguer.

Sólo su amigo el Ministro, que era bello y andino como pocos, se mostraba incómodo por otras razones. Estaba allí perdiendo el tiempo. A su despacho acudía diariamente una clientela política que le pedía favores bien pagados, una contrata aquí, una contrata allá (que por su cercanía con el presidente ciego y aciago hacía firmar sin leer),  y sobre todo unas mujeronas de apaga y vete con las que sellaba el contrato en el escritorio de caoba centenaria de su despacho que tenía mucho que contar si hubiese podido contar. Mujeres con las cuales no gustaba repetir igual que no repetía las corbatas que estrenaba cada día, al igual que un miquifriqui de un programa televisivo que se gustaba a sí mismo. Las retrataba, sí, en pelotas, con una cámara oculta, y tenía la más completa colección de damas de la lumpen burguesía balaguerista, con las piernas abiertas en ofrenda cordial, que vendía a precio de oro a los mejores coleccionistas y chantajistas del país.

-¡Incontrolables Señor Presidente!- dijo Flaubert inflamado -Todos están controlados por mandos superiores y hacen lo que hacen por órdenes superiores. Son una banda de criminales que manejan un recinto de tortura, un torturadero, desde el cual me acosan y hacen mi vida imposible.

Visiblemente frustrado y a regañadientes, con los ojos vidriados, Balaguer pasó por alto el exabrupto de Flaubert y consultó con sus generales que negaron negativamente moviendo las cabezotas de izquierda a derecha con intención perpleja, aflojando las mandíbulas y entornando los ojos con la expresión rinoceronte del culpable.

-Me dicen que eso no puede ser, Señor Flaubert, aquí vivimos en una democracia donde casi todos los mandos militares obedecen a mi mandato y nada en mi mandato autoriza tales desmanes, aunque le repito que hay fuerzas incontrolables fuera de mi poder. Le prometo que se hará una investigación.

Flaubert se removió en la silla como si hubiera recibido una puñalada trapera y tomó de nuevo la palabra para insistir, con el mayor respeto Sr. Presidente, pero los diarios de la tarde dan cuenta de las noticias y traen fotos de incontables víctimas, cosa que también denuncian los programas de noticias. ¿No pueden controlarse esos desmanes?

El Presidente permaneció como alelado y volvió a consultar con expresión resentida a un ayudante que se le limitó a hacer un gesto gazmoño, perpendicular, bilioso, desangelado.

Contempló entonces a Flaubert con intención piadosa y puso un rostro triste con intención beata.

-Generalmente no tengo tiempo para prestar atención a periódicos y noticias. Soy un hombre ocupado, Sr. Ramírez.

Flaubert se quedó de una pieza al escuchar aquel razonamiento que lo sorprendía e indignaba a la vez.

-Con el mayor respeto, Sr. Presidente, pero me parece una excusa muy pobre para desentenderse de los grandes males del país.

Balaguer, visiblemente airado, dio un golpe de enérgico enojo en el brazo derecho del sillón y levantó la voz en tono agudo, muy agudo y rasgado. Era el característico golpe de escena  que tantas veces le había salido bien en televisión y ante multitudes enervadas por el fanatismo, cuando fingía ser un hombre de recia reciedumbre, cuando cantaba como gallo que ponía como gallina, al decir de Juan Bosch respecto a otro personaje: El típico cacareo del presidente hembra.

-Eso es una infamia –dijo con un esfuerzo solemne que le aflojó las tripas.  -Mida usted sus palabras, Sr. Ramírez.

De inmediato acudió a su lado el ministro Guaroa Liranzo, el que le cambiaba los pampers y limpiaba las nalguitas cuando se ensuciaba. Algo olió que no le pareció aceptable pero tampoco revestía mayor gravedad el asunto, y el Presidente lucía visiblemente airado como para importunarlo  en ese momento y decirle que pronto necesitaría un cambio de pañales.

Joaquín BalaguerEl suyo era un rostro de hemofílico, de amante de la sangre que derramaba a raudales, la sangre que se derramaba con impunidad, porque castigar a un asesino –o a un ladrón de cuello blanco- fue siempre cosa contraria a su moral, si acaso alguna vez la tuvo.

Sus sicarios tenían carta blanca para ejecutar a todos sus adversarios de izquierda, de derecha, de centro, a periodistas que se oponían a su régimen, a miembros de un club cultural como los del Mauricio Báez, a todos los miembros de una familia con tres niños que viajaba en un vehículo y no escucharon la voz de alto al pasar un retén, a un pordiosero epiléptico que se desplomó en la esquina llamada de los cuatro bancos y fue ultimado, en mi presencia, con un balazo de Máuser, por un guardia, a vulgares ladrones, a transeúntes trasnochados, a obreros que salían a deshora del trabajo, a borrachos que dormían en bancos de parques. Carta blanca, en fin, para disparar primero y preguntar después.

La sangre, además, era una vía de ascenso en el escalafón policial y militar. Se ascendía de rango por el número de cadáveres acumulados y algunos contaban más de cien. Nunca hubo otro gobernante en el país que permitiera con tanta ligereza matar por matar. Matar por matar fue siempre su razón de estado.

Flaubert sufrió un escalofrío, un escalofrío de la cabeza a los pies. En medio de ese tipo de gente, en medio de matarifes con uniforme y sin uniforme se encontraba, ahora comprendía lo que al principio había pasado por alto al ver los gestos de impaciencia y de odio que en sus rostros se dibujaban, y decidió no tentar su suerte más allá de lo prudente, aunque de hecho hacía rato que había sobrepasado esa línea.

Además el Presidente ya había hecho un gesto con el que ponía caso omiso a las impertinencias de Flaubert y daba fin a la entrevista, con la consiguiente entrada de un séquito que lo envolvió en una especie de barrera protectora como para que no siguiera contaminando el ambiente y lo condujo hacia afuera.

Sin embargo, un segundo antes de abandonar el despacho, el Presidente lo detuvo con una mirada, un ademán de extrema condescendencia, casi una expresión de grandeza mesiánica y le dijo a Flauber con la mayor deferencia, con infinita dulzura, con una voz que ahora parecía celestial, angelical:

-Ha sido un placer recibirlo, Sr. Ramírez, en nombre de su ilustre padre que en paz descanse. Puede estar seguro que todos sus reclamos serán atendidos, Sr. Ramírez, pero escuche este consejo, Sr. Ramírez, por qué no se muda usted a otra casa, Sr. Ramírez.

Y este es, como quien dice, el fin de las desaventuras de Flaubert.

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