Si naciste en este país, debes saber que no te debes mojar en la lluvia,  por lo menos intentarlo.

Es un concepto que pasa a través de las generaciones.

Tus padres se encargan, desde que tienes uso de razón, de explicarte los perjuicios de la lluvia sobre el cuerpo. Dicen que da gripe, que hay que cambiarse la ropa de inmediato para no enfermarse.

Vas escuchandolo desde que aprendes (a oír). Además, muy importante dentro del mundo femenino: la lluvia te daña cualquier trabajo del salón de belleza  y es de saberse que el 95% de las mujeres después que cumplen 15 años van a salón todas las semanas. (ya hemos hablado de eso). La mayoría de las  mujeres se sienten feas en los días nublados, como si la lluvia les ocasionara un síndrome premenstrual fuera de ciclo.

Es incómodo desenvolverse bajo uno de esos aguaceros típicos, que empiezan cuando sea y no terminan nunca. Los paraguas no sirven de mucho, para no decir de nada, cuando el viento sopla con ganas y las gotas viajan paralelas al suelo estrellándose contra tu cara o entrándo a tus orejas para formar piscinas.

Lo peor acerca de la lluvia en este país, es que cuando llueve la gente se ofusca.  Como si se oxidara de manera instantánea los engranajes del pensamiento colectivo. La ciudad desaparece bajo el manto gris, entre pleitos y bocinas de vehículos.

Hay merengues de rebeldía en contra de la lluvia…

Llegas a pensar, injustamente, tal vez, que la lluvia sólo es buena de madrugada, cuando la contemplas a través una ventana o cuando la escuchas bajo las sábanas.

No olvidemos,  nosotros, los que nacimos antes,  todo lo positivo de la luvia,  aparte de los beneficios para el medio ambiente,  las otras cosas, la delicia de bañarse bajo un aguacero,  por ejemplo.

Tratemos de buscar la manera de que nuestros hijos alguna vez lo disfruten. Así como lo hiciste alguna vez,  parado bajo un fuerte caño y veías a lo lejos a tu madre, con un gorro de baño,  siendo perseguida por tus hermanos.