La historia, tal y como la entienden Paul Ricoeur, Michel de Certeau y Hayden White contra la suspicacia de muchos académicos de carrera, se concibe como un rejuego de opiniones que se organiza con la coherencia de una fábula. La validez de este dictum es lo que de cierta manera hermana la práctica historiográfica actual a la crítica. Lo que Sara Castro-Clarén y John Charles Chasteen parecen haberse propuesto con la compilación de Beyond Imagined Communities: Reading and Writing the Nation in Nineteenth-Century Latin America (2003) es precisamente sopesar los engarces y sutiles distanciamientos de estas dos ópticas analíticas tomando como eje pivotal el horizonte decimonónico latinoamericano. El punto de arranque de esta tentativa hermenéutica lo constituyen las visiones teóricas de Benedict Anderson sobre Latinoamérica en su discusión en torno al devenir histórico del nacionalismo.
En su introducción al volumen Chasteen precisa que los ensayos de Beyond Imagined Communities procuran examinar tangencialmente la valencia de los postulados de Anderson desde una óptica multidisciplinaria, toda vez que ostentan como su causa principal "investigar la formación de las identidades sociales en el siglo diecinueve latinoamericano".
Para los ocho participantes de este estudio, Anderson se erige en una suerte de veta simbólica a partir de la cual se hace posible generar un diálogo, aunque sea por oposición. Los puntos de desencuentro con el pensamiento de Anderson se concentran en dos de sus tesis en Imagined Communities: 1) el que la prensa galvanizara el deseo separatista en Latinoamérica a lo largo del siglo XIX y 2) la idea de una administración colonial que se fue haciendo más consciente de su pertenencia a un espacio geocultural distinto al de la metrópoli. Aunque se nota una aceptación de la idea de que los periódicos marcaron el rumbo de la conformación de los proyectos nacionales en América Latina, entre los ensayos que discuten en detalle esa primera tesis de Anderson (Guerra, Unzueta) no se confiere a la prensa la primacía que éste le da en su exégesis.
En cuanto a la idea de una administración criolla que fue adquiriendo conciencia de su situación geopolítica particular, hay que destacar que los autores discrepan de esta interpretación de Anderson en base a la carencia de pruebas que corroboren este planteamiento. De hecho, se puede argüir que en Beyond Imagined Communities los "historiadores" están más preocupados por discrepar de Anderson en base a la evidencia documental, mientras que los "críticos" se concentran en la valencia retórica de sus planteamientos; este desplazamiento de perspectivas analíticas justifica con creces la división de los ensayos en "Historiadores" y "Críticos".
Con todo, si en algo coinciden los historiadores y críticos que participan de esta discusión es en darle la razón a Anderson en cuanto al papel fundamental que la cultura letrada, a través de la prensa y otras formas de interpelación cultural, jugó en la consolidación de las naciones latinoamericanas a lo largo del siglo XIX, tesis que se hace eco, por supuesto, de la manejada por Ángel Rama en La ciudad letrada.
La gran contribución de este volumen al estudio del momento postindependentista en Latinoamérica estriba no sólo en haber problematizado de forma contundente las visiones teóricas de Anderson, sino en que los ensayos en él reunidos se concentran en aspectos poco estudiados de este período. Particularmente iluminadores son los análisis de Gustavo Verdesio y Sara Castro-Klarén en torno a las adecuaciones simbólicas de la imaginación letrada decimonónica y la herencia cultural prehispánica.
En "The Nation in Ruins: Archaeology and the Rise of the Nation", Castro-Klarén se concentra en el discurso cultural de México y Perú, específicamente en la manera en que cierta tradición intelectual confiere prioridad a formas de intelección de lo nacional que van más allá de la palabra escrita, como es el caso de los yacimientos arqueológicos, la tradición oral en lenguas autóctonas y el acervo culinario y danzario de las culturas indígenas.
Verdesio, en cambio, dedica "An Amnesic Nation: The Erasure of Indigenous Pasts by Uruguayan Expert Knowledges" a la dramática borradura del componente indígena de la narrativa de la nación uruguaya en el siglo XIX. Si bien es cierto que esta estrategia retórica es típica de las élites letradas de ese período en tanto ordenadoras del organigrama cultural de las nuevas repúblicas, en el caso de Uruguay hay que subrayar que esa voluntad silenciadora en el plano del discurso intelectual implicó el exterminio de la etnia charrúa en 1831.
Otros ensayos que destacan por lo novedoso de su temática son los de Beatriz González-Stephan, quien acentúa el papel de las historias literarias nacionales y las exposiciones universales de Chile, Argentina y Venezuela como iniciativas que contribuyeron a la fragua de proyectos nacionales, y Sarah Chambers, que dedica su contribución a la incidencia de las escritoras decimonónicas en el entramado simbólico de esas comunidades imaginadas en el contexto de Chile, Argentina y Colombia.
Acaso el único reparo que podría tenerse con respecto a este volumen sea la inexplicable ausencia de artículos dedicados al Caribe hispano insular. La única excepción en este sentido es el ensayo de Fernando Unzueta, en el cual se ejercita una somera lectura de Sab de Gertrudis Gómez de Avellaneda en el marco de los romances nacionales y su tendencia a representar espacios domésticos y privados como ámbitos de negociación en el plano de las identidades.
La omisión de República Dominicana, Cuba y Puerto Rico es significativa; piénsese por ejemplo en la génesis del Estado dominicano, producto de la ruptura política con Haití en 1844, o en los vaivenes de la historia político-cultural cubana y puertorriqueña del siglo XIX, siempre oscilante entre la adhesión a la metrópoli y la emancipación. Sin lugar a dudas, la exclusión del contexto caribeño insular en este volumen repite una postura común a buena parte de la producción crítica dedicada a Latinoamérica.