La columna maldita

De nuevo, los haitianos

Por Sergio Forcadell

Ya estamos de vuelta con el llamado problema haitiano. Como cada año, como a cada rato, surgen voces de políticos o sectores nacionales reclamando el freno de su migración ilegal e incontrolada hacia nuestro país, o denuncias de maltratos o falta de derechos humanos, por instituciones extranjeras que les encanta presentarlo de manera simplista como verdugos y víctimas.

Es un asunto gastado y recurrente con capacidad de crearle miles de dolores de cabeza a las autoridades, las cuales, gobierno tras gobierno, nunca han tenido una voluntad política, y  menos todavía la capacidad administrativa para arreglar de una vez por todas la regularización necesaria y acabar con el asunto. Un asunto difícil y complejo que requiere de un buena dosis de tacto y firmeza, cualidades bastante escasas en las esferas oficiales de nuestro país.

Por otra parte, hay cuatro factores –entre otros muchos-  a tener muy en cuenta que agravan y perduran la situación, y amenazan con mantener e incluso incrementar el trasiego ilegal de haitianos.

Primero, y no controlable por la República Dominicana, es la situación política, social y sobre todo económica de Haití, acentuada aún más por el pasado terremoto, que impulsa a su población a dejar un entorno de gran miseria y venir de cualquier manera y a como dé lugar, en busca de un futuro ya no más próspero, sino menos miserable. Como muy bien dice la canción Wellcome to Tijuana del conjunto Manu Chao, “…el hambre viene, la gente se va… por la frontera…”. Y la situación de Haití, no parece que va a arreglarse por todos estos tiempos, o sea, el motor principal del problema permanecerá encendido por décadas.

El segundo punto, es el negocio de todos sabido que representa el cruce de haitianos por los controles fronterizos para militares y no militares en zonas altamente deprimidas. Al igual que el título de aquella película “por un puñado de dólares” pasa Villega y todo el que llega, como dice el pueblo llano. Son incontables los relatos al respecto. Un haitiano nos confesaba de manera un tanto confidencial, cómo hace un par de años pagó 3.000 pesos por pasar y todo un capitán dominicano lo acompañó hasta la guagua que habría de conducirlo a Santo Domingo.

Esto no es nada nuevo y continuará mientras se mantengan los sueldos misérrimos de militares y policías, aún más cuando son desplazados en zonas de escasez. Sobrevivir literalmente en nuestros días y en una sociedad consumista es un arte difícil, que con demasiada frecuencia se debe recurrir a las malas artes.

El tercer punto, es la condición propia de la frontera, cuatrocientos kilómetros, a veces abruptos, con más agujeros que un guayo de nuestra cocina criolla, y que por falta de vigilancia adecuada se pasa como Pedro por su casa. Al menos eso dicenlos haitianos devueltos por la “camiona” a su país, quienes retornan tantas veces como se les regresa.

Ni los muros, ni las cámaras ni los drones que puedan poner para vigilarla van a resolverlo por ahora. Otras fronteras más blindadas como la de Estados unidos y México con sus altos y largos muros y alambradas, o las de Ceuta y Melilla entre España y Marruecos, llenas de cuchillas erizadas, son traspasadas una y otra vez por emigrantes impulsados por la necesidad. El hambre, de nuevo el hambre, es una fuerza muy poderosa y osada.

Otro punto, el cuarto, es la necesidad de la mano de obra para la agricultura, la construcción y otros rubros cuyas pesadas faenas son rechazadas por los dominicanos por ser trabajos muy duros y, sobre todo, mal pagados. Estas necesidades laborales se cubren con mano de obra haitiana, más sumisa por no tener en muchos casos los papeles en regla, y que reporta, además, por sus bajos salarios, muchos beneficios para una parte del empresariado criollo, cuya divisa nacional es la de obtener divisas a como dé lugar para lograr la mayor riqueza posible.

Parte de esa masa haitiana trabajadora va desplazando en otras áreas laborales de manera lenta pero sin pausa, a los dominicanos con trabajos marginales. Por eso, los vendedores de helados, hasta hace dos o tres años pedaleados por dominicanos humildes, ya son exclusivamente haitianos, lo mismo va sucediendo con los puestos de fruta, de flores, los serenos, chucheros, los repartidores de colmados y de los llamados “fast food”, y muchísimos oficios y pequeños puestos informales más.

Difícil lo tiene este Gobierno y difícil lo van a tener los próximos, cualesquiera que sean sus colores, porque el problema es en gran parte estructural, y va más allá de dar residencias o naturalizaciones en un momento dado o bajo una presión de foránea, se trata de un asunto con muchas aristas complejas y duras de limar.

Y para el colmo, están las ya tradicionales hostilidades del vecino país hacia el nuestro en esta materia, y las de ONG’s y otras organizaciones que, con razón en ocasiones y más frecuentemente sin ella, se  ponen siempre de su lado, enfilando sus cañones mediáticos y de sanciones hacia nosotros, lo que deteriora aún más la débil imagen institucional que proyectamos en el exterior. Así que, según se presentan las cosas, vamos a tener merengue haitiano para rato.

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