Era poco asequible. Una vez me encontré en un puesto de libros de segundo mano con el poemario que le había dedicado un escritor peruano. Pensé que la alegraría. Luego la vi a ella en una de esas ferias del libro que celebraban a finales de los 70 en el Palacio de Bellas Artes. “Doña, Aída, mire lo que tengo para usted”, le dije. Le pasé el libro. Me lo devolvió como si le hubiese prestado un lapicero.

Sospecho que esa distancia era una respuesta a esas grandísimas distancias que te genera la sociedad dominicana cuando eres mujer, eres de “campo”, eres “indiecita” por no decir mulata. Y todo eso cuando la Era (de Trujillo) era. Aun así estamos frente a una mujer que supo enfrentarse a todos esas marejadas de prejuicios, que los procesó en su escritura y que mantuvo siempre algo muy poco común en nuestro medio: dignidad.

Aída Cartagena Portalatín nació en Moca el 18 de junio de 1918, en una familia de comerciantes y con cierto abolengo intelectual. Contemporáneas suyas fueron otras dos mujeres, también de provincia, pero íntimamente convencidas de que el arte sí salvaba: Hilma Contreras, francomacorisana, nacida en 1913, y Carmen Natalia, petromacorisana, en 1917.

Hilma pudo marcharse a París en la mediana infancia; Carmen Natalia fue zarandeada por lo más duro del trujillato, debido a su militancia política, teniendo que exiliarse en 1950 en Puerto Rico. Para Aída el mundo estuvo más lento. Estudió en la Universidad de Santo Domingo y partió a París no sin antes publicar cuatro poemarios esenciales del siglo XX: bajo el sello de la Poesía Sorprendida, Víspera del sueño (1944) y  Del sueño al mundo (1945), y en la Editorial Stella, Mi mundo el mar (1953) y Una mujer está sola (1955).

Tras la caída de la Era de Trujillo participa en los movimientos de regeneración nacional. Lanza sus cuadernos Brigadas dominicanas desde 1962 a 1964. Allí se estrenan como escritores autores como René del Risco Bermúdez, Miguel Alfonseca, Antonio Lockward Artiles y Juan José Ayuso. Traduce junto a Hilma Contreas un poema de Aimé Cesaire, y con él, nos conecta a un tema largamente relegado: el de nuestros vínculos con el Caribe. Aída escribe, organiza, edita.

Los años 60 la encuentran en funciones burocráticas: la UNESCO, largos viajes por Francia, Italia, Grecia. De los estallidos del mayo francés y el Noveau Romain que se produjo, saca la novela seguramente más relevante de la literatura dominicana: Escalera para Electra (1970). La obra había concursado en los premios Biblioteca Breve de Seix Barral, y por un pelo no gana. Decenios después Mario Vargas Llosa, uno de los jurados, comentaba que como la obra tenía pocas páginas, se acogió la sugerencia del editor Carlos Barral: mejor novelas largas que cortas. Ganó una novela de Juan Bent. Me imagino lo que hubiera representado para los dominicanos la obtención de semejante galardón. Las aguas, sin embargo, se quedaron en su cauce.

Aída se estableció definitivamente en Santo Domingo a finales de los 60. Asume la dirección de la Editora de la Universidad de Santo Domingo y desde ahí retoma sus viejas prácticas de promoción.

Publicará poesía, presentará un libro de cuentos que igualmente marcará época, Tablero (Editora Taller, 1978) y otra novela experimental, La tarde en que murió Estefanía (1993), donde vuelve a pensar el tema de la violencia en la historia dominicana.

La aparición en 1982 del suplemento Isla Abierta, del periódico Hoy, dirigido por su viejo conocido, Manuel Rueda, será espacio en el que retomará sus prácticas ensayísticas. Lo esencial de esas colaboraciones girará en torno a la temática de lo negro en la literatura. De ahí sale un libro: Culturas Africanas: rebeldes con causa (Editora Taller, 1986).

El resto de aquellas entregas se armó como un libro de viaje. En la mayoría de los casos llamaba a la sección “Tablero”. Escribía indistintamente sobre pintores contemporáneos, el teatro de Shakespeare, los inevitables temas griegos, la dramaturgia y la música de mujeres, la presencia de la negritud, haikus japoneses. Entre algunos recodos de esos caminos, filtraba un poema o recuperaba algún texto –como el de la presencia de dos negras dominicanas en Cuba, vistas a través de los textos de Alejo Carpentier y Pedro Henríquez Ureña.

Estos ensayos han sido recogidos en “Ensayos de Isla Abierta”. Fueron escritos entre 1982 y 1987. Esperamos seguir recuperando la obra ensayística de esta gran escritora, publicando para el año próximo su segunda contribución: su obra antropológica.

A la gran poeta de “Una mujer está sola” y a la gran novelista de “Escalera para Electra”, ahora se le une la de una ensayista que escribe como si estuviésemos caminando y dejándonos asombrar por los rostros, los gestos, tantas pequeñas y grandes historias de media humanidad.

Aída Cartagena Portalatín murió en 1994, faltando quince días para llegar a los 76 años. Si tal vez no nos dejó muchas anécdotas simpáticas, en su obra, que es definitivamente lo más  importante dentro de sus haceres, sí nos dejó tejidos muchos espacios para cierta ciudadanía universal. Aquella joven mocana finalmente se convirtió en la voz de su generación. Un día se quitó los colores nacionales y también fue voz de todas las mujeres, de todas las negras, de todas esas marginaciones con lo que lo humano se reduce hasta a lo más mínimo.

Se pueden leer estos “Ensayos de Isla Abierta” como una bitácora, como un mapa.

A doña Aída muchísimas gracias.

(Y gracias a Manuel García Cartagena por su bondad y su apoyo)

[El libro sólo está de venta en Amazon, pero haremos una limitada edición dominicana en diciembre de este año:

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