Caleidoscopio

Nuestra triste realidad editorial

Por Pablo Gómez Borbón

En la actualidad, el sector editorial obstaculiza, en lugar de promover, el desarrollo cultural e intelectual de los dominicanos. Los libros son, para la gran mayoría, artículos de lujo que no se pueden permitir. Los escritores tienen pocos incentivos para ejercer de lleno su actividad. Y los que lo hacen, se ven sometidos a una censura que no por clandestina deja de ser inadmisible. El crecimiento cívico de los dominicanos precisa alternativas a la realidad editorial actual.

No sé si los libros importados disfrutan de un régimen arancelario ventajoso. Sé que los editados en el país no están sometidos al ITBIS. Sin embargo, en uno de mis viajes constaté, con sorpresa, que, en Santiago, un libro cuesta tanto como en Bruselas. Piénsese que el salario mínimo dominicano (unos 140 euros) es más de diez veces menor que el salario mínimo belga (unos 1500 euros) y se tendrá una de las razones por las cuales la cultura de los dominicanos es baja.

En Bélgica, los libros no están exentos del pago de impuestos: a pesar de que se trata de una tasa reducida, están gravados con un 6% ¿Cómo es posible que el precio de los libros en un país donde las ventas de libros no están gravadas sea similar a los de otro donde sí lo están? La respuesta hay que buscarla en prácticas de las imprentas y de las librerías bastarían para explicar sus altos precios. Tuve la intención de editar mi libro Combatiendo Fantasmas en nuestro país. Pero luego de estimar la inversión requerida, desistí del proyecto.

El costo de hacer imprimir un libro en República Dominicana es de unos cinco euros. En general, las imprentas exigen una tirada mínima de quinientos ejemplares. En otras, palabras, para editar un libro en nuestro país, hay que contar con una inversión de unos dos mil quinientos euros. En muchos casos, lo de la tirada mínima es una estafa. En efecto, tal concepto tiene sentido si la imprenta usa la antigua tecnología offset, donde los gastos de la misma la obligarían a imponer una cantidad mínima que les garantizara un punto de equilibrio. Sin embargo, muchas de ellas utilizan tecnología digital, la cual consiste en unas enormes impresoras como las que se utilizan en nuestros centros de copiado. Exigir una cantidad mínima de libros, en este caso, es como imponer cien fotocopias a una persona que solo necesita una. Un verdadero timo.

Las librerías son escollos aun mayores. Por un lado, sus márgenes son leoninos. Los mismos representan entre un cuarto y un tercio del precio de venta del libro. Pero esto no es lo peor. Lo peor es que las mismas ejercen una censura inadmisible. Cuando contacte a una de ellas para saber qué requisitos debía cumplir para que mis libros aparecieran en sus estantes, me contestaron que, para empezar, debía facilitarle una copia para su examen. De todos es sabido que las librerías se abstienen de vender muchos libros cuyo contenido son controversiales o afectan a figuras políticas. Esto así porque temen las represalias de los mismos. Evidentemente, el objetivo de las librerías no es la divulgación de la cultura, sino la maximización de sus beneficios. Por cierto, como mi libro describe hechos históricos en los que “héroes nacionales” se comportaron como vulgares traidores a la Patria, es muy probable que la venta del mismo fuera rechazada.

La experiencia de un buen amigo acabó por convencerme de no meterme en la publicación de mi libro. Su libro fue un éxito editorial. Se vendieron cinco mil ejemplares de su libro, lo cual es una cantidad considerable. Al final, los beneficios (brutos) no excedieron los doscientos pesos por libro. Es evidente que en tales circunstancias, los autores se abstengan de publicar, como fue mi caso. Y al final, los dominicanos son victimas de esta decisión, pues se ven privados de un conocimiento que es, muchas veces, valioso.

Hace falta, definitivamente, métodos alternativos de edición. Para contribuir al desarrollo intelectual de los dominicanos no se puede contar ni con las imprentas, ni con las librerías ni mucho menos con el gobierno, que permite los desmanes de las mismas. Estas iniciativas deben tomarlas los propios escritores. En una próxima entrega analizaré la mejor alternativa: la edición digital.

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