Mañana jueves, primero de Agosto, cumplo medio siglo de edad, así es que desde hace varios días estoy de fiestas patronales y tengo en planes que estas se prolonguen unas semanas, y probablemente, unos meses más.

Con motivo de tan feliz ocasión, he rescatado de mis impuntuales y caprichosos archivos, un artículo que escribí en el 2007 y que fue publicado en El Nacional, dedicado a los vinos. Lo he revisado y modificado un poco. Del 2007 hasta ahora no solo ha pasado mucha agua bajo los puentes, sino también mucho vino por mi garganta y me parece muy propicia la fecha para celebrar cumpleaños y vinos y con ellos, el amor, el placer, la armonía, la belleza, los libros, el arte y la poesía, que han estado presentes en mi vida -a veces en demasía- y espero que no escaseen en el tiempo que resta por venir:

Tomarse una copa de vino “Insignia” de la casa Joseph Phelps es como estar en una cama con un hombre que a una le guste más de la cuenta. Las mujeres frugales no debían mezclar esos dos placeres, porque es lo mismo que participar en una orgía.

Sin embargo, las hay de ambiciones tumultuosas, con fantasías inconfesables, como la de tener sexo con dos hombres a la vez. Son muchas, aunque no conozco ninguna practicante de de primera mano, de esas libidinosas quimeras que pueden afiebrar la imaginación femenina, en noches solitarias con deleites de autoservicio.

A falta de temeridad para involucrarse en una aventura de esa naturaleza, las codiciosas pueden optar por un sucedáneo que, en fragores, bien supera la fantasía: un hombre que sea como un vino y un vino que sea como un hombre.

Los especialistas suelen describir las particularidades de los vinos de la forma más obtusa que han podido inventar. Dicen que tienen notas de hierbas, tabaco, maderas, café, chocolate, frutas, vegetales, flores, tierra, bla, bla. Lo cierto es que los buenos vinos saben a hombre. Tienen los olores, los sabores, las personalidades, las pasiones y los caprichos de esa exquisita parte de la humanidad, sin la que la vida sería un solo bostezo.

El “Insignia”, uno de mis favoritos, complejo, con actitudes y estados de ánimo contradictorios, huele y sabe a esa categoría masculina que es el “macho”, en la mejor acepción del término. Tiene manos grandes y rudas y una textura enérgica, pero a la vez sensible y frágil, igual a la de la parte más admirada de la anatomía de un hombre. Fuete, inteligente, orgulloso y desafiante, como un toro, no por ello deja de ser a veces, tierno y tímido, como un becerrito huérfano.

Ha trabajado la tierra y sabe ordeñar vacas. Juega con las cartas sobre la mesa y es brutalmente honesto. Basta con tomar un sorbo para saber que no se trata de un  muchacho. Embriaga, arrastra, acaricia, muerde, entra, descerraja los gemidos, saca chispas, incendia el bosque y él mismo busca el agua y lo apaga.

El Opus One, otro californiano magnífico, es mundano, sofisticado, calculador, hermoso y cruel como un príncipe del imperio romano. De temperamento frío en exteriores, pero por debajo hierve el espíritu de un león. Es vanidoso. Vive pendiente de que los zapatos le combinen con la correa.

El Cabernet Caymus, selección especial, es como un hombre hablando muy bajito al oído y proponiendo todo tipo de caricias. El reserva de Robert Mondavi es adorablemente depravado. Sabe lo que quiere, pero disimula las prisas, aunque a la menor distracción, las manos y la boca se le extravían por los andurriales más recónditos.

El Petrus no se puede mencionar si no es entre suspiros lujuriosos de la más absoluta claudicación ante la lascivia.

Ahora, los más tígueres de todos los vinos que yo he probado son  relativamente baratos e irresistibles. Uno de ellos es un Rioja llamado Vallobera, reserva de 1998. No ha ido a la escuela, pero ha vagabundeado mucho en esta vida y en el camino ha adquirido las destrezas de un arte arcano que se tiene en muy alta estima.

Experto en sexo oral, el vino cuenta con la sinuosa ternura de una lengua, la energía que hace de ese apéndice el más fuerte del cuerpo y la inescrupulosidad necesaria para conducirlo de forma ejemplar.

Compite con otros tígueres extraordinarios, como los Cabenet Sauvignon de Robert Mondavi, en particular los producidos en Oakville; o un español que nunca decepciona, el Marqués de Riscal, reserva, o el viejo y maravilloso clásico que probablemente fue el primer vino a carta cabal, conocido y apreciado por una amplia cantidad de personas en RD: “Casillero del Diablo”, a veces desdeñado por algunos, pero en sentido general, muy justificadamente apreciado por quienes tienen conexiones hasta afectivas con él, y delicioso, igual que el Santa Rita, especialmente el Medalla Real. Cuando me quiero sentir puta y joven tomo una copa de Casillero del Diablo. Es infalible.

Como en el resto de la vida, en el mundo de los vinos hay prejuicios. Hay quien dice que entre ellos “ni las santas ni los condes sirven”, pero a mí me consta que no es verdad. No se debe asociar muy rígidamente lo bueno con lo caro. A veces un vino no cuesta mucho porque sea exquisito, sino porque  el dueño tiene los viñedos hipotecados.

Los esnobistas ofenden al vino, porque lo beben hacia afuera, sin escucharlo, como un asunto de estatus a exhibir y no como un goce interno, que con frecuencia solo se puede entender en compañía. Mi amigo Alejandro una vez me dijo: “Beber vino solo, es más aburrido que bailar con la hermana”. Y es verdad. Por lo menos la mitad del sabor, el olor, la densidad y la piel del vino, lo tiene que aportar la compañía con la que se comparte.

Pero al César lo que es del César. Al equipo de los vinos expertos en cunnilingus pertenecen los Protos maduros de la Ribera del Duero, los aromáticos Cabernets de California y los  Shiraz magníficos de Australia. Algunos son un poco -o muy- caros, pero ¡Ay! ¡Qué suavidad! ¡Qué torrente de seda! ¡Qué húmeda catarata de armonía en los sentidos, en el alma, en la piel!

Los Protos están hechos con las non plus ultra de las uvas españolas, las tempranillo, y creo que son los únicos vinos de los que he leído una descripción que les hace justicia: “aterciopelados y carnosos”. En este mundo solo hay otra cosa más que se puede describir así.

Como la gente, también las uvas tienen género y preferencias sexuales diversas. Aunque las Carbernet Sauvignon californianas y chilenas son uvas machos, entre ellas se han filtrado muchas uvas lesbianas, que enriquecen los vinos y le aportan diversidad, colorido, imaginación, complejidad y densidad. Las Cabernet francesas son todas bisexuales. Las Pinot Noir, Chardonay y Pinot Meunier con las que se produce el Champán, son uvas gay. Las Merlot son definitivamente heterosexuales. A las Pinot Grigio les gusta el vouyerismo y las Brunello di Montalcino son sadomasoquistas.

Los merlot son como melancólicos profesores universitarios, sensibles, a los que se acude para ir a llorar en sus pechos y con quienes se acaba haciendo el amor muy cálida y dulcemente. No tienen las fabulosas manos ásperas de los Carbernets. Las suyas son más suaves y acogedoras. Son vinos de refugio para amantes despechados.

Me simpatizan los Malbecs argentinos. Son atletas altaneros, como hombres jóvenes, tipo potros salvajes. Tienen la encantadora costumbre de despilfarrar las pasiones, pero ese no es un defecto. Están justamente en la edad en la que deben hacerse todos los despilfarros.

A los vinos hay que cuidardos y mimarlos como si fueran penes, manejarlos con esmero para que no se asusten, ni se maltraten, al mismo tiempo que se les muestra, con el mayor entusiasmo, todo lo que sinceramente se les aprecia.

Son seres nobles y devuelven con creces los desvelos que se invierten en ellos. Aún los más humildes se desempeñan con dignidad, si se les toma en su momento, se les da cariño, se mantienen en la posición adecuada, a una temperatura fresca, con un poco de humedad en la atmósfera y  lejos de la luz. Los vinos son criaturas de la tierra y aman el fresco y la oscuridad.

Cuidarlos es un arte que no es más fácil, ni más difícil, que hacer el amor. Las técnicas son las mismas y los resultados iguales.

Suelen coger cuerda cuando alguien los destapa y comienza a olerles el corcho. Se pueden sentir como que les están oliendo las nalgas. En el mundo entero, hay poca gente verdaderamente adiestrada para descifrar los misterios de una botella oliendo el corcho. Si usted no es una de ellas, no se ponga a enculillar a  su vino haciendo bulto encima de él.

El vino, como un hombre, o como una mujer, tiene derechos humanos, alma, cuerpo, historia, magia y encanto. Otros lo han dicho desde hace siglos: “En el vino está la verdad” o más recientemente, como anotó el poeta Stevenson: “El vino es poesía embotellada”.

¡Salud!