Uno de los grandes misticismos que acompaña la navidad ha sido la recreación del episodio del día de los reyes magos quienes, al visitar al niño Jesús le llevaron algunos obsequios como oro, incienso y mirra. Es bueno aclarar aquí que estos en realidad no eran reyes, sino astrólogos y que por eso llegaron hasta Jesús guiados por una estrella.
La cuestión aquí es que, al igual que en otras fiestas, la cultura ha ido llenando de tradiciones estos episodios que de alguna manera nos recuerdan la inocencia de la niñez en la que crecimos.
Recuerdo que una de las costumbres más chistosas era las de cortar hierbas para dejarlas debajo de la cama junto a una menta verde o de espíritu como le llamaban (otros le llamaban menta de guardia).
Se asumía que, al dejar estas provisiones, los camellos encontrarían qué comer en el caso de las hierbas y la menta era para los reyes (no recuerdo para qué mentas verdes a los reyes). Al mismo tiempo se dejaba una carta expresando nuestros deseos acerca del regalo que queríamos.
Pasar la noche anterior escribiendo esa carta era todo una poesía que disfrutábamos declamar en los tejados de la inocencia a la vez que arrancaba unos sueños y sonrisas que impregnaban el espacio de una alegría hermosa.
El problema a todo esto era el desenlace al día siguiente. Los niños y niñas cuyos padres podían comprar los juguetes que pedían amanecían felices, pero quienes no tenían esa dicha podían enfrentarse ante dos sentimientos: la tristeza de no encontrar nada o el desencanto de no encontrar lo que pidió.
Una decepción terrible es cuando una niña pedía una barbie y en su lugar encontraba un juego de cocina; el llanto no se hacía esperar y el malabarismo verbal de sus padres para intentar explicar que los reyes no tenían de esos juguetes.
Lo mismo sucedía cuando un niño pedía un carrito con pilas y control remoto y encontraba un juego de soldaditos verdes o quizás una pistola de mito, los regalos más frecuentados para los niños en mi infancia.
Pienso que, pese a esa magia del día de reyes que envolvía la inocencia infantil, hay algo que nunca me gustó. Todo el año a los niños y las niñas se nos conminaba a portarnos bien porque nuestra retribución el día de reyes compensaría nuestro esfuerzo. Sin embargo ocurría, en muchos casos, que niños y niñas que se portaban muy bien el día de reyes no recibían nada porque sus familias no contaban con los recursos económicos para comprar un juguete y, sin embargo, el vecinito que todo el año había tenido un comportamiento fatal aparecía con los mejores juguetes del barrio.
Esta imagen nos hacía crecer con cierta figura de la injusticia representada en la imagen de tres reyes a quienes les importaba poco todo el bien o el esfuerzo de un año y en cambio premiaban a quienes habían hecho lo contrario.
Estas experiencias han puesto en el debate en más de una ocasión si debiera decírseles a los niños y niñas que quienes otorgan los regalos son los padres y lo hacen desde sus posibilidades económicas.
Particularmente estoy de acuerdo con esta posición pues, aunque no desaparecerá el día de los santos reyes, por lo menos le permite al niño no albergar cierto odio contra quienes se supone deben ser justos y entender que lo que ha primado en no complacer su petición ha sido la pobreza y no la injusticia.