Momentos interesantes se viven en nuestra sociedad: llevamos años quejándonos de los males que la azotan. Desde diferentes Foros, se ha señalado el estado de deterioro de las instituciones, el desorden social, el nivel de pobreza, injusticias y desamparo de la población – junto a la descomposición ética y moral generalizada, ilustrada por los múltiples casos de corrupción dentro la clase política.

Todo parece indicar que no estamos contentos y que, saturados de tanta indiferencia, nosotros que nos quejamos tanto, parafraseando el bolero: "debemos separarnos, no me preguntes más…"

Los medios de comunicación han sido el instrumento por excelencia, para este ejercicio contestatario. Muchos tienen precio, no obstante se han dicho muchas cosas. En medio de la percepción, tantas quejas reiterativas,  desde  siempre, no conducen a nada. Observándose que el nivel de quejas y la categoría de las denuncias no corresponden con el nivel de reacción que deben generar: todo sigue igual y hasta peor.

Nuestros interlocutores privilegiados son políticos y notables, considerados como sordos por el resto de la ciudadanía. Dada la capacidad que tienen de mostrarse indiferentes y de negociar entre ellos, de espaldas al pueblo, es frecuente el diseño de políticas públicas y toma de decisiones,   divorciadas del ciudadano común, que observa sin capacidad de asombro, como acuerdos y pactos se suceden.

Es asi que se desconoce realmente lo que ha venido haciéndose en la sociedad (y en la supuesta sociedad civil) que carece de la fuerza que tuvo en la década de los 90. Hoy, tenemos un capital social debilitado, que languidece entre el clientelismo aberrante y el envilecimiento de la población, sobreviviendo algunas organizaciones sociales – entre la que cabe destacar Participación Ciudadana, que ha hecho grandes aportes al fortalecimiento institucional.  Se ha dicho de esta organización que  "hace ruido", acusándosele de llevar a cabo una "oposición política de manera agresiva", mediante un manifiesto público firmado por una serie de organizaciones de la sociedad civil, que ilustran  los supuestos niveles de participación, en los cuales se encuentra inmersa nuestra sociedad.[1]

A pesar de nuestras quejas históricas, los espacios de diálogos entre gobernados y gobernantes han sido muy surrealistas. Desde hace varias décadas, nadie nos escucha, aunque vivimos con la ilusión de dialogar. Durante 30 años de tiranía, no fuimos escuchados, todo fue impuesto y acatado en el silencio de la muerte.  Al caer la dictadura, los gobiernos que se sucedieron, implantaron una gama de estilos de diálogos, que no permitieron hacer de los ciudadanos interlocutores respetados. Se perfeccionaron así las propuestas de dialogo, de acuerdo al contexto y al cinismo de los gobernantes de turno.

En los inicios de la democracia, se nos incitó a hablar (algunos lo pagaron caro) para que perdiéramos el miedo, que duerme en el inconsciente colectivo de esta población. (Cuidado con las escuchas telefónicas). Luego se nos invitó a dialogar: asistimos y participamos. Recuerdo ver algunas caras conocidas, entre la multitud de dialogantes. Se institucionalizó el dialogo, pero al final, nos quedamos hablando solos… No podemos olvidar que estamos entre sordos. Desde  entonces, el monólogo es interminable…

Nosotros que nos quejamos tanto, es hora de que empecemos a ver qué pasa con nuestras quejas,  hacia donde se dirigen nuestras exigencias y las dimensiones de las  valientes denuncias. Debemos analizar las reacciones nulas que producen nuestras denuncias, que podrían hacer caer un gabinete completo – mientras que aquí, no pasan de ser temas de conversación entre amigos.

No queremos darnos cuenta que nuestras demandas no tienen asidero, como en otras sociedades. Basta con ver como el Ministro británico de Energía que presentó su demisión, la semana pasada, por una infracción de transito cometida, en 2003. Y como en Brasil, el gobierno se libra de  funcionarios, incriminados por la prensa en actos poco éticos, renunciando, mientras se investiga.

Nosotros que nos quejamos tanto, que no logramos ni explicaciones, que nos hemos quedado hablando con nosotros mismos, llegando a un soliloquio deprimente… Debemos reaccionar,  porque nuestras demandas, si alguna vez son escuchadas,  solo sirven para que algunos funcionarios preparen su defensa y organizen los espacios de impunidad. Nuestras demandas jamás han sido fuertes, para incidir en transformaciones, demisiones, cambios de gabinete, sanción, etc. Ellas no tienen eco, porque estamos en una sociedad enferma de clientelismo, donde nadie conoce realmente la dimensión del mal, de lo que ha pasado dentro de ella. "No se tiene un marco interpretativo de lo que ha pasado en el país", decía el destacado Sociólogo Wilfredo Lozano, en el almuerzo del Grupo Corripio, siendo necesario prestar atención a esas declaraciones.

La ausencia de rendimiento de cuentas, una de las exigencias históricas de nuestras quejas, nos fragilizan cada vez más, siendo esta una de las causas de por qué no somos escuchados – haciendo que los que sirven y se sirven del Estado, no se sientan en la obligación de dar explicaciones, mostrando un mínimo de respeto  hacia  la ciudadanía.

Nosotros que nos quejamos tanto, debemos empezar a separarnos de las malas prácticas políticas, pensando seriamente en esta democracia, de débil capital social, donde los contestatarios de ayer son los defensores de las injusticias de hoy.

Las decisiones que tomaremos serán determinantes para el destino de nuestro país. Trabajemos  juntos, día a día, desde los gestos más simples, por el bien de la sociedad que queremos alcanzar, reconociendo y aceptando que todo lo que sucede ha sido permitido por nosotros, como lo recuerda el libro de las predicciones chinas, el I Ching: "El hombre innoble existe porque el hombre noble le permite su existencia."

[1] . Ver "Diario Libre" del 9 de Febrero 2012, pp15.