La columna Estriada

¿Nos quedaremos sin Monumentos?

Por Emilio José Brea García

La gente del común, de la que formamos parte todos los que hacemos el rebaño que va a votar o a no votar, cada cuatro años, a las famosas “elecciones” sin alternativas que se organizan en República Dominicana, está viendo cómo sus monumentos heredados, todos aquellos edificios vetustos, viejos, antiguos, del pasado, se han ido perdiendo y están todos abandonados totalmente, igual da si son coloniales o republicanos, modernos y/o contemporáneos. Pero resulta que a nadie avergüenzan. Ni al Presidente de la República (prácticamente un recién llegado, el otro siempre estaba recién llegado de tanto viajar….), Ni al flamantísimo Alcalde (con la friolera de tres sucesivos mandatos consecutivos) ni mucho menos a los distinguidísimos incumbentes de los Ministerios de Turismo (todo un veterano que ya  se sabe que aspira) y el de Cultura (un veterano social, del que todos esperábamos más, aunque tenga menos de un año ahí).

Es un absurdo descomunal, que siendo el Alcalde todo un dechado de virtudes diplomáticas cuando sale al exterior, fino, educado, elegante (es lo que nos cuenta Socorro Despradel), aquí ni siquiera da la cara para intentar por lo menos resolver un problema que tiene en sus narices, que debe ver y olfatear diariamente. El deterioro de toda La Feria (abandono y verjas incluidas) y en ella el deterioro absurdo del insigne “Teatro Agua Luz” (único en el mundo).

Pero es penoso y lamentable (además de vergonzante) que tampoco Turismo ni Cultura se interesen y converjan para sentarse a la mesa de negociaciones para conversar sobre ese Distrito Moderno que conserva su nombre melancólico “La Feria” (de 1955) que se está perdiendo entre arrabales de hormigón, artificios, usos abusivos, despilfarros, agresiones, rameras, policías proxenetas, desparpajos, e ignorancias, habiendo sido un hito urbanístico y arquitectónico de la capital dominicana, que inspiró (en su momento) a Juscelino Kubitschek para provocar el aceleramiento del concurso de Brasilia, y marcó un antes y un después en la fisonomía urbana de Santo Domingo, la ciudad de rancia herencia hispánica, doblegada por las circunstancias económicas, que no hizo la genuflexión al invasor en 1916 y soportó estoica los 8 años de bochornos, para resistir después 31 de ignominia (trujillista) y levantarse maltratada por los ignorantes que han seguido desbordándola de lisonjas inapropiadas (“nuevayol chiquito” y otras vacuencias).

Pero… ¿Dónde está la responsabilidad de estas gentes, electas y designadas? (Se suponen son funcionarios y deben funcionar) ¿Es cierto que son unos sinvergüenzas? Es que no lo podemos creer…¿Es que son tan ignorantes? ¿Nadie de su entorno les puede decir cuál es el valor del patrimonio que se podría perder, que está siendo amenazado permanentemente, que corre el riesgo del deterioro y que cuesta demasiado repararlo o reponerlo luego, mucho más tarde?

En que maldita sociedad nos ha tocado vivir, dirigida por ignorantes, flemáticos, irónicos y sarcásticos, que no ponen atención a determinados niveles de gestiones que les incumben (no obstante toda las pleplas que hablan y fotos que les hacen los periódicos); sabemos que cuando salen de viaje al exterior se maravillan viendo justamente arquitecturas semejantes a las que dejan deteriorar por aquí. Hay que tener tupé y mucha flema para regresar a hablar de desarrollo cuando ven aquellas obras, de los mismos tiempos, circunstancias y momentos, conservadas intactas o reconstruidas después de las guerras (principalmente en Europa)…

Ojala tengan, aunque sea por una sola vez, el coraje suficiente para enfrentar este desparpajo que nos llena de vergüenza, propia y ajena…

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