Porque… “La vida nos da caricias, golpes, amores y desengaños”.

“Yo puedo probar todo mediante estadísticas; todo, menos la verdad”. G. Canning.-

Me cancanea el alma y no las piernas, como a esos motores viejos con el carburador descontrolado, al pensar en ocasiones, en el temible deseo que este aparente infinito e indefinido movimiento de cosas y sensaciones, al cual nos ha dado por llamar vida: cese, y permita que el gran vacío se adueñe de todo lo que en verdad y por naturaleza, le pertenece.

Ser o no, sería la proposición correcta pero, la vida real no es así. Si hablamos de nación, estamos en el supuesto de que exista un conjunto de cosas que se fundan como el acero, dando como resultado una concreción de objetivos e ideales que adquieran una definición sin supuestos ni “medalaganarias” interpretaciones.

Creemos o quizás creíamos, que la sociedad tenía y debía adquirir cada día, compromisos ineludibles con sus propios valores. El diario vivir nos presenta por doquier manifestaciones burlescas de aquellos llamados a sostener esos valores, que, con sus acciones oscuras, menoscaban y minimizan el acervo de cosas, que constituyen el sentido de nación.

Se ha expuesto, que uno soporta mejor la invocación de un infortunio que la de una torpeza, siempre y cuando estemos conscientes de nuestras flaquezas y fortalezas. Sospechaba algo de esto, aunque lamentablemente no tuve la capacidad para darme cuenta, hasta que descubrí, que algunos o la gran mayoría de nuestros políticos, llamados a defender y proteger los mejores intereses de la nación, apenas podían hacer una “o”, siempre y cuando tuviesen un vaso para dibujarla, redondeando su base.

Así han ido matando mi creencia en todo, mientras ellos galopan alocada y desenfrenadamente en pos de nuevos y ambiciosos deseos cuyos límites o meta, solo está limitada por las incontrolables variables adversas que presenta la vida, incluyendo la muerte, pretendámoslo o no.

Esto no significa que exista en mí, o albergue algún tipo de resentimiento o disgusto más allá del que pueda sentir un hombre normal, que no se considere más, pero, tampoco menos. Es simplemente, como ya el gran filósofo Epicuro lo comprendió bastante bien, que todo goce natural no consiste sino en algo negativo, como la supresión de un malestar. O como Cicerón que puso en labios de un epicúreo, que el placer no puede ir más allá del deshacerse de todo dolor o malestar.

De esto se intuye que no es solo un padecer real y tangible, sino también todo deseo cuya inoportunidad perturba nuestra calma e incluso, ese mortal aburrimiento que hace de nuestra existencia un auténtico lastre.

Así es que nos tienen nuestros políticos. Nos abruman en nuestras relaciones sociales, martirizan nuestras vidas individuales, mientras todos proseguimos el camino de los pendejos, callados, sumisos y vergonzosamente sodomizados sin exigir reparos, cambios conductuales y nos conformamos con circos, cuando no son ellos, somos nosotros mismos quienes nos engañamos.

Todo lo queremos resolver por las ramas, como bien expuso un distinguido y amigo periodista, al decir, que ahora todo es marcha. Y es verdad que esto no es malo pero para los políticos esto es chercha y circo, porque en la práctica no se producen resultados para resolver los problemas mientras los políticos se ríen… ¡Comprenden!

Particularmente respeto los símbolos, siempre y cuando no lleguen a degradarse. Para mí, nuestros políticos por mucho han rebasado la valla, con descaro y desfachatez para justificar todo y al mismo tiempo descalificar a aquel que no piense o actúe al igual que ellos. Supuestamente están para defender nuestros derechos pero, ellos son los primeros en majarlos con los pies, como si pisotearan uvas para hacer su vino. Se comportan con el pueblo, como el dragón, en  ese gran melodrama trágico creado por Puccini,  donde los Celos son el gran dragón que mata el amor, con el pretexto de mantenerlo vivo. Si nos quisiesen menos, fuésemos más felices. ¡Sí, señor!

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