Con el escándalo de la última mujer muerta en una cirugía estética, me pasó lo mismo que a un amigo historiador. Él suele decir que cuando ve en las redes sociales o la prensa tradicional  tanta ignorancia chequea la nevera de su casa para ver si le cambiaron el agua por alcohol.  Chequea a ver si en vez de agua está tomando ron y está súper borracho, alucinando porque no puede creer tanta falta de sentido común o burlas a una persona que le ha pasado una tragedia.

Hago la comparación porque con la muerte de esa señora (Altagracia Díaz) se dijeron cosas (que no vamos a repetir) que solo alguien muy bruto o bajo los efectos de las drogas  puede decir.

Cuando la hija (la comunicadora Yatnna Rivera) y demás familiares estaban llamando la atención de las autoridades sobre una posible mala práctica médica, en las redes sociales estaban haciendo todos tipos de comentarios insultantes, culpando a la víctima de su propia muerte.

Decían, entre otras cosas, que ella es la culpable porque no necesitaba hacerse una cirugía. Y justificaban la actuación del médico Héctor Cabral. También que murió porque “simplemente le llegó su hora”.

Hacían encuestas con la imagen de la señora viva, luciendo su mejor gala, pero ponían denigrantes fotos de su cadáver ensangrentado;  y pedían la opinión de que dijeran si ella necesita o no una cirugía estética.

La barbaridad es que la discusión no es si necesitaba  o no una cirugía, sino que  hay un ser humano muerto; y sus atribulados familiares están denunciando mala práctica.

Otra monstruosidad es que comenzaron a salir decenas de informaciones negativas sobre el ejercicio del doctor Cabral, diciendo que es un secreto a voces o que todo el mundo sabe que es un “carnicero” y que ha tenido problemas judiciales en Estados Unidos.

Surgen, entonces,  las preguntas: ¿Por qué las autoridades le permitieron seguir poniendo en riesgo las vidas de las mujeres? ¿Qué mano tan poderosa lo protege? ¿Es culpa de las mujeres que van donde un médico con tan malos antecedentes?  ¿Por qué en USA, desde que se presentó la primera denuncia, no se le permite ejercer, pero si en RD?

Culpable

Los únicos culpables son el Ministerio de Salud, la Procuraduría (policías, jueces y fiscales). Jamás ningún médico señalado por mala práctica puede ejercer la medicina sin la complicidad de policías, jueces y fiscales.

No es culpa de las mujeres, sino de las autoridades que le permiten que actúen sin las debidas condiciones de sus clínicas. Quien mata no es el médico, sino de las autoridades que lo deben  frenar para que no se siga  haciendo rico poniendo en peligro la vida o dejando con lesiones,  desfiguradas a personas.

Como dije al comienzo,  del amigo que le cambiaron el agua por alcohol.  Más  bien a todos los dominicanos nos cambiaron agua por drogas. Solo eso justifica que toleremos autoridades corruptas, cómplices, indiferentes a la mala práctica médica. ¿Cuántas mujeres más morirán? ¿Quién será la próxima víctima?

Eso no se detendrá porque es un negocio rentable, tan rentable que alcanza para sobornar a policías, jueces y fiscales corruptos.  No nos oponemos a que nuestras madres, esposas, novias, amigas se pongan más bellas, pero se deben poner en las manos adecuadas. 

Los hermanos Contreras

Si revisamos los archivos de los periódicos, el cirujano Edgar Contreras tiene más de 20 años “operando”, y ese mismo tiempo lo tiene luchando en escándalos en los tribunales. Le cierran la clínica, la abre; se le mueren pacientes, cae preso, lo liberan. Y, como si fuera poco, en las elecciones pasadas fue precandidato a senador de la capital por el Partido Revolucionario Moderno (PRM).

Originalmente, en 1998, eran los hermanos Contreras. Una crónica de El Caribe dice que eran tres los hermanos Contreras y todos demandados en los tribunales.  Hubo uno un poco más viejo que Edgar que luego murió. Se comenzaron a hacer famosos por la muerte de la periodista dominicana establecida en Puerto Rico, Isabel Vargas; y por el fallecimiento de la puertorriqueña Delmalí Ríos Rivera.