Atalaya del escrutinio

No hizo nada mejor, reaccionó antes

Con su tasa de mortalidad cercana a 20, alta en nuestra subregión geográfica pero baja para un territorio de Estados Unidos que tiene una mortalidad que excede tres veces ese valor, Puerto Rico es el único territorio antillano con un desempeño covidiano similar al dominicano.

Por Juan Tomás Tavares

La pandemia de verdad llega ahora. También aquí. Como mucho, podemos hablar de las lecciones de la primera ola en Europa”. – Christian Drosten

El tiempo transcurrido desde la irrupción de la pandemia covidiana en nuestras vidas es suficiente para permitir una evaluación interina de las diferentes estrategias utilizadas para combatir la propagación del novel coronavirus y sus consecuencias.

América ha sido por mucho el continente peor impactado por la pandemia, si medimos por la alta tasa de mortalidad y el número absoluto de muertes atribuidas al COVID-19. El país que mundialmente se destaca por tener más muertes por 100,000 habitantes es Perú: con una mortalidad de más de 100, significa que uno de cada mil habitantes ha fallecido por el COVID-19. Con menos de 14% de la población mundial, nuestro continente ha sufrido más de 55% de las pérdidas humanas. En términos absolutos, con más de doscientos mil víctimas mortales, EE. UU. ha sufrido más de dos veces las muertes del contendiente más cercano, la India.

Asia, primera en padecer los efectos del SARS-CoV-2 y con casi 60% de la población del planeta, no representa ni siquiera 20% de las fatalidades mundiales. En términos absolutos, el populoso continente asiático registra menos defunciones por COVID-19 que EE. UU., una nación con menos de 4% de la población mundial.

La tabla de Worldometers reporta que países asiáticos como Camboya, Laos, Mongolia y Bután apenas tienen casos de COVID-19, y no registran fatalidades. Según la universidad estadounidense Johns Hopkins, Taiwán solo reporta 0.03 muertes por 100,000 habitantes, seguido de cerca por Vietnam con 0.04. En contraste, Cuba, la nación con mejor desempeño sanitario pandémico en América, registra 1.04 muertes por 100,000 habitantes.

Más de la mitad de las muertes asiáticas han sido en la India, dejando al resto del continente relativamente poco afectado por la pandemia en términos de fatalidades. Sin embargo, debido a su gigantesca población, la actual tasa de mortalidad de la India es de 6.82.

La peor tasa de mortalidad de un país asiático corresponde a Irán, con 30.83, y las demás naciones caen todas por debajo de 15. Diez países de América tienen tasas de mortalidad más altas que Irán, entre ellos algunos de los más populosos y prósperos: EE. UU., Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Ecuador, Bolivia y Panamá.

En su conjunto, Europa ha sido vapuleada por la pandemia, pues diez países integran la lista de las primeras veinte naciones con tasas de mortalidad más altas, empatando con América. Bélgica es el segundo país con tasa de mortalidad más alta del mundo. El G20 covidiano además incluye naciones occidentales como España, Francia, Irlanda, Italia, Países Bajos, Reino Unido y Suecia, pero ninguna de Asia. Una de las grandes fallas estratégicas de muchos estados europeos ha sido su insuficiente protección inicial a los envejecientes, sobre todo en los hospicios, provocando bajas masivas en los meses de primavera en la población de más de sesenta años, y elevando sus índices de mortalidad por encima de 37. En contraste, con una población envejeciente elevada, Japón actualmente tiene una mortalidad de 1.22 por 100,000 habitantes.

La otra gran sorpresa ha sido el comportamiento del continente africano. Con menos de 30 muertes por 100,000 habitantes, África del Sur es el país con la mortalidad covidiana más alta en ese continente. Al norte del Sahara, Eritrea solo ha registrado 375 contagios y no ha sufrido la primera fatalidad entre sus mas de 3.5 millones de habitantes, y su vecina, Etiopía, con una mortalidad de 1.06, compite con Cuba, la nación líder americana. En cambio, Israel queda en segundo lugar para el peor desempeño entre las naciones del continente con 16 fatalidades por 100,000 habitantes. En definitiva, la juventud de su población es un factor para tomar en cuenta al analizar el desempeño del continente en la pandemia, pero América del Sur también tiene muchos jóvenes y su destino contrasta fuertemente con el africano.

Además de la juventud de la población, uno de los factores que inciden en la muy diferente evolución de la pandemia en diferentes regiones es el nivel educativo, pero es evidente que este elemento no es decisivo. En América, países líderes en desarrollo educativo como Cuba y Uruguay han sido muy exitosos en contener el contagio y las muertes, pero Argentina, Chile y EE. UU. ingresaron al G20 del índice de mortalidad covidiana. En Asia, los países con alto desarrollo educativo como Singapur, Taiwán, Vietnam y Japón han tenido buenos resultados, pero también naciones como Camboya y Laos han sido exitosas en controlar el contagio y sus consecuencias fatales. En África, Angola, Etiopia Mali, Ruanda y Senegal, entre muchas otras naciones africanas, han tenido muy pocas fatalidades, proporcionalmente menos que las estelares americanas, Cuba y Uruguay.

Entre las naciones de mayor población en Europa, la más populosa, Alemania, se destaca sobre sus vecinos con una tasa de mortalidad de 11.40 contra:

España 66.84

Reino Unido 63.21

Italia 59.24

Francia 47.29

Cuestionado al respecto, el virólogo Christian Drosten, científico de referencia y asesor del Gobierno alemán en temas del COVID-19, advierte contra la complacencia, enfatizando que la pandemia no ha hecho más que empezar y que la necesidad de anticipar la situación en los próximos meses apremia. “El éxito no se debe a que las autoridades sanitarias funcionaron mejor que las francesas o a que nuestros hospitales están mejor equipados que los italianos. Hemos reaccionado exactamente con los mismos medios. No hay nada en particular que hayamos hecho bien. Simplemente lo hemos hecho antes. Por eso hemos tenido éxito.”

Una y otra vez se aprecia la importancia de actuar diligentemente en anticipación del crecimiento exponencial de los brotes de contagio comunitario. El costo en sufrimiento humano y destrozo económico de caerle atrás al contagio comunitario desbocado es mucho mayor que detenerlo cuando se sabe incipiente. En muchos países de Asia y África, la experiencia reciente con diversas epidemias ha servido a muchos estados para reaccionar enérgicamente a la primera noticia del novel coronavirus, mucho antes de ser declarada la pandemia por la OMS. Conocedores de los estragos causados por anteriores epidemias, y en muchos casos conscientes de sus débiles sistemas hospitalarios, extremaron las medidas tempranas de prevención, sin soñar con vacunas y remedios milagrosos, sino basados en el uso de mascarillas, higiene de manos y distanciamiento, así como agresivos programas de rastreo de sospechosos y aislamiento profiláctico. Lo hicieron gobiernos democráticos al igual que dictaduras, coincidiendo en no politizar las medidas, sino seguir los consejos de sus mejores expertos. La transparencia, la comunicación y la educación son fundamentales para que la población entienda y cumpla las medidas y no haya espacio para demagogia y teorías de la conspiración.

Haciendo un análisis similar de la experiencia de los vecinos antillanos de mayor población, nos surgen algunas interrogantes. Hasta la fecha, República Dominicana tiene más fallecidos que todas las demás Antillas juntas y una tasa de mortalidad de 19.64 por 100,000 habitantes, contra:

Cuba 1.04

Haití 2.04

Jamaica 2.73

Trinidad y Tobago 5.04

Con su tasa de mortalidad cercana a 20, alta en nuestra subregión geográfica pero baja para un territorio de Estados Unidos que tiene una mortalidad que excede tres veces ese valor, Puerto Rico es el único territorio antillano con un desempeño covidiano similar al dominicano. EE. UU. ha sido muy lento en reaccionar ante la amenaza de la pandemia, en gran medida por la falta de un liderazgo nacional efectivo, y sigue teniendo desempeño muy pobre en esta crisis sanitaria. Puerto Rico, a pesar de tener instalaciones y recursos sanitarios superiores a las demás Antillas, se ha visto muy afectada por la lentitud de Estados Unidos en reaccionar de manera unificada ante el COVID-19.

¿Hemos aprendido la lección compartida por los alemanes sobre la necesidad de “reaccionar antes”? ¿Estamos los dominicanos hoy preparados para anticipar oportunamente una probable segunda ola de contagios y reaccionar efectivamente? ¿Podremos a la larga igualar o superar el desempeño covidiano de nuestros vecinos antillanos con plena soberanía política si no seguimos los consejos basados en la experiencia de los países que han sido más exitosos en el combate al coronavirus?

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