Opinión

No hay nada barato para liquidar la depresión dominical

Por Víctor L. Rodríguez

Nadie hace planes de ocioso para los días laborables, hay que trabajar. Los días laborables tus planes los hacen otros, pero se supone que los domingos y días de fiesta son tuyos. Durante el transcurso de un domingo se ponen en ejecución los planes concebidos durante los estadios de descanso en los días de trabajo. Ahora bien, son pocas las cosas que se pueden hacer un domingo si todo concluye en un lunes, y pocos son los planes que no han sido repetidos cuando las alternativas son escasas. En la cultura del trabajo los planes de ocioso son pocos o son pocas las posibilidades. Siendo adictos al trabajo, como somos, en tales circunstancias los domingos deprimen.

Los religiosos, si son católicos, usan las mañanas de los domingos para ir a misa, pero la misa de las siete de mañana, que es a la que regularmente van, termina temprano. Cuando salen de misa como feligreses se paran en la puerta de la iglesia a saludar y despedirse y se organizan para visitar a alguien como habían previsto cuando le llegó la idea durante la eucaristía. En ese momento deciden ir a la casa de un familiar donde nadie se ha levantado de la cama, donde sólo la doña de la casa visitada, que también fue a misa, está despierta.

Ahora bien, no todos los domingos se puede ir a la casa de alguien. Después que una persona ha sido visitada una vez en su casa no puede suceder lo mismo en la semana siguiente. Siendo el sueño la forma más barata de disponer del ocio, donde todo se mide con dinero y con el costo de oportunidad, a nadie le gusta que una trulla de gente vaya a su casa a joder temprano en la mañana.

En otros tiempos para los domingos se podía planear ir al cine en la tanda vermouth, que se iniciaba a las diez de la mañana para concluir después de las doce del mediodía. Era la tanda de los cinefórum del cine Capitolio que en el frente de la Catedral ha sido convertido en un Café de franquicia que siempre está lleno de bebedores de tragos que ocupan todas las noches, financiados por el erario, con las ventas de sueños que pueden ser estafas o con el dinero honrado.

En definitiva, se pueden ocupar las primeras horas de un domingo, ya sea durmiendo o asistiendo a misa, pero nadie ha conseguido un sustituto de la tanda vermouth. El juego de dominó no ha podido sustituir como mata tiempo del domingo en la mañana el cine a las diez.

¿Entonces qué hacemos los domingos? Nada. Los domingos deprimen y las gentes desde que llegan de la misa se quedan en las salas de las casas mirándose las caras sin saber si pueden repetir las mismas conversaciones del domingo pasado. Tal situación, comprendida por los que venden cosas, crearon los domingos para ir de compras. El domingo es el día para comprar la comida o lo que no se pudo comprar en la semana por estar muy ocupados. Los domingos se han convertido en días de transeúntes que se pueden encontrar en las tiendas después de no haberse visto hace una semana, un mes o un año.

Los grandes centros de venta han sustituido las plazas de la ciudad y los parques que eran zonas para tener gente caminando por placer como peripatéticos sin rumbo alguno; que eran lugares para que las muchachas se paseasen con sus vestidos nuevos, o de domingo como dijo el poeta, o para que escritores y poetas hablaran de todas las cosas que no existen se han quedado vacíos por falta de audacia para vivir tranquilos nuestro ocio. Los parques han muerto y con los parques ha muerto la ciudad. Los únicos espacios posibles como refugios de los náufragos citadinos son los lugares donde se venden cosas.

En la ciudad sólo se va de un sitio a otro, de la casa a un sitio de compras y de un sitio de compras a otro sitio de compras. Sitios de compras donde las mujeres exhiben sus vestuarios de marcas como si fuera el único valor agregado que las haces presentables. En esos lugares donde los bolsos y las fundas se exhiben con el nombre de varias marcas a los fines de ser alguien se acude enjaulado en los vehículos, porque la libertad sólo se concibe partiendo de sus estacionamientos. El prójimo externo a esos sitios sólo lo vemos desde las ventanas de los vehículos cuando camina a pies con precaución para evitar la muerte, en muchos casos sin éxito y sin que eso le importe a nadie.

En lo que en el imaginario de tarados pretende ser una megapolis de acuerdo con el modelo newyorkino, las personas andan con los teléfonos filmando escenas captadas en un safari por la ciudad con el fin presentarlas en reuniones sociales en los Cafés de franquicia, como pruebas de sus hazañas y de haber estado en un mundo inhóspito que no existe para los miembros de la clase ociosa. Tenemos una ciudad sólo para ir o estar donde se venden enseres, después que los mismos vendedores, que son pocos, se han comprado todos los espacios y todos los políticos se han tragado todos los lugares que tenían el verde como color natural. Para liquidar los domingos hemos sido arrinconados en algo tan extraño como un “Mall”.

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