Diario de la ciguapa

Nibaje: Jirones de un mundo perdido (1)

Por Sara Pérez

Nibaje, el sector en el que nací, “durante el gobierno de Juan Bosch” -se apresuraba a decir siempre mi papá, como quien presentaba unos credenciales incontrovertibles- y en el que pasé toda la niñez y parte de la adolescencia, (durante los 12 años de Balaguer) es uno de los viejos y maravillosos (bueno, con sus bemoles) barrios tradicionales de la ciudad de Santiago, ubicado a partir del pie de la colina de la fortaleza San Luis y prolongándose, entre el Yaque y la antigua Avenida Duarte, actual Franco Bidó, más o menos, hasta lo que hoy día es el campus principal de UTESA en esa ciudad.

Lo que describo aquí, está basado en mis recuerdos y está sujeto a las correcciones que cualquiera crea pertinentes. Aparte de mi memoria (que por cierto, es lo menos confiable entre todo lo poco confiable que tengo) también he contado con la asesoría del tío Lilío, esposo de la tía Julia, plomero licenciado, con un vasto conocimiento de todo lo humano y divino que pase a 3,000 kilómetros a su redonda y quien ahora vive en Nueva York y llegó a Nibaje como 20 años antes de que yo naciera, proveniente de Baitoa, un área rural, al Suroeste de la ciudad de Santiago.

Según muchos testimonios orales, las zonas rurales del Suroeste de Santiago, Baitoa, La Ceiba, La Noriega, El Guano (de donde llegó mi familia), Palo Amarillo, López, La Angostura, etc. constituyeron la principal fuente de inmigrantes que desembocó  en  Nibaje, a partir de los inicios de la industrialización durante la era de Trujillo, pero sobre todo, cuando tras la muerte de este, la expansión económica e industrial creó una demanda de mano de obra que ensanchó las ciudades.

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En el Nibaje de mi niñez había un cine, una panadería, dos estaciones de gasolina, un estudio fotográfico (Foto Rosalina), un consultorio de dentista, atendido por el doctor Fony Arias

Entre Nibaje y la zona rural al Suroeste, se desarrolló, especialmente a partir de años 60, lo que hoy es un enorme, terriblemente desordenado y complicadísimo cinturón de miseria, cuyos vericuetos actuales, en muchas áreas, pueden competir con las favelas de Río de Janeiro. Hace unos años que salí a visitar a un amigo en esa zona y entré por Los Jazmines y salí por Matanzas sin haber dado con la dirección.

Muchos de esos barrios, por alguna razón que supongo asociada con las guerras norteamericanas de Vietnam Y Corea, tienen nombres asiáticos: Camboya, Pekín, Corea. Vietnam. Entre esos, sin embargo, había uno que tenía el nombre criollo menos promisorio: “Quijáquieta”.

Nibaje incluía diversos sectores con su propio nombre y a veces era muy difícil de ubicar dónde terminaba una parte y comenzaba otra: Ensanche Duarte, que era donde vivía yo, en la parte donde la calle 3, o Porfirio Gómez tiene una colina; (de la que se devolvían una y otra vez todos los carros que intentaban subirla); Bonaive (que creo, era básicamente la parte alrededor de la iglesia Santo Niño de Atocha; Villa Jagua y Ensanche Ortega, entre otros.

Las áreas más deprimidas solían ser llamadas, con la más absoluta incorrección política, por su característica adversa más visible. Así, se llamaba “Monomojao” a un par de callejones (hoy desaparecidos) que había en una pequeña hondonada donde las casitas estaban al mismo nivel del río (en algunos sitio, por debajo) justo en ese sitio, frente al sector de “El Retiro”, donde confluyen la Circunvalación y la Franco Bidó y hoy hay un mercado de INESPRE, o algo así.

Como cada vez que llovía río arriba, este bajaba “botao”, los vecinos de ese lugar sufrían continuas inundaciones y su vecindario recibió el calificativo de “Monomojao”, en referencia al presunto aspecto de sus moradores, cuando el río entraba intempestivamente a sus casas a medianoche.

También estaba “Villa Cartón” que en realidad era una “cuartería” cuyo nombre indicaba el principal material de construcción empleado en su levantamiento. Me parece que todo eso correspondía a ocupaciones sin documentación, en las que un carnicero, de nombre Martín, desarrolló su especial talento informal para los bienes raíces, sin invertir inicialmente más que algunas estacas y un rollo de alambre de púas. Sospecho que lo mismo podía decirse del “Hoyo de Fenelón”, otra “cuartería”, que estaba cerca de mi casa.

Los pocos que tenían documentos de compra de sus solares y casas, como mis padres, le habían comprado a un abogado conocido, muy famoso, querido y respetado en Santiago, Aníbal Campagna.

Mi mamá, Doña Librada, siempre ha tenido un carácter ligeramente belicoso y solía entrar en conflicto con algunos vecinos por problemitas como el manejo impropio de la basura, las conexiones ilegales a su tubo de suministro de agua o a su cable de electricidad, el exceso de ruidos, el uso de palabras “descompuestas” o la práctica de algunos rituales religiosos, un tanto exóticos, para un paladar católico muy estricto.

Esos y otros aspectos, creaban fricciones. Recuerdo que nuestra vecina, doña Justina, mamá de Cha, Margarita, Clara, Fabio, Felicia y otra joven, cuyo nombre no recuerdo, solía tener un radio a todo dar -a veces hasta horas bastante adentradas en la madrugada- con sones cubanos, merengues típicos, bien sazonadas bachatas y apasionados boleros de Felipe Pirela y Toña La Negra.

Mi mamá chisporroteaba de la cuerda, mientras dirigía miradas torvas en dirección a la casa vecina, de la que, desde la calle, se podía ver un curioso altar presidido por una figura, con una pañoleta roja amarrada en la cabeza y se podía oler el humo de los cigarros que fumaba doña Justina y que a mí me ponían de hospital, por la alergia.

Los reclamos y querellas de Mami eran permanentes, pero a mí me caía todo el mundo  bien -el ruido comencé a odiarlo más tarde, cuando se hizo omnipresente- y los contrastes con esos vecinos -a los que no podía visitar jamás- me hacían verlos como coloridos, divertidos, interesantes y misteriosos. Con el paso del tiempo, incorporé la música que los acompañaba como una herencia rica, valiosa y agradable.

Mami no me dejaba salir de la casa, excepto para ir a misa o visitar la familia de mi padrino, Roque Núñez -entonces y hoy un amor de gente- que tenía un próspero colmado en la esquina. Yo compartía con los hijos de mi padrino, Joselín, Ingrid y Elvis, bajo los cuidados de la esposa de mi padrino, doña Fina y dos hermanas de ella, Roxanna y Miledys.  También podía visitar, en compañía de Joselín, la casa de “Palillito” que estaba al frente de la casa de padrino. “Palillito” era un comerciante muy conocido en Santiago y que tenía una tienda en el centro de la ciudad. Su hija, de cuyo nombre no me acuerdo, Joselín y yo teníamos más o menos la misma edad y a veces nos juntábamos. Los trajes de la hija de Palillito eran de ensueño o al menos eso me parecía en ese tiempo.

Padrino tenía un vehículo azul, con el que también “conchaba” en la ruta N. Era un Austin, en el que con frecuencia nos montábamos todos (¿El carro era muy grande o nosotros éramos muy chiquitos?) e íbamos a pasear a los campos donde ellos tenían familia (López y Arroyo Hondo) o a dar vueltas por la ciudad y a comer helados y chucherías. Siempre participábamos en los desfiles cuando ganaban Las Águilas y todos crecimos adorando a Miguel Diloné. Por cierto, que “El Guayaberudo”, que por décadas fue el animador y mascota más conocido de Las Águilas vivía en Nibaje, en la misma calle 3.

En el Nibaje de mi niñez había un cine, una panadería, dos estaciones de gasolina, un estudio fotográfico (Foto Rosalina), un consultorio de dentista, atendido por el doctor Fony Arias (que era mi dentista desde que yo estaba en edad pre-escolar y ahora resulta que dizque tenemos casi de la misma edad) y un consultorio médico privado.

La escuela pública Genaro Pérez, estaba donde se encuentra hoy, en la Avenida Francia, del lado del Ensueño. Había y se mantiene una planta eléctrica (en la que trabajaban muchos vecinos y algunos familiares, hijos de la tía-abuela Negra.

También estaba la Jabonería Valencia, (hoy trasladada o desaparecida) cuyas oficinas, instaladas en una bonita casa amarilla de madera, con listones enchapados, según escuché todo el tiempo, había sido la residencia de la Señorita Ercilia Pepín, la gran maestra dominicana de la escuela hostosiana.

No estoy segura, pero creo que el hecho de que la señorita Ercilia Pepín viviera en Nibaje influyó, de alguna forma, en la cantidad de jóvenes muchachas nibajeras que se formaron como maestras y que no necesariamente trabajaban en la escuela más próxima. Eran tantas, que impartían docencia en escuelas en el centro de la ciudad o en otras muchas áreas.  Recuerdo el nombre de algunas: La señorita Gisela, la señorita Lala, Doña Yeya (directora de la Genero Pérez y quien tenía varias hijas, todas maestras también), Doña Dalila, la señorita Bila, la señorita Carmen... las dos últimas, hijas de Doña Tiola, que vivía en la Avenida Francia, casi frente a la tía Negra.

Los domingos Mami me llevaba al cine Duarte -si la película no era de amor, sino de karate o de vaqueros. Hasta el día de hoy, detesto las películas de karate y de vaqueros- y de ahí pasábamos a visitar a Negra, la tía de mi mamá, cuyo esposo, Polín Payams, bien podía agradarnos con una pieza tocada por él mismo con su acordeón. A veces mi papá, José Manuel -Polo- que tenía amistad con el tío Polín, nos acompañaba o nos pasaba a buscar.

Yo podía cruzar la calle e ir donde doña Tiola y sus hijas, que hacían una algarabía para recibirme. Me brindaban dulces y picaderas y me peinaban y jugaban conmigo. Las hijas de doña Tiola, todas solteras, eran tres, dos maestras y una enfermera, esta última llamada Trina. Ponían música española en una “vitrola”, que ya era una antigüedad en ese tiempo, cuando los radios eran comunes. Todas estaban solteras y tenían una educación más amplia que el promedio.

Me encantaba esa casa primorosa llena de cojines, con arandelitas, encajes y cintas y con bellas acuarelas de rosas colgadas de las paredes. Podía pasar horas muertas allí. Tenían libros y enciclopedias. La casa de doña Tiola, en Nibaje, fue la primera cueva de las maravillas que yo conocí.

Continuará.

 

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