Hanna Arendt señala que la natalidad es la génesis de la capacidad de inicio en el ser humano. Venir al mundo, nacer al mundo en un espacio y tiempo concreto es un acto creativo porque adviene un nuevo ser. «En cada nacimiento algo singularmente nuevo entra al mundo» nos dice en La Condición Humana. Incluso, hoy se habla de que toda la filosofía de esta autora clave del siglo XX es prácticamente una filosofía de la natalidad, sin que ella haya aclarado suficientemente este concepto. De todos modos, la natalidad le sirve para luchar contra el fatalismo en los asuntos humanos y abrir las puertas a la novedad a través de la acción que se da entre personas.

El único sentido, a mi juicio, que tiene una fiesta de cumpleaños es la de marcar en la vida social la significación del acto de nacimiento y, este último, es un acto privado según las distinciones de la propia Arendt sobre las esferas humanas (lo privado, lo social y lo político). La fiesta de cumpleaños es llevar lo privado, lo íntimo, al espacio de las relaciones sociales. Es celebrar con otros cercanos, sus conocidos, la singularidad de un momento íntimo, propio a la vida privada, que resulta importante para sí y para todos puesto que ha inaugurado la posibilidad de un nuevo ser. Una fiesta de cumpleaños no es la celebración de una vida, sino celebrar el inicio a una vida y la novedad que trae en cuanto posibilidades de actuación frente a los demás y con los demás.

Por el hecho de haber nacido, según Arendt, es que tenemos la posibilidad de acción en el mundo. Esto es, la posibilidad de iniciar algo nuevo en el mundo y de influir en la vida de los otros a través de la palabra. En este sentido, la natalidad es el inicio de la realización de la condición humana que se concretiza en el devenir de la pregunta a la que todos debemos responder: ¿quién eres tú? Este devenir cesa con la mortalidad. Así que natalidad y mortalidad son los límites para la realización de lo humano. Nacimiento y muerte marcan los contornos de una vida revelada por la acción y la palabra.

Las fiestas de cumpleaños adquieren el carácter celebrativo en la medida en que es recordar socialmente el momento de la llegada y, en consecuencia, se vuelve un motivo para el estar juntos alrededor de la memoria del acontecimiento inaugural de una individualidad que se ha ido constituyendo en persona. Es celebrar lo nuevo acontecido, el inicio de la posibilidad de ir construyendo lo que se es en cada momento. Es mirar al pasado y es estar, al mismo tiempo, en el presente con la alegría de una vida singular y es, también, albergar la esperanza de lo nuevo. Incluso es el espacio para el deseo de bienaventuranzas y la promesa de la mejoría.

La importancia que ha adquirido la fiesta de cumpleaños en la actualidad es la de restablecer los vínculos sociales alrededor de la celebración. No hay vínculos sociales si no se está en el mundo como una singularidad entre iguales y si no se refuerzan los lazos afectivamente. La fiesta de cumpleaños es también el momento de afirmación de una singularidad en medio de la pluralidad que, para Arendt, también es una condición humana: «vivir como ser distinto y único entre iguales».

Hay un evento en el que la celebración de cumpleaños pierde su gracia, su razón de ser: cuando se hace con fines políticos. Aquí es donde inicia la elevación de la singularidad de un individuo sobre la pluralidad. Es construir un mito de una figura. Lo vemos como práctica mitológica del trujillismo: celebrar los cumpleaños al jefe era el regocijo nacional por antonomasia porque había que mostrar lealtad al jefe supremo. Balaguer renovó esta práctica bajo un aura de austeridad y desprendimiento en su entrega a las cuestiones del Estado o a los más necesitados. Su discípulo más aventajado, Leonel Fernández, ha instituido lo que la prensa llama “el tradicional” acto de felicitación en Funglode. Los demás han mostrado mayor cordura al respecto, lo que es grato y conveniente para la cultura democrática del país.