Un reciente documental ganador del premio Oscar como mejor cortometraje, Saving Face, de los directores Daniel Junge y Sharmeen Obaid-Chinoy, nos da una mirada sobre la dramática situación de las mujeres cuyos rostros han quedado desfigurados por efecto del ácido arrojado sobre sus cuerpos, así como el intento de reconstrucción facial y psicológica de estas "mujeres rotas".

Según la Fundación para los Sobrevivientes al Ácido, entre 1999 y 2011se reportaron más de 3,000 casos de personas agredidas con ácido, un mecanismo de "resolución de conflictos" de larga historia y arraigo cultural en Pakistán y que afecta especialmente a mujeres agredidas por rechazar una propuesta matrimonial o por enojar a sus maridos.

El documental me remitió a una película con un tema afín al de esta "violencia cultural" que destruye a las mujeres corporal y psicológicamente. La película se titula Flor del desierto, de Sherry Hormann, premiada por el público del 57mo Festival de San Sebastián, 2009.

Flor del desierto nos narra la aventura de la "Top Model" somalí  Waris Dirie. Inicialmente, la historia parece narrarnos el cuento de una cenicienta africana hasta que descubrimos el secreto que nos revela como producto de su propio autodescubrimiento en una sociedad occidental. Waris Dirie ha sido víctima de la ablación.

Practicada principalmente en África y Oriente Medio, la ablación es un rito de iniciación antiquísimo consistente en la mutilación genital de la mujer, con el propósito de erradicar el placer en el acto sexual. Se trata de una operación rudimentaria  que en el informe de Amnistía Internacional queda impactantemente descrita:

"Sientan a la niña desnuda, en un taburete bajo, inmovilizada al menos por tres mujeres. Una de ellas le rodea fuertemente el pecho con los brazos; las otras dos la obligan a mantener los muslos separados, para que la vulva quede completamente expuesta. Entonces, la anciana toma la navaja de afeitar y extirpa el clítoris. A continuación viene la infibulación: la anciana practica un corte a lo largo del labio menor y luego elimina, raspando, la carne del interior del labio mayor. La operación se repite al otro lado de la vulva. La niña grita y se retuerce de dolor, pero siguen sujetándola. La anciana enjuga la sangre de la herida y la madre, así como las otras mujeres, "verifica" su trabajo, algunas veces introduciendo los dedos. La cantidad de carne raspada de los labios mayores depende de la habilidad "técnica" de quien opera. La obertura que queda para la orina y el flujo menstrual es minúscula. Luego, la anciana aplica una pasta y asegura la unión de los labios mayores mediante espinas de acacia, que perforan el labio y se clavan en el otro. Coloca tres o cuatro a lo largo de la vulva. Estas espigas se fijan con hilo de coser o crin de caballo. Pero todo esto no basta para asegurar la soldadura de los labios; por eso, a la niña la atan desde la pelvis hasta los pies. Le inmovilizan las piernas con tiras de tela".

La práctica implica el supuesto de que la femineidad conlleva la tensión entre la "obligación moral de ser virtuosa" y una naturaleza seductora y promiscua. Por tanto, la mujer debe ser forzada, mediante el proceso anteriormente descrito, a llegar "virtuosa" al matrimonio.

En Occidente esta costumbre es reconocida como una práctica bárbara, que viola el más elemental derecho de respeto a la dignidad e integridad de la persona y que, al cometerse contra una niña, constituye  una violación del derecho infantil a la integridad física y psicológica. Pero en muchas de las sociedades donde se realiza esta práctica, así como entre muchas personas con sensibilidad hacia la defensa de las culturas, encontramos la defensa de la misma como un valor intrínseco a las culturas que la practican, incomprendida por un Occidente arrogante y etnocentrista.

La práctica de la ablación muestra los límites de los valores culturales, así como del relativismo cultural, tan en boga en nuestros días. El relativismo cultural se fundamenta en el relativismo filosófico, cuyos orígenes en Occidente se remontan a un movimiento de intelectuales del siglo V antes de nuestra era denominado los sofistas.

Los sofistas viajaban por las diferentes ciudades griegas. Al hacerlo percibieron los distintos sistemas de normas y valores que regulaban estas ciudades, por lo que terminaron relativizándolos a todos. Llegaron a la conclusión que las normas y valores humanos eran, a diferencia de las leyes naturales, convenciones, acuerdos sociales construidos por los seres humanos y que por tanto, no eran sagrados.

Una de las vertientes del relativismo filosófico es el relativismo cultural. Según el mismo, los valores de una cultura son relativos, lo que en una cultura se considera sagrado, en otra puede ser objeto de burla, no existen criterios metaculturales para decidir la validez de los mismos, por  lo que no existen valores universales, escritos en la naturaleza o en la condición humana.

Uno de los problemas del relativismo cultural es que permite la justificación de todos los valores, validando prácticas como la ablación, por el mero hecho de estar enraizadas en una tradición o cultura.

Sin embargo, como sostiene la ensayista Hélé Béji, hay un rasgo de inhumanidad  en esta reivindicación de los derechos culturales, consistente en el hecho de colocar la condición cultural por encima de la condición humana. Cuando se piensa que se es humano exclusivamente por pertenecer a una etnia, un grupo religioso o una cultura y no por compartir una naturaleza, cuando se encapsula la dignidad de la persona en un sistema de valores, ritos o prácticas. Una reinvindicación rabiosa de los derechos culturales que parece tan contraria a la arrogancia de la Modernidad, termina fusionándose con ella en su aspecto más sombríamente fetichista.

Si bien vivimos en una época donde aspiramos a tomar distancia de las posturas etnocentristas y absolutistas de la Modernidad, esta aspiración no debe llevarnos a asumir la postura extrema de esta reinvindicación de los derechos culturales: No todos los valores son defendibles. Ninguna tradición, ningún derecho cultural está por encima del respeto a la integridad corporal y psicológica de las personas, y en este caso, del respeto a la dignidad, a la integridad física y psicológica de las mujeres.

Como señaló el ex Director General de la UNESCO, Koïchiro Matsuura, en el prólogo a la edición de los Coloquios del Siglo XXI, del año 2001:

"…todos los valores pueden ser reevaluados. Así pues, el error de la universalidad y del relativismo es negar no sólo que los valores progresan, sino sobre todo que pueden ser reelaborados en común y ser objeto de debate y de contrato entre actores a veces muy diferentes. Todas las culturas tienen el mismo valor y la misma dignidad, pero no todos los valores son equivalentes".

Precisamente, por ser constructos culturales, los valores y hábitos requieren ser examinados, reelaborados y muchas veces reemplazados, en vez de convertirlos en un objeto de irracional respeto o veneración basado en la tradición o en la cultura.