Mundo de la Vida

Modernidad y modernización

Por Roque Santos

El hecho de haber nacido al mundo como colonia deja una impronta imborrable que, aunque no necesariamente determina el futuro, al menos lo condiciona. Es que los patrones culturales impuestos desde la asimetría del poder colonizador y los mecanismos de autopercepción de los pueblos, no obstante estar liberados de la atadura política que los unía a la metrópolis colonizadora, siguen siendo los mismos o al menos su transformación es pesadamente lenta por lo que cultural y socialmente se mantienen los dispositivos de colonialidad. De ahí la enorme nostalgia por el pasado en que la corona protectora mantenía bajo su regazo a sus súbditos allende los mares.

Así como se ha distinguido entre colonialismo y colonización para explicar un sinnúmero de prácticas y creencias que aún persisten como remanentes del pasado colonialista, hay que distinguir entre modernidad y modernización. Ello a sabiendas de que modernidad no hay solo una y que las distintas variaciones de lo llamado “modernidad europea” han impactado en distintas épocas y en diferente modo y grado la identidad colectiva de los pueblos colonizados. Me adhiero a la tesis de que en América Latina no hubo solo un proceso uniforme de modernización, sino que la modernidad europea ilustrada constituyó uno entre otros estilos de modernidad a los que cuales se recurrió en el pasado como baremo a seguir.

En nuestro caso, como país, la modernidad europea ilustrada nos llegó de modo fragmentario por el sujeto español que a la sazón poseía más rasgos medievales que netamente capitalista. Esto nos obligó a constituirnos como sujetos históricos independientes bajo la conciencia escindida del hijo desobediente y rebelde sin norte común ya que no nacimos a un estado capitalista puro, capaz de integrar las fuerzas laborales productivas y el aparato estatal en una racionalidad de medios a fines, sino a una compleja y enmarañada relación oportunista con la cosa pública. De ahí nuestras incoherencias y tribulaciones en el esfuerzo por constituir una nación-estado independiente enmarcada en un proyecto común a futuro y, siendo honestos, nuestra predilección por la implementación de prácticas clientelares corruptoras del servidor público.

La ambigüedad ancestral con la que nos movemos frente a la ley y el ejercicio laboral en los puestos públicos (como si todo bien común fuese patrimonio personal) no tiene otra explicación que no sea la fragmentaria modernización a la que nos vimos expuestos. El proyecto ilustrado europeo sacralizó en nombre de la idea de progreso unas relaciones burocráticas eficientes, un apego irrestricto a la norma escrita y a los procedimientos establecidos que no fuimos capaces de asimilarlos como parte de la identidad colectiva como nación, sino todo lo contrario: en pos de una aventura idealista de libertad frente al referente del poder en el momento convertimos una noble idea en una estúpida sensación de libertinaje.

Un ejemplo claro de este patrón de conducta asimilada socialmente es la negativa imperante de todas las autoridades políticas en nuestra era democrática de enfrentar con acciones drásticas el flagelo de la corrupción. Un hito de este comportamiento lo encontramos en el borrón y cuenta de 1978 lo que alentó la continuidad de las prácticas corruptoras y clientelares generalizadas en los doce años de Balaguer. Si continuamos la historia social actual, seguiremos encontrando el mismo comportamiento y otros puntos álgidos: por ejemplo, el secuestro de parte del expresidente Leonel Fernández y el PLD del sistema de Justicia dominicano.

Si bien es cierto que el proyecto de la modernidad en Europa no es un proyecto radicalmente uniforme, lo que nos llegó a América Latina y el Caribe son casos patéticos de la fragmentación de un fenómeno. En nuestras tierras la modernidad siempre ha sido inconclusa, apenas hemos tenido atisbos de modernización acompañados por esfuerzos idealistas de libertad, pero no implementación de (re)formas radicales de compromiso y cambios culturales de los viejos patrones corruptores. Tampoco nuestro continente es una uniformidad histórica, pero a grandes rasgos, la dinámica se expresa con idéntica forma aquí o allá. El ejemplo más patético lo tenemos hoy día en los esfuerzos izquierdistas “revolucionarios” del siglo XXI que no han logrado salir del patrón corruptor y trabajar incansablemente por el bien de todos sus ciudadanos.

La modernización es una realidad nuestra de cada día.

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