Todo bibliópata la conoce. Es la peor de las torturas. Es una combinación terrible, mortal: la escasez de tiempo y el exceso de libros. Es un hecho al que hay que dar pecho. Es una crueldad con la que hay que vivir. Para lidiar con ella, cada cual desarrolla sus propias mañas ¿La mía? Privilegiar la brevedad.

A una obra maestra de quinientas páginas, prefiero dos de doscientos cincuenta. O, más aún, cuatro de ciento veinte y cinco (Ya lo decía Gracián: “Lo bueno cuando es breve, es dos veces bueno). En literatura, es (también), una falacia aquello de que cantidad es mejor que calidad. El Gran Gatsby, Matadero Cinco, Buenos días, Tristeza; El guardián en el centeno, El Extranjero, Memorias de Adriano, Desayuno en Tiffany’s…la lista de obras maestras “poco gruesas” es esperanzadoramente gruesa…

Que me perdonen sus incondicionales: Marcel Proust podrá ser un monstruo de la literatura; En busca del tiempo perdido podrá ser una de sus cimas, pero sus más de tres mil páginas me parecen una verdadera indecencia. Por más obra maestra que sea, En busca del tiempo perdido es una verdadera pérdida de tiempo. (¿Tiene más hojas un peral que Buscando el tiempo perdido?, se preguntaba Neruda)

Admiro a los genios literarios, es cierto. Y si además de genios, son corteses, mucho más. De la cortesía literaria, Kurt Vonnegut definió la regla de oro: “Usa el tiempo de un extraño de manera que no sienta que lo ha perdido”. Y Vonnegut predicó con el ejemplo: Matadero Cinco, una auténtica gema, no pasa de doscientas páginas.

De entre los escritores corteses, los más corteses son los que escriben microrrelatos. En estos tiempos en los que no hay tiempo que gastar en novelas narcisistas ni dinero que despilfarrar en libros cuyos precios están abultados por lo aranceles y los márgenes leoninos de las librerías, los microcuentos son la mejor opción. A modo de muestra (gratis), enumero algunos de mis favoritos:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”.

Comenzar con “El Dinosaurio”, de Augusto Monterroso, es de rigor. Primero, porque es quizás el más famoso de los microcuentos. Y segundo, porque demuestra que, a pesar de contar con apenas siete palabras, es un cuento al que no le falta ninguna de sus partes: tiene un inicio (un hombre* se sueña con un dinosaurio); tiene un nudo (el hombre* se despierta); y tiene un desenlace (el dinosaurio se ha quedado con él*).

Decía Juan Rulfo que un cuentista solo puede escribir sobre dos temas: La muerte y el amor. Los microcuentos no escapan a su sentencia.

Pero, al ser tan breves, la muerte y el amor están concentrados, tienen más potencia.

La muerte que describen es más desgarradora, más dolorosa.  De entre todos, este, de Hemingway, me parece el más terrible:

Se venden zapatos de niño. Sin estrenar.

Y este, hermosísimo, de Bioy Casares, el más poético:

– Me dice la tucumana: ‘Si te pica una araña, mátala en el acto. Igual distancia recorrerán la araña desde la picadura y el veneno hacia tu corazón’.

Los hay cínicos, como este de José Emilio Pacheco:

-Yo no lo maté: él solito se le atravesó a la bala.

O proféticos, como este de Jaime Muñoz Vargas:

– Hoy los maté. Ya estaba harto de que me llamaran asesino.

Por otro lado, al ser tan breves, el amor (o su alter ego, el desamor) que describen los microcuentos es el más ávido, el más devastador.

Dejemos al autor anterior demostrar que amor y muerte son las dos caras de la misma moneda (quien no capte su sutil juego de palabras no apreciará esta obra maestra):

-Se nos acabó el amor. Nos separamos. Cada cual cogió por su lado.

Este otro, anónimo y más recatado, viene a decir lo mismo que el anterior:

Le propuso matrimonio. Ella no aceptó. Y fueron muy felices.

Este, de Marco Denevi, más que microcuento, es una microbiografía de Catalina la Grande:

– Si no hubiese sido por mi cuerpo, habría sido casta.

Un último microrrelato sabroso y rítmico, de Guillermo Cabrera Infante:

¡Ay, José, así no se puede!

¡Ay, José, así no sé!

¡Ay, José, así no!

¡Ay, José, así!

¡Ay, José!

¡Ay!

Terminaré – hay que predicar con el ejemplo – que habría muchos más cristianos si en lugar de cuatro evangelios se hubiera escrito solo uno y si el único evangelista hubiese sido cortés y se hubiese limitado a escribir:

-Amen.

-Amén.

(De quien escribe).

* Bien pudiera haber sido una mujer, por supuesto.