A sus 80 años, mi madre, Nuris Jacobo Vda. Espinal, publicará el primer libro de su autoría. Es un gran logro, o un milagro, diría ella.

Se trata de una biografía del Hermano Rafael Pereyra Macías, religioso de la congregación Hermanos de la Salle.

El Hermano Rafael era de origen cubano y vivió en el Santiago dominicano casi 30 años, desde 1963 hasta su muerte en 1992.

El Colegio de la Salle de Santiago era casi parte de  mi casa. En la década de 1960 y 1970, los patios colindaban sin verja de concreto porque, en aquella época, la delincuencia no abundaba.

En el patio de La Salle criábamos pollos, tumbábamos almendras, jugábamos pelota, y por el callejón de mi casa pasaban muchos estudiantes lasallistas que vivían del lado de la calle Onésimo Jiménez.

En esa época, La Salle era sólo de varones y allí asistían mis dos hermanos. Yo, aunque no fui estudiante lasallista, era de las pocas voces femeninas que tenía el coro del Hermano Javier.

Además de ser vecinos, mi madre fue maestra de La Salle en la primaria y en la secundaria, y para muchos Hermanos, mi casa era una segunda casa. Conservo los recuerdos de las visitas del Hermano Pedro Fernández, Agustín Enciso, Gonzalo Blanco (Claret), Osvaldo Morales y Javier Careaga.

A los pocos años de llegar a Santiago, el Hermano Rafael quedó inválido a causa de un tumor que afectó su movilidad. Eso lo sumergió en un estado depresivo del cual salió eventualmente con nuevos bríos para dedicarse a la educación religiosa de los jóvenes lasallistas.

En la presentación del libro, escrita por el Hermano Alfredo Morales poco antes de morir, se resalta la complejidad humana del Hermano Rafael, cito: "fue un ser mortal y frágil como todos, pero al entregarse al querer de Dios se convirtió en un testimonio viviente de fe y de amor".

Moviéndose lentamente en una silla de rueda, con voz pausada, y un teléfono cerca de la cama, el Hermano Rafael hacía consejería y promovía labores sociales. Eso consolidó su amistad con mi madre, que le ayudó en diversas actividades, como las recolectas navideñas para las Hermanas Carmelitas de Clausura del monasterio de la carretera Santiago-Licey.

Para mi madre, escribir el libro fue un sentido de deber hacia el amigo fallecido hace 20 años, y a la vez, según escribe en el Prólogo, una inspiración de Dios.

El reto era cómo armar un libro sin nunca antes haberlo hecho, y cómo investigar sin ser investigadora.

Se lanzó, desempolvó papeles, buscó muchos testimonios, y empezó a componer la historia. Ayudó que el Hermano Rafael lo guardaba todo.

Los Hermanos Agustín Enciso, Alfredo Morales y Pedro Acevedo siempre la motivaron a seguir adelante y leyeron cada capítulo que iba surgiendo.

Dice la autora que a pesar de las dudas que la asaltaron en el camino, el deber sentido de la buena amistad la motivó siempre a concluir la obra, a pesar de los quebrantos de salud y las ocupaciones familiares que interrumpieron su labor en distintos momentos.

Aunque debo decir por experiencia propia, que cuando mi madre comienza una tarea difícilmente la abandona por ardua que sea.

El pasado 18 de enero celebramos con alegría su cumpleaños 80, y hoy miércoles 16 de mayo es la puesta en circulación del primer libro de su autoría. El acto tendrá lugar en el Colegio de la Salle de Santiago a las 5:00 p.m. Los amigos de La Salle, del Hermano Rafael y de la autora están invitados a participar.

Artículo originalmente publicado en el periódico HOY