La columna maldita

Mi homenaje a Colombo

Por Sergio Forcadell

A Colombo, a secas, sin su primer nombre, Ramón, hace un paquete de años que lo conozco por aquello de que periodistas y publicistas se cruzan muchas veces en sus quehaceres profesionales en aquello de colocar y publicitar anuncios en los programas, y de charlar sobre las mil y una pendejadas que se dan en la vida, y sobre todo de las que tanto abundan en este país.

Y es el mismo paquete de años que le tengo de admiración, por su largo y gran trabajo periodístico, tanto en la radio como en la prensa. Tiene un estilo de escribir, peculiar, único, inimitable, que me encanta, y que yo le llamo, a mi propio riesgo, el colombesco.

Surgido de conjugar un raro talento crítico y observador, con mil vivencias populares surgidas de abajo, del medio y de arriba, y de por aquí, nuestro amado patio, y de por allá, de los Méxicos lindos y queridos.  Original en sus temas y planteamientos, tigueresco en buen parte de su lenguaje, y siempre inteligente en el meollo de los planteamientos a tratar.

Además es inciso y afilado como un bisturí de quirófano, capaz de sajar y destripar en un dos por tres al gallito más pintado, y por si fuera poco, es conciso. Tan conciso, que en apenas siete u ocho líneas de cuartilla le comprime o le describe a cualquiera la Biblia o el Quijote, ya estén traducidos al ñáñigo o al arameo, como lo demuestra día tras día su muy leído y aún más disfrutado Fogaraté.

Sirva esta ración de piropos en bandeja virtual como un homenaje que a mi entender y por mi parte se merece cuando todavía está bien vivito y coleando, con la azotea tan despejada como bien amueblada.

Seguro que de los litorales oficialistas nunca le pondrán una medalla al mérito denunciador de entuertos y tropelías, ni le otorgarán pensión alguna por ser héroe despertador de conciencias dormidas o anestesiadas. Ni falta que le hace. Colombo está muy por encima de esas frivolidades. Colombo, un fuerte abrazo para ti, y otro para Ramón.

Hace muy poco, Colombo escribió sobre la asociación de revendedores de boletos, la ASOREBO, o algo así, una muy curiosa entidad recién creada y autorizada oficialmente, y decía, palabras más, palabras menos, que este era un país donde solo podía ocurrir que lo ilegal se tornara legal, y es en gran  el motivo de la segunda parte de este escrito.

La isla muy al revés

Ya hemos dicho en otras ocasiones que el título de la Isla al revés, autoría de Balaguer, le viene perfecto a nuestro querido país, no solo por su curiosa política, sino por las cosas extrañas, ilógicas y hasta contra natura que suceden a cada momento.

Hoy vamos a exponer un par de ellas, como simples ejemplos  La primera la apuntó hace unos días el siempre genial Colombo y era la creación de la ASOREBOL, una entidad que agrupa nada menos que a los revendedores de boletos, para acapararlos y especular. Hasta donde tenemos entendido la reventa  es una manifestación más del llamado mercado negro y en cualquier país decente debería ser ilegal, pero que aquí es legal por un puro arte de magia macondonesco, que convierte el surrealismo dominicano en un realismo rampante y vergonzosoejemplo de lo que no se debe hacer por unos Gobiernos indiferentes e inmorales porque mucho de sus actores principales son partíciples de ellos en calidad de dueños o asociados, y porque todo lo que ingrese como impuestos en las siempre deficitarias  arcas nacionales es bueno y válido.

que este era un país donde solo podía ocurrir

c que lo ilegal se tornara legal. Como un acto de magia macondesco

En verdad esta es una isla al revés. Tres ejemplos de las docenas y docenas que existen, lo demuestran sin la menor duda. Lo ilegal es legal como ya hemos apuntado, por puros intereses económicos, se permite e incentiva hasta lo increíble el juego que esquilma los pocos chelitos de las masas pobres, y se ponen anuncios del Estado y privados (prohibidos en muchos países donde se toman en serio las muertes por tránsito)  en los puentes peatonales y en las entradas de los túneles para que se distraigan mientras manejan y sea más fácil accidentarse . Dice Colombo que si alguien de fuera nos ve, se pregunte si somos civilizados. Qué razón tienes.

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