Empezaban los setenta, una década convulsa con generales canallas, golpistas, vampirescos (le sacaron la sangre a medio mundo), en varios rincones del continente: Pinochet en Chile; Videla, en Argentina; Médici en Brasil. Mientras tanto en México, que también arrastraba sus represiones –Tlatelolco, Jueves de Corpus, Guerra Sucia–, se vestía de gala con estadios nuevos y toda la cosa, para recibir el noveno Campeonato Mundial de Futbol.

Fue un torneo repleto de figurones, como si uno viera en la misma película a la Sophia Loren, al Bogart, Gable, Mastroianni, Marilyn y Bardot. Releo las crónicas de Eduardo Galeano y vuelvo a las imágenes de la red, para recrear esos juegos que, por primera vez, pasaban en la tele a color.

Asimismo, se presentaron innovaciones como la tarjeta amarilla, sinónimo de amonestación, para que el jugador dejara de romper el reglamento a patadas y el derecho a efectuar dos cambios por partido. Anteriormente sólo se podía reemplazar al arquero por lesión. Dichas reformas intentaban proteger al atacante y darle mayor impulso al juego (pura teoría). Al respecto, el jugador mexicano Nacho Basaguren, fue el primero en entrar de cambio y anotar un gol.

México, mejor anfitrión que protagonista, pues ha organizado dos veces el Mundial, pero nunca ha cruzado los cuartos de final, obtuvo una goleada histórica contra El Salvador (4-0), con doblete del Cabo Valdivia, ídolo del Rebaño Sagrado. Los centroamericanos, antes de calzarse los botines tuvieron que echar mano al fusil y no es metáfora. Los ánimos con Honduras ya estaban bastante crispados y luego de tres juegos para decidir quién iría al torneo, la violencia se desató: cinco mil víctimas en menos de una semana. La Guerra del Futbol o de las Cien Horas, se le llamó. La Selecta fue un equipo aguerrido aunque desafortunado (sus jugadores no eran profesionales, sino obreros, estudiantes) y se llevaron siete goles en la maleta y ninguno a favor.

Inglaterra campeón vigente, presumía la depurada clase de sus dos Bobbys: el uno Charlton que jugaba en el Manchester United y el otro, Moore del West Ham. Por cierto, a Moore se le acusó en Colombia de haberse robado un brazalete de oro y esmeraldas, cuando el equipo se preparaba para la altura de la ciudad de México; por lo cual, llegó después que sus compañeros. Quizás, aquel imprevisto repercutió en la eliminación contra Alemania. Éstos a su vez, se desquitaron de la final en Wembley, que perdieron con un gol fantasma: todavía no se sabe si la pelota cruzó la línea de meta. Supongo que la lesión del otro Bobby, el del Manchester, también influyó. Al momento que sale del campo iban ganando 2-1, pero cuando supo el resultado final, volvió a sentir una picazón en la pierna… y otra en el orgullo: perdieron 3-2 en tiempos extra.

Alemania, que practica un futbol físico, terco, machacón, es uno de los rivales más duros que existen, por eso Italia batalló para derrotarlos en una de las semifinales. Noventa minutos no le alcanzaron, la Mannschaft les empataría en dos ocasiones. y todo se arregló en el alargue.  Ante tan vibrante despliegue futbolero, ese cotejo fue bautizado como: « el Juego del Siglo». Una imagen persiste en la memoria colectiva: Beckenbauer jugando con un brazo atado al cuerpo. El elegante mediocampista del Bayern había sufrido el embiste de un auténtico toro, Giacinto Facchetti, pero ni modo que dejara el campo nomás porque le dolía el hombro. En el mundial siguiente, el Kaiser sería campeón y tiempo después volvería a serlo, pero ya como entrenador; gloria doble que sólo comparten unos cuantos. El primero en este grupo selecto fue Mario Zagallo, director técnico de la escuadra brasileña.

Los europeos, también contaban con excelentes delanteros: el tanque Gerd Muller, campeón, con diez pases a la red, como decía un comentarista mexicano y Uwe Seeler, un bajito pero fortachón, que se alimentaba de goles, salchichas y cervezas en su natal Hamburgo, el club de sus amores y al que nunca renunció, pese a las múltiples ofertas de clubes de mayor jerarquía…lo que eso signifique.

Cuando la Verde-amarela enfrenta a Uruguay en la otra semifinal, los jugadores se acordaron del fantasma del Maracana. Sobre todo con el 1-0 parcial, obra del charrúa Cubilla. Toda dicha dura poco y aquella no fue la excepción. El futbol mágico de Péle & friends terminará desgarrando a la Garra 3-1. Hay una jugada del maestro que por casualidad no acabó en el fondo de las redes: El portero Ladislao Mazurkiewicz sale del área a toda velocidad para ganarle la carrera, pero el Diez hace un pase de torero y no toca la pelota, sino que la deja seguir. El arquero se va con la finta mientras O Rei persigue el esférico y da un zapatazo (no le queda mucho angulo) que pasa al lado del palo. Goooooo estuvo a punto de gritar la tribuna del Estadio Jalisco.

Las semifinales se disputaron entre cuatro campeones del mundo pero la gloria fue exclusivamente brasileña. En el juego definitivo derrotó a Italia por cuatro goles, cortesía de Pelé, Gerson, Jairzinho y Carlos Alberto contra el único de Boninasenga, ante las más de cien mil almas en el Azteca, el 21 de junio de 1970. De acuerdo con los apuntes de Galeano, el defensa italiano Burgnich, que tenía la imposible tarea de marcar a Edson Arantes, dijo a la prensa a propósito de su frentazo: «Saltamos juntos pero cuando volví a tierra vi que Pelé se mantenía suspendido en la altura».

Brasil era campeón por tercera vez y lo lograba ganando todos sus encuentros. Fue el último mundial del idolazo del Santos, que se despidió haciendo lo que sabe: derroche de jogo bonito, jugadas de ensueño. Entre Jairzinho (7), Pelé (4) y Rivelino (3) marcaron casi quince goles, de los diecinueve que convirtió el Scratch do ouro. ¿Tengo que agregar que fue el conjunto más explosivo del torneo?

Los setenta iniciaban con un Pelé tricampeón y un Beckenbauer en su punto. Luego vendrán Cruyff y la Naranja Mecánica y casi al final, un chaparrito de pelo alborotado, que volverá loca a la Argentina (y al mundo entero) con su zurda. No todo fue triste represión en esos años, también hubo un cinismo desmemoriado, como el de soltar palomas de la «paz» antes de cada juego que se disputó en los estadios mexicanos. Palomas que ya volaban salpicadas de sangre: la derramada y la futura.