Vivencias

Metástasis del tigueraje

Por Rafael Alvarez de los Santos

No logro descifrar en qué momento el concepto de tíguere se distorsionó ya que, originalmente, el concepto estaba reservado para definir a un sujeto con múltiples habilidades capaz de desempeñarse en cualquier escenario práctico.

El tíguere estaba facultado de una habilidad innata que le hacía ver como el Mcguiver del barrio. Quien presentara alguna falla en el sistema eléctrico, la nevera dejaba de enfriar, el carro no encendía, pegar block, tirar arena, bastaba con solicitar los servicios de un tíguere y encontraba una solución rápida, económica y eficaz.

Hoy en día el concepto ha pasado a definir a quienes suelen recurrir a diferentes artimañas para engañar y obtener algún beneficio sin que el afectado consiga advertir la veracidad de sus intenciones y a personas que toman la vida a la ligera sin asumir compromisos, que no están dispuestos a trabajar y se dedican a la vagancia eterna.

Por eso el tíguere ya no es bien visto y hasta cierto punto se le teme pues la conducta social que asume es repudiada por quienes entienden que lo normal de una persona es hacer todo lo opuesto a la descripción que se atribuye.

Visto así concluyo que de todas maneras vivimos hoy en día en la cultura del tigueraje, no en relación a la descripción original del concepto, sino en la actual. Por ejemplo:

En el escenario social observamos las cantidades de personas que fingen alguna enfermedad o dolencia para pedir en las calles sin que ello ocasione ningún cargo de conciencia.

En cualquier establecimiento comercial, al llegar el momento de pagar, la pregunta de orden es “¿quiere la factura con o sin comprobante fiscal?” convirtiéndose esta práctica en la legitimación pública de la evasión.

En las calles aparecen una serie de individuos dedicados a estacionar vehículos quienes con la conocida expresión: “ya uté sabe tamo’aquí” generan una especie de compromiso obligatorio de retribución económica al regresar.

En el plano político existen líderes que explotan un nacionalismo rancio y basado en él se han erigido como defensores de ética cuando sus acciones son contrarias al concepto.

Apoyado en el tigueraje un senador pide ser investigado por los mismos compañeros de partido que en una ocasión ofrecieron una rueda de prensa expresándole solidaridad y apoyo por las acusaciones que hoy pretenden investigar. ¡Oh Dios!

Tenemos personas que se casan por negocios, deportistas que alteran su edad para ingresar en cualquier deporte.

Policías que nos detienen en la calle en un supuesto operativo que busca extraer de nuestro bolsillo alguna suma que le ayude a completar la asignación fijada por el jefe y que al mismo tiempo le quede algo.

Choferes del transporte público organizados para chantajear al gobierno, que ofrecen un servicio deficiente y desorganizado y que se han erigido como los dueños del país.

Los colegios cada año cambian los libros de textos o los aumentan de precio sin que pase nada y unos diputados que, como los policías en las películas que siempre llegan tarde, han reaccionado al hecho después que ha pasado.

Plantas de gas con el peso arreglado para cobrar de más y echar de menos.

Definitivamente el tigueraje se ha vuelto un cáncer que ha hecho metástasis en esta sociedad convirtiéndose en una cultura que nos arropa. La práctica del tigueraje es la representación social de un refrán poco real que se ha popularizado bastante “Dios dijo: me voy y los dejo, que el más sabio viva del más pendejo”.

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