Mundo de la Vida

Memorias en a.m. (2)

En tiempos de normalidad campesina solíamos ir al subcentro de salud cuando ocurría algún accidente o alguna herida significativa; esto nos llevaba dos minutos.

Por Roque Santos

En Blanco nadie sospechó que aquel 31 de agosto de 1979 sería tan adverso. La radio y las autoridades municipales habían alertado del peligro, pero se tenía fe y se tenía la esperanza de que todo aconteciera como en otras ocasiones, sin mayores contratiempos. El crepúsculo transcurrió como otros días, con aquella puesta de sol intensa hacia las montañas, pero grisácea hacia el norte: las amenazantes nubes auguraban un oscuro presagio que nadie leyó o, al menos, nadie le prestó la debida atención.

En la radio se escuchan los boletines de las autoridades de la provincia. A través de La Voz del Atlánticonos enteramos de que aquel ciclón mantenía su curso inalterable y que la ciudad Capital sería afectada en mayor medida, junto a las provincias de la costa sur. Lamentable. Los de la costa norte tendríamos lluvia, como siempre, y fuertes vientos. Fue en aquel momento en que la abuela nos dijo con autoridad materna que debíamos permanecer en la casa y cuidado con salir sin permiso.

La cena y la lluvia intensa. Inmensos goterones caían sobre el techo de canas. Por las rendijas de la madera el silbido del viento se escabullía raudo y veloz. Aprenderíamos estos adjetivos de las radionovelas de Kazan, el cazador, amo de las selvas. Así pasaron las horas de la noche, bajo lluvia y pegados a la radio, escuchando de los estragos en la ciudad Capital, en San Cristóbal y en otras ciudades del literal sur que no me eran tan familiares a la fecha.

Justo a medianoche, como una profecía cumplida, la abuela nos despertó. Los heraldos habían dado la noticia, debíamos trasladarnos al subcentro de salud o a la escuela primaria, únicos edificios de concreto en el pueblo y situados a buena altura. Los demás vecinos estaban despiertos y recogían ropa seca, la colocaban en fundas plásticas, un poco de agua, pan, café y azúcar. Lo demás se quedaba en casa, merced a los vándalos de siempre y que Dios reparta suerte con los escasos ajuares.

Tomé de la mano al tío Marcelino, para la época ya era ciego y les temblaban las manos. Su memoria ancestral sobre los muertos y los “barbuces” en las montañas me habían entretenido en mi inocencia de muchacho. Mi hermano pequeño y la abuela ayudaron, como también los dos bomberos que fueron a despertarnos. En pocos minutos, las calles del pueblo estaban inundadas, las corrientes que descendían de las montañas lo habían anegado en menos tiempo del previsto. Sometido a la sorpresa más inverosímil, nos dimos cuenta por primera vez que nuestro municipio había sido edificado en un delta natural hacia la bahía de Gracia.

En tiempos de normalidad campesina solíamos ir al subcentro de salud cuando ocurría algún accidente o alguna herida significativa; esto nos llevaba dos minutos. En medio de la oscura noche y los pedazos de lluvia que caían sobre nuestros cuerpos mojados, tardamos una eternidad en subir la escalinata de aquel edificio en forma de T.

En el interior vimos las mujeres y los niños en colchonetas. Los hombres colocaban fundas en sus zapatos. Alicia, quien solía maldecirnos cuando le invadíamos el patio detrás de algún animal, alzó la voz y propuso rezar el santo Rosario. Afuera, los vientos arreciaban mientras los del barrio nos reencontrábamos y preguntábamos inquietos por los demás. Imaginamos que estarían en la escuela, en donde había un refugio improvisado.

Entre novedades y preocupaciones, nos fuimos durmiendo entrada la madrugada. A la mañana siguiente, las corrientes continuaban en su descenso de las montañas, las lluvias no habían mermado en lo absoluto. Todos los rituales de abluciones y despertares se habían interrumpido. La gente miraba en derredor y parecían convencerse de lo mismo: habrá que esperar un poco más.

Así pasaron las primeras horas de la mañana. Nadie vio el alba. La lluvia y las fuertes corrientes se imponían sobre la calle Duarte, entrada y vía principal del municipio. Algunos hombres venían a contracorriente, desafiando al destino se aventuraron a las postrimerías del pueblo, allí donde las cañadas que circundaban el caserío volvían a reencontrarse para morir en la bahía. Gracias a Dios no hubo pérdidas humanas, muchos daños materiales y esperar ayuda.

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