Café ritual

Memoria amarga

Por José Martín Paulino

Ahora es una criatura escapada de su antigua realidad. Por eso prefiero hablar de él en pasado. Se llamaba Nelson y le decían “Vitamina”. Lo conocí una tarde en el parque Duarte de esta ciudad de San Francisco  de Macorís. Era pequeño y delgado, casi aéreo. Ese día lo vi gesticular con un libro en sus manos, discurseándoles a los que frecuentaban el parque. Me le acerqué e inquirí sobre la razón de su prédica. Me dijo que aspiraba a entrar a la Iglesia adventista y convertirse en predicador y que por eso ensayaba con las Rimas de Becquer. Aquello me maravilló. Recuerdo que al despedirnos, después de una grata conversación de varios minutos, me entregó un papelito con su número telefónico y su nombre: “Nelson, el Predicador, alias Vitamina.”

Entonces entre nosotros surgió una amistad que el tiempo fue fortaleciendo. Hablábamos de muchos asuntos, sobre todo de temas bíblicos, acera de los cuales tenía él un vasto dominio. Mi amigo frecuentaba a diario la biblioteca municipal donde solía leer acerca de grandes filósofos de la antigüedad griega y romana, de los cuales constantemente solía citar frases proverbiales. Cuando yo (que también soy muy dado a las citas) traía a colación alguna de un escritor importante, él no solo me la hacía repetir varias veces, sino que tomaba un lapicero y un trozo de papel para anotarla.

Un día se me ocurrió preguntarle por qué le decían “Vitamina”. Y más o menos esta fue su respuesta: “Yo tenía alrededor de diez años cuando empecé a preocuparme porque además de ser muy delgado estaba más pequeño que muchos niños de mi barrio, algunos más o menos de mi edad y otros incluso más jóvenes. Entonces le pedí a mi padre que me comprara vitaminas para crecer y engordar. Mi padre me complació pero como tú puedes ver aquello no me sirvió de gran cosa. A  partir de ahí todo el Callejón Castillo (que es el lugar donde nací y aún resido) empezó a decirme “Vitamina” y así se me quedó.”

Después de sus lecturas matinales en la biblioteca municipal se la pasaba rondando los alrededores del parque Duarte, comiendo mentas y bebiendo café. Nunca lo vi ingerir otras cosas. Por más que muchos insistiéramos en que tomara algo más nutritivo lo rechazaba, alegando que bajo la escuela del estoicismo filosófico había aprendido que el exceso de alimento embota la capacidad de pensar y mueve a la violencia y a los bajos instintos.

A pesar de su enorme humildad económica Nelson nunca pedía nada, en cambio, lo poco que conseguía de la espontánea caridad de las gentes lo compartía con los demás, fuesen estos cercanos a él o simples conocidos.

Sin que se lo preguntara, hablaba constantemente de que había renunciado a sus planes de ser predicador porque entendía que era estúpido cobijarse bajo cualquier tipo de iglesia, que todas las religiones, así como la educación escolarizada, con sus dogmas y adoctrinamientos, fomentaban la esclavitud y que él se sentía un hombre libre y deseaba seguir siéndolo, que por sí mismo era capaz de aprender todo lo que necesitaba, todo lo que le fuera útil durante su azaroso trajinar por este mundo. Nunca olvido aquella mañana en que me dijo: “Ahora, de forma libre, me estoy dedicando al ateísmo.”

A veces le tomaba con vender bagatelas, como estuches de celulares y de cámaras fotográficas, gafas de baja calidad, así como menudencias artesanales que más que para subsistir, entiendo  les servían para entretenerse y tal vez para aplacar aquella maldita sensación de inutilidad que en el fondo lo oprimía. Pero esos arranques de pequeño vendedor ambulante le duraban poco, siempre los abandonaba, alegando que el trabajo lo distraía de sus asuntos espirituales (no religiosos), que le restaban fuerzas que él necesitaba almacenar para estar en contacto con la energía superior, la cual le permitía resolver los problemas de muchas personas. Él siempre vivía derramando bendiciones sobre las gentes, asegurándoles prosperidad y salud, al tiempo que estampaba sobre las frentes de los beneficiarios de su buena voluntad señales de la cruz a diestra y siniestra.

En su avance hacia lo inevitable, por las noches visitaba algunos centros de diversión  donde les permitían interpretar las canciones de Vicente Fernández, su cantante favorito. Cuando lo hacía, su frágil cuerpo parecía ensancharse, su rostro se encarnizaba de forma sorprendente, las venas del cuello se les recrecían, repletas de sangre, y el esfuerzo vocal parecía que le haría estallar el pecho en múltiples pedazos.

Su vida agitada, su agonía sin reposo, sus insomnios sin treguas y su casi exclusiva dieta de mentas y café, agravaron mucho más su ya de por sí deterioro físico y mental, y su familia se vio en la obligación de retenerlo en su casa y someterlo a un régimen de vitaminas y sedantes.

Semanas después volvió a sus andanzas habituales. Se lo veía remozado y más sereno, pero nadie pudo impedir que volviera a su menú de mentas y café y que retomara con más energía sus antiguas romerías por el día y por las noches. Así que muy pronto le sobrevino de nuevo el deterioro físico y mental, al punto que ahora recoge botellas sin ninguna utilidad ni sentido, apedrea a personas y a centros comerciales y dice permanentemente que está esperando que le entreguen el “hierro” para dar un golpe de Estado y tomar el Gobierno.

Por algunos de sus escándalos ha sido varias veces detenido y golpeado severamente por la policía. El “Vitamina” que conocí ha desaparecido probablemente para siempre, y el nivel de extravío mental y desamparo social de este otro me hace presentir la inminencia de un desenlace fatal

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