Opinión

Memorable texto inspirado en vil asesinato de Hermanas Mirabal

A sólo un mes y días de la imborrable tragedia, precisamente desde Salcedo, lar nativo de las inmortales heroínas, escribió el Lic. Eduardo Sánchez Cabral el memorable escrito que en la ocasión se comparte con los lectores de Acento.

Por Reynaldo R. Espinal

Introducción

El  horripilante crimen de las hermanas Mirabal aquel fatídico 25 de noviembre de 1960 junto a su fiel compañero de travesía, Rufino de la Cruz, del cual conmemoramos hoy el 61 aniversario- , elevó a su clímax la indignación colectiva de un pueblo hastiado de vejámenes y atropellos.

Su cruento sacrificio, en las postrimerías de aquel año singular en la lucha libertaria  de nuestro pueblo, sacudió conciencias y galvanizó voluntades en la determinación de poner fin a  las indignas amarras de la tiranía.

A sólo un mes y días de la imborrable tragedia, precisamente desde Salcedo, lar nativo de las inmortales heroínas, escribió el Lic. Eduardo Sánchez Cabral el memorable escrito que en la ocasión se comparte con los lectores de Acento.

El mismo- como podrá advertirse - constituye una elevada y valiente apelación al compromiso patrio en tributo a la  sangre inocente derramada por aquellas tres valientes heroínas salcedenses, las cuales, como afirmaría Sánchez Cabral: “tienen el privilegio de transmutarse, en un momento estelar de su existencia, en las primeras mártires de la libertad de un pueblo”.

O cuando afirma: “los días de la dictadura están contados, cual que sea la actitud de los dominicanos, porque ella representa un motivo de desconcierto y de temor internacional y constituye una amenaza para los regímenes democráticos de América.

Si es el esfuerzo exterior el que contribuye mayormente a nuestra liberación y si nuestros aportes a ella es tímido o escaso, es tan excepcional la grandeza del sacrificio de las hermanas Mirabal, que él hará olvidar en la historia toda la afrenta de nuestra cobardía”.

El texto de Sánchez Cabral que ahora se publica, escrito el 31 de diciembre de 1960,  circularía, en principio,  de forma clandestina, al inicio de 1961  con el título de “La esperada ofrenda”. En 1962 se publicaría como folleto, titulado “De la clandestinidad”. Con su título inicial, lo reprodujo  por primera vez en la prensa el Listín Diario, en su edición del 25 de noviembre de 1963. Pág. 6.

LA ESPERADA OFRENDA”. (Autor: Lic. Eduardo Sánchez Cabral).

Bajo el signo del terror, subyugados por un tirano, el más siniestro que haya sufrido una nación de América, están los dominicanos viviendo la época más sombría de su historia.

Desde hace tres decenios el desconocimiento más absoluto de los derechos humanos y la explotación sistemática del país en provecho exclusivo de los dirigentes se erigen en normas permanentes de gobierno; se multiplican, se hacen casi diarios los crímenes más odiosos y la obra del patíbulo parece no tener fin; se empobrecen las familias y el erario público, mientras aumenta fabulosamente la fortuna de los que detentan el poder; se pervierten las costumbres, se corrompen los jueces que cada vez se hacen más sumisos y más ciegos instrumentos  de la opresión; se ignora, cuando no se persiguen, los valores morales o intelectuales, se desquicia en fin la sociedad.

La ausencia de verdaderos líderes políticos, capaces de aunar voluntades, de improvisar medios, de organizar y dirigir una resistencia clandestina, la falta de clero nacional, de mitrados de la estatura moral de Meriño o de Nouel, altivos defensores de su grey, y fundamentalmente, la carencia total de armas han impedido poner cese a tan ignominiosa situación.

En tan precarias situaciones y condiciones todo intento de liberación estaba condenado al fracaso.

Debatiéndonos en la impotencia, inermes, hemos contemplado a los que, en un magnifico alarde de heroísmo, se inmolaron en Luperón, Constanza, Maimón y Estero Hondo, tierras donde en aras de la patria, sucumbió lo mejor de nuestra juventud, y tierras que desde entonces son sagradas porque fosas ignoradas son depositarias de los restos de los héroes caídos.

Conturbados hemos presenciado en el año que ha transcurrido el martirio de unos y las torturas de todos, que sufrieron un millar de jóvenes que quisieron recoger el legado de los héroes de aquellas inmortales jornadas, y ahora mismo, consternados e impotentes, acabamos de ver como caen en plena juventud tres altivas mujeres, tres nobles damas de Salcedo, victimas por la tiranía, que tienen el privilegio de transmutarse, en un momento estelar de su existencia, en las primeras mártires de la libertad de un pueblo. Suprema inmolación a que había de conducirlas necesariamente su devoción por la patria, su altivez y su valor, cualidades que se hacían más notables en el ambiente de terror y delación en que ejercieron su ardiente apostolado.

Los martirios, dolorosamente, siempre han sido necesarios para la creación de un estado de conciencia solidaria que haga posible el éxito de toda empresa redentora.

La sangre de estas heroínas será sangre de redención. Su inmolación no será un inútil sacrificio. La sublime lección de patriotismo que ella significa ha de tener la virtualidad de unificar a todos los dominicanos en un irrenunciable propósito de liberación, si no están definitivamente perdidos para la causa de la libertad y si en los dominicanos hay todavía, como expresó Martí: “Tropa suficiente para el honor”.

Para que fuera más pura su grandeza y más excepcional su sacrifico, las hermanas Mirabal presintieron su trágico fin. No hicieron nada para evitarlo porque ellas, que se habían dado por entero a la causa de la patria, comprendieron la trascendencia de su inmolación.

Una de las mártires, Minerva, la sembradora de ideales, la joven universitaria que obtiene en la Universidad de Santo Domingo su título de Doctora en Derecho Summa Cum Laude, la estoica mujer que presencia impasible las torturas que por sus ideas liberales sufre su esposo en el presidio, decía con frecuencia a sus compañeras de lucha estas frases consagradas: “Muerta por el déspota yo seré más útil a la causa”.

La tragedia ha sido desconcertante. No es hora, sin embargo, de lamentaciones. Ahoguemos  en esta ocasión todo sentimiento que no propenda al fortalecimiento de nuestro ánimo y nuestra fe en la liberación de la República.

Que se sequen antes de caer, las lágrimas que afluyen a nuestros ojos, nublados por el dolor. Que de nuestros labios no surja una plegaria! Estas manifestaciones aunque puras en su origen, no son compatibles con la viril actitud de las heroínas victimadas. Ellas, como los héroes, solo son dignas de himnos triunfales y justiciaras glorificaciones.

La hora es de meditaciones, de las meditaciones más profundas que preceden a las grandes determinaciones. Es hora de compromisos solemnes y sagrados. Es hora inaplazable ya de que en el hogar, en las aulas y en la Iglesia, constantemente se predique con toda fuerza de una convicción, que para los dominicanos no hay más que esta alternativa: o se deciden a emprender de inmediato, sin que los arrastre el peligro, una campaña total, sin tregua ni descanso, hasta derribar el régimen despótico que los tiraniza, o, envilecidos se resigne a renunciar a todos los atributos que informan la dignidad humana, aunque estén convencidos de que esta abdicación de derechos y esta degradación moral no les dará la tranquilidad a que aspiran, pues nunca estarán seguros de la posesión de sus bienes ni de la conservación de la vida.

La pérdida que representa para la causa de la liberación la caída de estas heroínas es algo inexpresable, y su magnitud sólo se podrá apreciar, cuando se conozca exactamente la génesis y las actividades del movimiento 14 de junio. Fueron ellas figuras relevantes de ese intento libertador.

Su estatura se agiganta precisamente en los momentos de desconcierto que siguen al descubrimiento de la conjura y la prisión de sus líderes. No se amilanan ni se desalientan porque saben que en esos instantes es indispensable la serenidad y la palabra de fe: de ahí que sigan impasibles su apostolado llenando los huecos que dejó en sus filas la persecución.

Son encarcelados y salen del presidio con renovado aliento y más convencidas que nunca de la necesidad de emprender nuevas campañas liberadoras.

Son incansables, firmes en sus convicciones. Es que tienen madera de líderes y alma de patricias.

Mientras nos aprestamos a recoger, para militar bajo sus pliegues, las banderas de la liberación que sólo la muerte arrancó de las manos de las heroínas inmaculadas, quedan desiertas sus tumbas, bajo el cuidado de Dios, porque a estas tumbas no podremos volver si no cuando el sol de la libertad ilumine la República para tributarle entonces, en tierra libertada, con la investidura de hombres libres, el homenaje que de nosotros y de la patria merecen sus cenizas veneradas.

Los días de la dictadura están contados, cual que sea la actitud de los dominicanos, porque ella representa un motivo de desconcierto y de temor internacional y constituye una amenaza para los regímenes democráticos de América.

Si es el esfuerzo exterior el que contribuye mayormente a nuestra liberación y si nuestros aportes a ella es tímido o escaso, es tan excepcional la grandeza del sacrificio de las hermanas Mirabal, que él hará olvidar en la historia toda la afrenta de nuestra cobardía.

Si a las actuales generaciones les dio el destino el dolor de vivir una época sombría, también les dio la misión que solamente se atribuye a mártires y héroes, de rescatar la libertad de un pueblo. Cumplan esta misión las jóvenes generaciones del presente si no quieren si no quieren figurar en la historia marcadas con el estigma de la abyección y la cobardía.

Que obreros y estudiantes, pueblo y ejercito, fraternizando, unidos en un ideal de redención, acudan enardecidos al llamamiento apremiante que les están haciendo angustiosamente desde la cima de la inmortalidad las heroínas inmoladas y los héroes caídos en Maimón.  Ellos dieron el ejemplo. Seguirle es una consigna de honor. La única.

Sin subestimar su poder, no es difícil eliminar el régimen de Trujillo, ya que a la hora presente es un régimen en completo estado de desintegración. Como ha ocurrido siempre con todas las tiranías, sus propios errores la condenan a la ruina.

Repudiado por las comunidades libres del continente y por sus compatriotas, el caudillo sólo cuenta con el aparente apoyo de sus esbirros. El 14 de junio de 1959 es el principio del fin, y es, en consecuencia, una fecha que marcará un hito en nuestra historia. De entonces acá es permanente el estado de zozobra. No se gobierna, se oprime.

La situación económica es precaria y se agravará más cuando empiece a surtir sus efectos el boicot económico decidido por la Organización de Estados Americanos. Las reservas de oro que respaldan nuestro papel moneda se consumen. Los  impuestos aumentan incesantemente llegando a ser confiscatorios. Las Fuerzas Armadas comienzan a dudar de la omnipotencia del jefe, y el temor y la desconfianza proliferan en sus filas.

Los acontecimientos son los que imponen las soluciones. El régimen, es un alarde público de fuerza, pretende inútilmente esconder su debilidad; las medidas de represión, por bárbaras que sean, ya no intimidan. Las masas, aunque hambrientas, no tienen ya miedo. Ahora es el tirano el que tiembla de miedo, porque él sabe que tiene muchas deudas que saldar y porque a la inversa del gran ateniense, el está seguro de que por su crueldad y por la ausencia de todo sentido moral, no hay un solo hogar dominicano que no haya vestido de luto o derramado lágrimas.

Todos estos hechos y circunstancias son propicias al éxito de la empresa redentora. Sólo falta la unidad de la acción para que el pueblo dominicano sea dueño de su destino. Lograr esta unidad es la única, la esperada ofrenda digna de sus sacrificios que podemos hacer a los héroes y a los mártires caídos por la patria!!!

Salcedo, 31 de diciembre, 1960.

MOVIMIENTO 25 DE NOVIEMBRE DE 1960.

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