Estudiar las ideas políticas es un campo académico que demanda la capacidad de comprender los intereses subyacentes en los autores de tales textos y el contexto en que les tocó vivir. Existen además las ideas que socialmente son asumidas por grandes grupos humanos, fruto de la prédica de determinados actores, el sentido común y más recientemente la influencia de los medios de comunicación. La articulación de dichas ideas usualmente se denomina ideología, pero ese será tema de otro texto.
Estudiar los grandes textos del pensamiento político y el contexto histórico donde se formularon es cuestión propia de la filosofía y la historia. La teoría de la Escuela de Cambridge o Contextualismo, especialmente de sus tres grande exponentes: John Greville Agard Pocock (1924-….) que usualmente es citado como J. G. A. Pocock, Quentin Robert Duthie Skinner (1940-….) y John Montfort Dunn (1940-….), tiene en la actualidad un gran interés y muchas tesis doctorales se están publicando basadas en su metodología. Pocock, Skinner y Dunn impulsaron una nueva manera de estudiar los textos de la historia de las ideas políticas.
“El eje central de esta propuesta teórica es que los autores hay que entenderlos en función de la relación a sus propias intenciones y en el contexto específico en el que escriben. Esta tesis aplicada a la filosofía política implica que al analizar la obra de un autor hay que prestarle atención a la intención que lo mueve al promover determinadas concepciones y analizar el contexto en que elaboran sus textos y su discurso. Mediante esta concepción quedan en segundo lugar las pretensiones interpretativas que ubican a una obra de teoría política en términos de las grandes teorías políticas (liberalismo, marxismo, etc.) Para Martin Jay «…los historiadores intelectuales no ha habido defensa más potente de la explicación contextual que la elaborada una generación atrás por Quentin Skinner, J. G. A. Pocock y sus colegas en la denominada Escuela de Cambridge de historia intelectual. Apuntando al presentismo anacrónico que alentó a los historiadores a designar a pensadores del pasado como precursores de movimientos posteriores que aún no tenían existencia autoconsciente, Skinner los urgió a situar a intelectuales y textos en sus contextos inmediatos de generación y recepción. Refutando la falacia de atribuir una esencia atemporal a conceptos o ideas que emergieron en circunstancias históricas particulares, alertó contra la tendencia a aislar palabras claves –incluso las más perennes, como las rastreadas por Raymond Williams– de las cambiantes constelaciones discursivas en las que estaban situadas» (Jay, 2012: 145) Por tanto el contextualismo demanda que todo estudio de las ideas de un autor hay que ubicarlas siempre en el contexto donde las articularon y desarrollaron” (Alvarez, 2015, pp. 125-126)
Durante el feudalismo en la Europa Occidental la Iglesia Católica Romana fue el gran divulgador de explicaciones sobre la realidad social que eran asumidas por explotadores y explotados gracias a su extensa e intensa capacidad de predicación. Pero incluso en ese momento histórico, y esa realidad social, hubo posturas enfrentadas, no siempre divulgadas con igual intensidad. Mientras muchos clérigos y teólogos defendían la postura paulina del capítulo 13 de su Carta a los Romanos, un Tomás de Aquino (1224-1274) consideraba que era legítimo el tiranicidio si el pueblo consideraba que su gobernante no servía el bienestar de la comunidad y se resistía a abandonar el poder. “Más si fuese intolerable el exceso de la tiranía, a algunos les pareció que tocaba al poder de los varones fuertes el dar la muerte al tirano y ofrecerse por la libertad del pueblo al peligro de la muerte; de lo cual aún se halla ejemplo en el viejo Testamento (…) si de derecho pertenece al pueblo el elegir Rey, puede justamente deponer el que habrá instituido y refrenar su potestad, si usa mal y tiránicamente del poderío Real. Ni se puede decir que el tal pueblo procede contra la fidelidad debida deponiendo al tirano, aunque se le hubiera sujetado para siempre, porque él lo mereció en el gobierno del pueblo, no procediendo fielmente como el oficio de Rey lo pide, para que los súbditos cumplan lo que prometieron.” (Aquino, cap. VI) Un Francisco de Vitoria (1492-1546), ya en el siglo XVI, a partir de la experiencia de sus hermanos Dominicos en América, cuestionaba la autoridad del Papa para cederles a los europeos en propiedad el territorio americano o el derecho del Rey de España para someter a la esclavitud a los habitantes del nuevo continente. En un mismo contexto encontramos autores movidos por intereses opuestos: unos defendiendo los intereses de las clases sociales explotadoras a las que les eran fieles y otros asumiendo la defensa de las clases sociales explotadas desde una interpretación evangélica. El caso de Antonio de Montesinos y la comunidad de los Dominicos, en los relevantes sermones de Adviento del 1511 en Santo Domingo, señala con claridad la defensa de los aborígenes frente a sus compatriotas españoles.
Otro caso digno de mencionar es el enfrentamiento entre las ideas de Thomas Hobbes (1588-1679) y John Locke (1632-1704), que partiendo de una misma teoría, la mítica tesis de que los seres humanos al inicio de la vida social habían hecho un contrato social, el primero justifica la monarquía absoluta, mientras el segundo defiende la soberanía del pueblo. Ambos parten del mismo contexto, el conflictivo siglo XVII inglés que produjo dos grandes revoluciones, la primera con la decapitación del Rey Carlos I el 30 de enero de 1649 y el establecimiento de un gobierno republicano cuyo liderazgo lo asumió Oliver Cromwell (1599-1658), y la segunda con la invasión holandesa a Inglaterra que derrocó a Jacobo II en 1688 y que forjó una monarquía controlada por un parlamento, teniendo la Declaración de Derechos (Bill of Rights) como documento político fundacional de la actual democracia parlamentaria inglesa. Las posturas opuestas de Hobbes y Locke eran el reflejo del poder ascendente de la burguesía inglesa que desplazaba una monarquía apoyada en la oligarquía terrateniente. La discusión en torno a un hecho que no tenía asidero histórico: que los seres humanos iniciaron su vida social mediante un contrato social, era la expresión teórica del debate si la soberanía de una nación descansaba en un monarca despótico o en la voluntad el pueblo. Para Locke, y muchos de los autores que pensaban como él, se justificaba la rebeldía del pueblo contra los monarcas, por ejemplo los franceses que impulsaron la Revolución de 1789, pero para ellos el concepto de pueblo era sinónimo de la burguesía naciente. En relación al modelo absolutista que combatían, tanto el inglés, como el francés, las revoluciones burguesas del siglo XVII y XVIII eran un paso de avance en el desarrollo social, pero sin cuestionar el derecho a que una minoría siguiera usufructuando el trabajo de la mayoría. Vivimos, hasta el inicio de este siglo XXI, bajo la dirección política de las grandes revoluciones burguesas de ese tiempo y las diferentes modalidades de ordenamiento político que hemos vivido: Democracia representativa, Fascismo, Socialismo y Dictaduras, que son expresiones del desarrollo del capitalismo a escala global y las diversas formas en que la burguesía, aliada o enfrentada con las oligarquías, va estableciendo su condición de clase dominante en cada Estado-Nación.
- Alvarez, David. (2015). Concepción de la democracia en la obra de Juan Bosch. Madrid: Universidad Complutense de Madrid. (Tesis Doctoral)
- Aquino, Tomás, (s.f.) De Regimine Principum ad Regem Cypri. Buenos Aires: Editora Cultural Buenos Aires. Traducción de Alonso Ordoñez.