Teoría Política de la Corrupción  (9)/Medidas para impedir o reducir la corrupción política

Fortalecimiento de las instituciones democráticas

Una idea simplista es creer que para acabar con la corrupción política basta la represión y que los llamados “gobiernos fuertes” –léase, abiertamente dictatoriales-, evitan la corrupción. Lo que realmente sucede es que en dichos gobiernos la corrupción es ocultada al no existir ninguna transparencia, ya que los medios de comunicación o están estatizados o sirven al dictador. Como decía con gran profundidad un humorista español: “De un sistema corrupto por naturaleza (la dictadura), hemos llegado a un sistema en el que hay corrupción”.

Soy de los que creen que el funcionamiento real de la democracia es el mejor medio para poner coto a la corrupción. Aclarando que nos referimos a un sistema realmente democrático, con separación e independencia real de los poderes, y con unos medios de comunicación, públicos y privados, que estén al servicio de la sociedad y de la información veraz, y no al servicio del gobierno en el poder.

Ahora bien, ¿quiere esto decir que con la democracia, inclusive, la más perfecta, se habría acabado con toda tentación de corrupción política? Obviamente esa no es mi postura. Entiendo que en un sistema democrático hay muchas posibilidades de ejercer la corrupción, tantas como en un sistema cerrado autocrático y tiránico,  pero que hay también más posibilidades de que los actos corruptos sean dados a conocer a los ciudadanos, que la Policía los investigue, los jueces los juzguen y condenen, y los que los han cometido sean sancionados. Quizás eso sabe a poco para los partidarios de los absolutos pero para los que nos movemos en un mundo de relativismos, nos basta.

Como muy acertadamente señala el profesor Alejandro Nieto, hay que abandonar el sueño infantil de pensar en categorías generales como que el legislador es sabio, que los jueces son justos, y que los gobernantes porque sean elegidos son buenos y sirven al interés general.”La realidad es otra; hay que aprender a aceptarla y volver a utilizar los adjetivos individuales: un legislador es sabio y otro ignorante, unos jueces son justos y otros perversos, hay gobiernos benéficos y gobiernos egoístas y corruptos. La democracia es feliz o desgraciada y en todo caso tiene manchas como defectos sus tres poderes. Solo los niños pueden creer otra cosa”. Por tanto hay que ver la realidad como es, sin negar la evidencia ni escandalizarse por ella.

Por tanto, la posición racionalista y analítica es tratar de no desanimarse por más triste y deprimente que sea la realidad y sobre todo, ver en ello un estímulo, una razón más para tratar de participar en la vida política –preferiblemente desde bases políticas que permitan incidir en las tomas de decisiones, pero, si ello es imposible, tratar de hacerlo desde “fuera” del gobierno-, tratando de no dejar las manos libres, y las voces acalladas, por los malos y los peores enquistados en el poder.

La corrupción existe y de lo que hay que preocuparse es del nivel de corrupción  que se ha alcanzado, hasta tal punto que se ha producido, no sólo un aumento cuantitativo, de los actos corruptos, sino además  un salto cualitativo, en la manera de ejecutarlos.

La corrupción que se práctica hoy necesita una logística que implica a muchos y requiere tocar diversas teclas jurídicas: violar el derecho administrativo para escapar del procedimiento administrativo instituido. Ver cómo se puede escapar del castigo que les reserva el derecho penal (nombrar uno los jueces relevantes ayuda mucho). Analizar el derecho mercantil para hacer operaciones fraudulentas que parezcan operaciones empresariales lícitas. Tener un apoyo o cobertura bancario nacional o internacional.  Ver en el derecho internacional privado las oportunidades que ofrecen los paraísos fiscales, y disponer de hombres y mujeres de “paja”, intermediarios financieros, y un largo etc. de cómplices y complicidades, muy bien pagadas.

Por todo ello es infantil pretender –como hacía un comentarista político en la televisión dominicana- , a un sociólogo al que se entrevistaba y que acusaba al presidente Fernández de actos de corrupción, que lo demostrara con hechos o documentos constatables, ya que “a Balaguer también se le acusaba pero nunca se le demostró”. Obviamente, el comentarista hacía su trabajo, por el cual recibía, presuntamente, recompensas de diversos tipos por el Gobierno. Pero la comparación con Balaguer era impropia, ya que éste era notorio en su estilo de vida austero.

Mientras que la realidad es otra en la persona a la que se acusaba en el programa. Y demostrar la corrupción política no es tarea tan sencilla, aunque la opinión pública admite que la corrupción es factual y existen informes de diplomáticos extranjeros publicados en la prensa denunciando los sobornos exigidos a los empresarios de sus países. Además de otros medios de prueba que son visibles a los que no se han convertido en ciegos voluntarios.