La construcción social de la masculinidad, la manera en que el varón se percibe a sí mismo, se ha realizado bajo el signo de la violencia. Desde la Antigüedad a nuestros días el patriarcalismo ha tenido como gran aliado en su perpetuación el uso de la violencia, bien sea de forma personal o de forma colectiva. De modo que una manera de ser varón, macho o masculino es ejerciendo violencia sobre otro u otras.

Conjuntamente con esta construcción de la identidad masculina bajo el signo de la violencia, el patriarcalismo (o mejor, los individuos varones) hemos construido una serie de ideas cuya intención ha sido la de desviar la responsabilidad de la acción violenta sobre figuras abstractas o irreales o supuestas pérdidas de las facultades.

Una idea que ha sido repetida y que asumimos como buena y válida es que la violencia es algo innato al ser humano. Recurrir al innatismo de ciertos comportamientos colectivos recurrentes en la historia de la humanidad es una manera de eludir la responsabilidad individual y social sobre la acción violenta. Si la violencia es una condición intrínseca al ser humano, si siempre hemos construido armas para defender nuestra propia vida y persuadir al otro a mantenerse a distancia, justificamos con ello cualquier estado de terror, guerra o figura autoritaria que permita mantener un mínimo de paz entre los hombres siempre dispuestos a agredirse mutuamente. Thomas Hobbes ampara su teoría del estado autoritario sobre este presupuesto.  De esta idea innatista de la violencia se deriva la infausta convicción moderna de que un continuo armamentismo persuade al otro a mantener la paz o de que se compra un arma de fuego para la defensa personal.

El relato de Abel y Caín es un fiel testigo de un esfuerzo por explicar la violencia recurriendo no a un ser extraño al mismo hombre como hacen las traducciones banales del pasaje bíblico, sino a una motivación interna desconocida, a la decisión personal indescifrable, pero jamás ingobernable. Los filólogos señalan la oscuridad del texto bíblico al pretender identificar el origen de la violencia hacia el hermano, por ello desvían el problema del origen del mal hacia la actitud cabizbaja en señal de vergüenza después de la acción violenta. Con ello estropean el pasaje bíblico y proyectan sobre él las propias explicaciones, socialmente construidas.

Recordemos además las ideas de satanás y de pecado. Ambas son nefastas porque desvían la responsabilidad del agente del mal hacia unas figuras imaginadas y mitológicas, eximiendo de culpa al responsable de infligir algún daño sobre otro u otros. Hannah Arendt le cuestionó a San Agustín el exceso dado a la idea de pecado original y a la personificación del mal bajo la idea mítica de Satanás. Para esta filósofa judía, el mal está asociado a nuestra incapacidad de raciocinio. Las decisiones morales hacen al individuo responsable de sus propias acciones, no pensar moralmente es una ventana abierta para las acciones violentas, como origen del mal que se ejerce y se padece.

La pérdida de la razón es otra de las ideas a la que recurre el victimario tras cometer el hecho violento. Son incontables las estrategias legales que se amparan en este recurso judicial. Perder la razón significa que se ha perdido la zona de control de la conducta y que se actúa por impulsos primitivos y animalescos. Con ello volvemos a la primera y antigua idea de que la violencia es una condición inherente al ser humano, con el añadido de que somos animales cuya facultad distintiva es el razonamiento.

Los crímenes feminicidas en los que se aduce alegados motivos “pasionales” como razón para, se sostienen en la pésima idea de que las pasiones son bajas y dañinas y que el victimario ha perdido el control sobre ellas de modo tal que ha sido conducido más o menos irracionalmente hacia la acción violenta.   A menor grado de pérdida del control racional sobre las pasiones mayor responsabilidad penal del agente, parece ser el principio que rige la interpretación de la ley.

Sobre la violencia masculina es factible aplicar lo que Ricoeur señala sobre la cuestión del mal: su explicación es harto compleja, hay distintos niveles de discursos, el compromiso humano es combatirla eficientemente.