El nombramiento por François Hollande de Manuel Valls como Primer Ministro de Francia, después de las elecciones municipales donde los socialistas han tenido un tremendo varapalo de los electores, habiendo perdido en 185 ciudades de más de 9 mil habitantes, en algunas de las cuales habían ganado desde hace cien años, se tiene que interpretar como un intento final del Presidente francés de tratar de oponerse a la ola de impopularidad que le acompaña, siendo actualmente el Presidente con cotas más bajas de aceptación que se recuerda.

Manuel Valls, nacido en Barcelona (Cataluña, España), pero criado en Francia, hijo de inmigrantes de clase trabajadora, y un ejemplo del sistema de integración y meritocracia (siempre relativo, recordemos los argumentos de Bourdieu al respecto), que ha caracterizado por años el sistema republicano y de escuela pública francés es, hoy por hoy, según las encuestas, el político más popular de la izquierda.

Desde muy joven militó en las filas del socialismo, ya a las 19 años comparecía en la televisión francesa para reivindicar, en nombre de los estudiantes socialistas, políticas activas contra el paro. Ha tenido una larga carrera como político. Fue el encargado de Comunicación en Matignon con Lionel Jospin. Pero antes había sido miembro del grupo más cercano a uno de los socialistas más brillantes de Francia, el ex Primer Ministro Michel Rocard, fundador del PSU, en los años posteriores 68. Diputado,  Alcalde,  aspirante a ser candidato a las presidenciales por el PS, Ministro del Interior, Valls, ha hecho una larga trayectoria política dentro del socialismo y la política francesa.

Su gran popularidad, hasta ahora creciente, a escala nacional, se  ha fundamentado en sus acciones y argumentaciones relativas a dos asuntos espinosos: la seguridad ciudadana y la inmigración (vid.  mis artículos sobre este tema en clavedigital.com.do). Como Ministro del Interior sus acciones contra la delincuencia, fundamentalmente represivas como corresponde a las funciones de su ministerio, se dirigen a asegurar la vigencia de las libertades públicas de los ciudadanos impidiendo o poniendo trabas policiales a las acciones de todo tipo de delincuentes que atentan contra la misma.

En el otro asunto, la inmigración, sus actuaciones son polémicas. Sobre todo, dentro de las filas del PS y de otros grupos de izquierda, que consideran que algunas de sus acciones y de sus declaraciones no se corresponden a las típicas de la izquierda de “toda la vida”. ¡Tienen razón! Valls ha sido heterodoxo en ello, y a pesar de ser fustigado por cuadros, periodistas y competidores políticos, a cambio, se ha ganado la popularidad, la aceptación de la mayoría de los franceses, según han demostrado varias encuestas. O sea, la mayoría de los franceses le apoyan, mientras una minoría de la izquierda le ven como un “pequeño monstruo derechista”. Al margen de toda su trayectoria anterior. Eso se llama apreciación “objetiva de la realidad”

¡Qué paradoja! El hombre del PS de más aceptación por la población francesa es el menos apreciado por la izquierda del PS y por la izquierda al PS. El presidente Hollande, político al fin, ha preferido escuchar la voz de parte de la mayoría de los franceses, a la voz de la minoría iluminada, esa que  parece siempre saber que es la verdad,  el camino -el único bueno y necesario-, y que tiene el monopolio de lo humanitario y las claves de “todo”. También sabe Hollande, que esos mismos nunca ganan elecciones, restan más que suman, y se han ido aislando de los ciudadanos, como demuestran tanto las encuestas, como algo más factual: los votos.

¿Hay que tener grandes esperanzas o expectativas políticas con Manuel Valls? Mi apreciación personal es que no demasiadas. Valls, pragmático, flexible, producto del socialismo francés de Blum, de Mendes-France,  de Mitterrand… tiene un peso tremendo de una tradición política de la adaptación, del compromiso, de la moderación, y por lo tanto, reculará todo lo que tenga que recular, y pactará todo lo que tenga que pactar; tratará de hacer las cosas lo mejor posible – hay en el socialismo francés un peso también de la racionalidad y de la eficacia administrativa-, pero no podrá salirse del marco que le aprisiona, a él y a los demás.

Ese marco es el contexto económico que prevalece en la Unión Europea, que sigue siendo excesivamente neoliberal, donde hay un rechazo cuando no una condena, a las ayudas estatales a las empresas, aunque éstas sean vitales para la economía de un país,  una ideología de la privatización como la epifanía del buen hacer económico, y una timidez extrema en la defensa de lo que se llamaba “el modelo social Europeo”, un pacto entre los trabajadores, empresarios y el Estado, para un reparto más equitativo del excedente económico. Siempre está lo que llamo los “matices”, políticos y sociales, que puede introducir cada gobernante, y esto se convierte en importante, cuando lo importante ha devenido marginal. Esperemos, veamos y juzguemos.