Caleidoscopio

Manuel del Cabral

Por Pablo Gómez Borbón

Que me perdonen los que decidieron que Pedro Mir es nuestro Poeta Nacional: “Hay un país en el mundo” es una obra maestra; sus poemas son muy buenos; pero personalmente prefiero los de Manual del Cabral. (Pero, ¿Quién le ha dicho a nuestros preclaros congresistas que su función es legislar sobre los gustos?).

Como muchas veces pasa, Manuel del Cabral no fue p(r)o(f)eta en su tierra. A penas si se le menciona.  A penas si se le recuerda. Sin embargo, fuera de nuestras fronteras es quizás el más (re)conocido de nuestros poetas.

No sabría decir por qué me gusta tanto. Quizás su versatilidad. La facilidad con que escribió  poesía metafísica y poesía negra. La maestría con que escribió poemas largos y, sobre todo, poemas cortos (Pero, ¿Quién me ha dicho a mí que hay que buscar razones?)

Los versos que dedica al Compadre Mon contienen, me parece, la mejor descripción de lo que somos. Una descripción que no ha perdido vigencia. Que no se engañe nadie: A pesar de que nuestros campos estén desiertos, de que nuestras ciudades crezcan como tumores, a pesar de que nos jactemos de tener rascacielos y metros, a pesar de haber entrado de lleno (en teoría) en el siglo XXI, todavía en nuestra tierra se podan barbas (y sobre todo bigotes)... “como quien poda un árbol de la patria”.

Del Cabral decía:

La tierra por aquí cuando madruga,
siempre despierta con las amapolas
que nacen de repente en las pistolas...

En esta tierra es caballero el crimen...
En esta pequeñita geografía,
en donde siempre la palabra macho
es una catedral desde muchacho...

Y es todavía cierto.

Del Cabral escribe:

No le tire, policía;
no lo mate, no;
no ve
que tiene la misma cara
que tiene usted.
Corre roto,
sin zapatos.
¿No lo ve?
Corre tal vez
con una honradez tan seria
que corre en busca del juez...

No escribe poesía, escribe una profecía.

Manuel del Cabral cultivó también la poesía corta. Sus versos no pueden contener tanta profundidad, tanta belleza, tanta verdad:

AGUA

La del río, ¡qué blanda!
Pero qué dura es ésta:
la que cae de los párpados
es un agua que piensa.

JUEZ

El juez, mientras descansa,
limpia sus anteojos.
¿Y para qué los limpia,
si el sucio está en el ojo?

 

BUITRE

Se alimenta de difuntos
y no se le pudre el cuerpo;
¡es que se come los ojos
que son las fuentes del sueño!

TRAPITO

Negrito de voz sin luz,
algo te queda en la cara.
Tu risa: trapito blanco,
para secarte las lágrimas.

***

Hace unos veinte años visité a don Manuel del Cabral. Llevaba conmigo un ejemplar de  “Los Huéspedes Secretos”  para capturar su firma y una réflex para capturar nuestro encuentro. Así soy, así somos: Coleccionistas de recuerdos.

Don Manuel estaba ya muy viejo, estaba ya muy enfermo. Su cerebro estaba ya cansado. Del rato que pasamos juntos casi todo se lo llevó el olvido, salvo esto:

Mostrándome un ejemplar muy manido del “El Presidente Negro” me dijo:

“Esta es la tapa de mi ataúd”.

Cuando le pregunté porqué marcaba las páginas de dicho libro con recortes de “La cámara la vio así”, me dijo:

“Es que a mi edad los totos todavía gustan”.

También me dijo:

“Nunca me gustó mezclar la poesía con la política, pero he escrito este verso, dedicado a Balaguer:

Tan enano en la poesía

Tan gigante en la crueldad

El Alzheimer no le permitía más. Pero cuánta verdad encerraba ese verso.

Al final, le extendí el libro que había llevado, abierto en la primera página, para que me lo dedicara. Me preguntó mi nombre. Luego me dijo:

“Lo voy a firmar, tú luego le pones el nombre”.

E hizo luego un garabato, igualito al de un niño pequeñito.

Luego le pasé la cámara a alguien (¡Qué insoportable anonimato el de el que siempre

toma fotos!) y posé junto al gran poeta. La foto nunca salió ¡El rollo estaba mal puesto!

¿Qué concluir de aquel día?

Así pasa la gloria del mundo...

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