El poeta, por supuesto, no siempre habla o escribe de sí mismo, aunque este es uno de sus temas favoritos. En rigor, su poesía también contiene multitudes, igual que la de Whitman, y hay generosidad y desprendimiento en los juicios que emite acerca de sus coetáneos (al menos respecto de aquellos que los merecen). Manuel del Cabral, junto a los integrantes del grupo Los Nuevos, fue de los primeros en reconocer la grandeza de Domingo Moreno Jimenes, que entonces tenía pocos seguidores y muchos detractores. En prosa y en verso, Del Cabral habló de su ilustre colega en términos que no solamente ponían de manifiesto el temple de su poesía, sino también, y sobre todo, su dimensión humana. Valoraba cien por ciento su apostolado incorruptible, su dedicación, su entrega, el sentido misionero con el que sobrellevaba “su tenaz destino de poeta”.
De hecho, nadie ha igualado, en prosa, la brillantez de una página que en honor de Moreno escribiera. Es una página que, por su fuerza descriptiva, parece compuesta en alto relieve y contiene, por cierto, la mejor aproximación al hombre y al artista:
“En síntesis Moreno Jimenes es un nombre que lleva un pan en la mano derecha, y en la izquierda una rosa. Para que el pan no lo arrastre, junta pétalos con trigo. Pero para que la rosa le creciera tuvo que cultivarla con los ojos, con el agua caída de sus parpados.”
Nadie ha igualado, en versos, la fina percepción de “Carta a Moreno”. Nadie más, desde entonces, se ha acercado a Moreno con tanta sutil inteligencia, ni se ha elevado con é1 a tanta dignidad poética. Nadie, por cierto, ha calado tan hondo en sus ideales estéticos. La composición traduce no solo nobleza de sentimiento sino que además revela agudeza: penetra el bisturí crítico en lo esencial de la obra de Moreno al tiempo que deja parado, bien parado, un retrato vivo del personaje. Las imágenes insólitas, felicísimas, contribuyen desde luego a la mejor realización del poema, que es un dúo a una sola voz.
Alado y canoro, el verbo de Cabral sale al encuentro de Moreno, y mientras habla deja escuchar la voz del otro, la voz grave y terrestre que es un pájaro trunco, “porque cantar no puede”. Su fuerza esta en el pecho, no en el trino, en el “equipaje ronco de Dios que hay en su pecho”, en el “temblor metafísico”.
El huracán Cabral y el “franciscano del canto” Se hermanan en sus diferencias, que es casi lo único que tienen en común, y de esta manera se produce la empatía, la comunión de dos auténticos poetas y se produce, sobre todo, uno de los momentos mas altos y emocionantes de la literatura dominicana:
Hay algo más que canta sin cantar en el canto. / Es algo más que es tuyo, pero tan transparente / que se mancha si a veces se acerca mucho al hombre.…………..
Sueles decir sin canto, Porque cantar no puedes, / algo que se te va de la palabra… / Un poco de tus cosas, viajero sin horario, / sin estación, sin guardia, sin boleto, /equipado tan sólo con el viento del alba. / Tú, viajero sin ropa, / pero con la maleta siempre llena / del equipaje ronco de Dios que hay en tu pecho. / Por tu flecha hacia ti. Por el tres que eres tú, / por ser tú la mochila, el camino y el viaje, / desnuda como el agua esta carta te escribe / mi ventana que ahora se me llena de pájaros.
Otro de los poemas que definen el estilo inconfundible y el espíritu de Manuel del Cabral es el muy celebrado “Aire durando”
¿Quién ha matado este hombre / que su voz no está enterrada? / Hay muertos que van subiendo / cuanto más su ataúd baja… / Este sudor… ¿por quién muere? / ¿por qué cosa muere un
pobre? / ¿Quién ha matado estas manos? / ¡No cabe en la muerte un hombre! / Hay muertos que van subiendo / cuanto más su ataúd baja… / ¿Quién acostó su estatura / que su voz está parada?
Hay muertos como raíces / que hundidas… dan fruto al ala. / ¿Quién ha matado estas manos, / este sudor, esta cara? / Hay muertos que van subiendo / cuanto más su ataúd baja…
La poesía erótica, que cultivó con esmero, es otro aspecto característico de su obra, y una de sus mejores piezas o quizás, sin duda, la mejor es, por su desenfado y atrevimiento, “La mano de Onán se queja”:
Yo soy el sexo de los condenados. / No el juguete de alcoba que economiza vida. / Yo soy la amante de los que no amaron. / Yo soy la esposa de los miserables. / Soy el minuto antes del suicida. / Sola de amor, mas nunca solitaria, / limitada de piel, saco raíces… / Se me llenan de ángeles los dedos, / se me llenan de sexos no tocados. / Me parezco al silencio de los héroes. / No trabajo con carne solamente… / Va más allá de digital mi oficio. / En mi labor hay un obrero alto… / Un Quijote se ahoga entre mis dedos, / una novia también que no se tuvo. / Yo apenas soy violenta intermediaria, / porque también hay verso en mis temblores, / sonrisas que se cuajan en mi tacto, / misas que se derriten sin iglesias, /
discursos fracasados que resbalan, / besos que bajan desde el cráneo a un dedo, / toda la tierra suave en un instante. / Es mi carne que huye de mi carne; / horizontes que saco de una gota, / una gota que junta / todos los ríos en mi piel, borrachos; / un goterón que trae / todas las aguas de un ciclón oculto, /todas las venas que prisión dejaron / y suben con un viento de licores / a mojarse de abismo en cada uña, / a sacarme la vida de mi muerte.
Como a todo escritor, como a todo escultor que exculpe con significantes y significados, al poeta le preocupa y se interroga, en “Palabra”, por el destino de su materia prima:
Palabra, ¿qué tú más quieres? / ¿Qué más?
Vengo a buscar tu silencio, / el que a fuerza de esperar / se endurece… se hace estatua… / para hablar.
Ya ves, palabra, ya ves, / herida, tú, sin edad…
¿Qué hará contigo el soldado? / ¿Qué harán los grillos? ¿Qué hará en la punta de la espada /la eternidad?
Cito para terminar, el fragmento certero de un texto de 1978 que escribiera Fran Báez en la revista digital Ping Pong:
“Si algo tiene de particular Manuel del Cabral es que posee una obra tan vasta y tan rica que es imposible soslayarla. A pesar de sus cien años, Manuel del Cabral no envejece y en su obra sigue siendo el desconocido, el excéntrico, el juguetón, el ególatra y la figura explosiva que fue en vida. Su obra nos atañe más que nunca. Entre ediciones viejas con hojas amarillentas y rotas, en pasillos de bibliotecas, en estantes de librerías poco frecuentadas, en las bibliotecas personales de nuestros padres o nuestros abuelos, sus libros aguardan para ser leídos. Pensemos con emoción que cada vez que alguien abre uno de sus libros, Manuel del Cabral vuelve a la vida.”
(a luis carvajal, devoto de manuel, 1995)
pcs, jueves 07 de junio de 2012