I.- Pedir rebaja al ser humano

1.- Los pueblos se elevan, enaltecen y demuestran su hidalguía por la forma de comportarse para alcanzar los fines perseguidos, sin importar que sea en el orden material o espiritual. Aquel que para triunfar desciende, se humilla, se reduce como persona, y la conquista debe verla como una derrota.

2.- Extender la mano para con ruego pedir es una actitud que indigna; es una prueba de deshonor que coloca a la persona en estado de ultraje, preparada para ser despreciada por su vileza, clara abyección y evidente servilismo.

3.- Cuantas veces el individuo actúa moviéndose de puerta en puerta implorando la caridad, es porque la mendicidad lo ha aniquilado, su voluntad se ha diluido y las necesidades lo han llevado a entregarse en lugar de luchar para, resistiendo, vencer el bochorno y las afrentas.

4.- Pedir se ha convertido en nuestro medio en una cultura. La habitualidad de mendigar nos hace ver una comunidad de personas que viven de limosnas; indigentes que han hecho de la pedigüeñería su forma normal de vida, comportándose como menesterosos profesionales.

5.- Nos debe avergonzar el hecho de observar diversos sectores de la sociedad dominicana actuando en forma afrentosa, haciendo del pedir una costumbre. Semejante proceder nos identifica como humillados, con falta de dignidad; de conducta averiada, permanentemente comportándonos como criaturas sinvergüenzas, desvergonzadas.

II.- Las consecuencias negativas de pedir

6.- Lo que se deriva del hecho de los nuestros acostumbrarse a pedir es funesto. El desenlace, los resultados son altamente dañosos. Las consecuencias, las secuelas se convierten en taras que nos marcan, persiguen e identifican como naderías, insignificantes que no damos ni para remedio.

7.- El hecho de estar haciendo el papel de necios pedigones quita a los pueblos el deseo de luchar para liberarse de la opresión, de elevarse y convertirse en dueños de su propio destino.

8.- La dádiva causa daño a la necesidad de triunfar por el esfuerzo propio; destruye la decisión de salir adelante con firme voluntad porque la marchita; perjudica al donatario haciéndole dependiente viciado del donante. Recibir por deprecación va en menoscabo, en detrimento de quien se cree beneficiado.

9.- Llevar a los pueblos a que todo lo reciban tranquilamente, sin sacrificio alguno, les condiciona, les induce al apagamiento, a la pasividad y desprecio al trabajo honrado. Una vez el ser humano hace vida de parásito, se comporta en insustancial; en algo ineficaz para la sociedad; en un aprovechador. Pura y simplemente, en un buitre que solo sirve como diversión de los demás, un hazmerreir.

10.- Una vez a las masas populares se les motiva para que vivan de pedir, de esperar las migajas del poder, se despojan de todo lo que significa dinamismo; pierden la energía para movilizarse; olvidan la eficacia y abrazan la inactividad, caen en la abulia y se identifican con la lentitud.

11.- La tranquilidad que lleva al individuo a pedir lo hace permanecer en desazón, porque está condicionándola para sentirse aliviado. La angustia por ser un despreocupado holgazán lo convierte en indolente; en un perfecto remolón, diseñado para estar todo el tiempo acariciando su barriga alimentada sin trabajar.

12.- Empujar, impulsar al pueblo a pedir es más nefasto que reprimirlo físicamente, porque las acciones despóticas son pasajeras, mientras que fijarle en la conciencia el hábito, la costumbre de vivir de las dádivas, les esclaviza para siempre, les somete al capricho de quienes les dan.

13.- Las donaciones condicionan al beneficiario subyugándole en forma indefinida, impidiéndole su independencia y la libertad de pensar. Una vez se doblega la mente, se tiraniza el cuerpo entero. El que acepta lo que pide por conmiseración deja de ser dueño de sí mismo para responder a los propósitos de aquel que algo entrega por compasión.

14.- Aquel que demuestra pena para pedir se despersonaliza convirtiéndose en un alienado, enajenado por lo que recibe, llegando a ser un alfeñique, acompañado de tristeza, abandonando lo que significa alegría, jovialidad y optimismo.

15.- Una persona acostumbrada a vivir de lo que pide, se comporta aletargada; preparada para estar siempre adecuada para aletargarse, y solamente despertar cuando va a recibir lo que ruega se le entregue. La súplica a los fines de recibir nulifica los deseos de salir adelante mediante el esfuerzo.

III.- El daño de educar al pueblo para pedir

16.- Educar a nuestro pueblo para que sea pedigón, le lleva a impedir que comprenda que no saldrá de la pobreza mientras esté subsistiendo por el ruego para recibir una suma de dinero mediante un cheque sin ejecutar labor alguna que lo justifique. Es algo indignante vivir de pasar la gorra, de extender la mano para recibir como un vulgar aprovechado.

17.- Adoctrinar a amplios sectores de la sociedad dominicana para que se conviertan en sacacuartos y gorrones indeseables, daña a más de una generación de nuestros conciudadanos que se van acostumbrando a ver la vida alrededor de lo que reciben de manos de los mismos que les mantienen en condición de puros vividores. Los magantes abundan en nuestro medio porque todos los gobiernos que hemos padecido se han interesado en hacer del pedidor una reserva electoral cautiva.

18.- La proliferación en el país de mujeres y hombres sinvergüenzas tiene su explicación, en parte, en que se ha estimulado la holgazanería, que contribuye a la ampliación de desvergonzados protegidos por mangoneadores que les atan por los pies, las manos y el cerebro. El manejador de amplios recursos económicos manipula, mangonea a los que piden como habituales pedigüeños.

19.- Aquí se ha creado todo un ejército de mujeres y hombres que de mangar han hecho una norma de permanecer sin esforzarse, porque mendigar es más fácil que bajar el lomo. Con el tiempo, el cuerpo de los pedigüeños se deforma, cambia por falta de ejercitarse, se desfigura por la vagancia y se tuerce por ausencia de actividad laboral.

20.- A quien se le entrega lo que con lamentos pide, resulta moldeado para que actué como interesa al que hace la entrega. Es educado para que se mueva en el momento que decide el que da. El pedigüeño está supeditado a la voluntad de otro, porque la limosna crea fatal subordinación que somete al que se dedica a pedir.

21.- A medida que transcurre el tiempo y se fija en la mente del pueblo que es bueno comportarse como un recibidor de limosnas, se establece una indestructible ligazón, un vínculo deshonroso entre el que da y el que toma con agrado lo que pide. Admitir, coger en forma desvergonzada hace posible un enlace, una ligadura deshonrosa.

22.- La reciedumbre ética y moral no llega a la conciencia popular por medio de la entrega al pedilón de lo que busca, sino mediante la demanda firme y el reclamo con conciencia. La queja con exigencia y la reivindicación militante obliga a los opresores a respetar al pueblo.

23.- De la miseria nunca se han liberado los oprimidos mediante obsequios provenientes de quienes les mantienen dominados por la pobreza. Clamando pedazos de pan, recabando pequeñeces, mendigar con la cabeza inclinada, pordiosear con sumisión, mantiene a los humildes cada vez más sumidos en la mendicidad.

24.- Aquellos que se dedican a pedir, a veces ignoran que lo que reciben por caridad y como necios, nunca está rodeado de transparencia, ni es fruto de una voluntad inmaculada, sino que está envuelto, arropado, enrollado en algo sucio, turbio. En la envoltura está lo que compromete al pedigüeño y lo une al generoso aparente.

25.- Al satisfacer al hambriento con una dádiva no se busca eliminar la pobreza; que desaparezca la miseria, ni eliminar el sufrimiento de los marginados. Lo que se persigue es mantener a los necesitados, a los indigentes convertidos en tranquilos, viciados y eternos pordioseros.

26.- Aliviar la carga del que sufre; consolar al olvidado del progreso; mitigar el hambre que padece la mayoría del pueblo; suavizar penurias; lograr un respiro para que el que pide, nada de esto se logra complaciendo pedilones. La liberación se alcanza luchando, no pidiendo.

27.- Pedir se convierte para las personas en un lastre que las hiere; un inconveniente que las golpea anímicamente; una traba que la pone arrodilladas ante el donante. Es como un latigazo en el corazón; un rebencazo en su espalda mojada y un aldabonazo en su rostro.

28.- Quien pide desciende y es visto como insolente incorregible; genera burla; motiva desplante. Se gana el calificativo de descarado; se presta al permanente desaire; cae en ser un individuo indelicado, descomedido y grosero, ser tratado como pájaro de mal agüero y de peores predicciones.

Reflexiones

a.- A la niñez dominicana conviene fijarle en su conciencia la idea de que pedir es dañino; que está en el deber de levantarse con orgullo, amor propio, alta estima y firme vergüenza; que el honor debe ser la divisa del correcto proceder; defender bajo cualquier circunstancia el honor, a los fines de merecer respeto como honorable, estimable e insigne.

b.- Ante los tantos pedigüeños indignos que hoy abundan, procede estimular a la juventud dominicana para que se comporte con honorabilidad para que se haga merecedora de renombre y respetabilidad. El buen crédito se gana en el seno de la sociedad cuando se actúa con nobleza.

c.- El ser pobre no da motivos ni justificación alguna para pedir, convirtiéndose en un necio pedigüeño, colocándose en el descrédito público. Por encima de las precariedades económicas, nuestro pueblo debe dar demostración de dignidad, integridad y probidad, que son las cualidades que enaltecen a las personas.

d.- El hombre o la mujer que forma parte de los desposeídos de la sociedad dominicana, puede vivir pobremente, sin necesidad de convertir la pobrería en una actividad degradante. Permanecer en estado de penuria no legítima ser un habitual pedigüeño, llegando a ser visto degradado como ser humano.

e.- La estrechez económica que sufre una gran parte de la población dominicana, no debe ser aprovechada para tomarla como consuetudinaria holgazana e inducirla al hábito de pedir, convirtiéndola en parásito, reduciéndola a la indignidad.

f.- Lo que en verdad se llama pueblo dominicano está en el deber de rechazar las dádivas condicionadas que han llevado a un amplio sector de la sociedad a adoptar la cultura de pedir y así crearle la idea de la aceptación normal de la sumisión por la dependencia, la subordinación por limosnas.

g.- Aquellos que aquí no están degradados están en el deber de mantener la firme conducta de no ceder ante los halagos y beneficios que les ponen en sus manos para así reducirlos en su persona y convicciones. El tiempo ha de demostrar que pedir ha aniquilado el deseo de liberarse a los que son los más, al pueblo.