Cibermundo

Madre emigrante

Por Andrés Merejo

Quiero escribir, pero me salen espumas,

Quiero decir muchísimo y me atollo;

No hay cifra hablada que no sea suma,

No hay pirámide escrita, sin cogollo.

Quiero escribir, pero me siento puma;

Quiero laurearme, pero me encebollo.

No hay tos hablada, que no llegue a bruma.

No hay dios ni hijo de dios, sin desarrollo.

(Cesar Vallejo. Intensidad y altura)

Para un sujeto emigrante, la entrada a un país, en este caso la ciudad de Nueva York, implica muchas veces una vida de desarraigo, es forjarse en dos orillas, de donde se viene y en donde se está, vivir entre lo que dejaste y lo que tienes en el entorno. La emigración más que un destino, es una esperanza, pero también una condena, entre ambas (destino y esperanza) predomina la vida, la cual cobra valor cuando se emigra con dignidad y coraje.

A principio del siglo XX, el intelectual norteamericano Robert. E. Park postulaba cómo el emigrante se convertía en un individuo marginal, en una especie de hibrido que vivía en los márgenes de dos culturas y de dos sociedades que no están del todo fundidas ni penetradas entre sí. 

Hoy, sin embargo, más que una marginalidad, el emigrante, en este caso el dominicano, vive con intensidad la vida más allá de lo dual, en una complejidad cultural, como resultado de la era del cibermundo, lo que les permite afianzarse por el mundo de lo real y lo virtual sobre la base de múltiples estrategias culturales, ciberculturales y sociales, sin dejar de ser dominicano. Sin embargo, la inmensa mayoría de dominicanos que viven allende otros mares, no dejan de pensar en la utopía del eterno retorno, de morir en su terruño tropical.

Soy un producto de esa compleja relación social y política de la emigración dominicana. He vivido en los Estados Unidos desde el 1984, con la impronta de la emigración de mi madre Ramona Antonia Checo de Merejo, quien a principio de la década de los ochenta se fue a Nueva York para reunirse con sus hijos mayores, a quienes los había enviado a esa ciudad en la década del 70, ya que la banda colorá del balaguerismo estaba buscándolos para ejecutarlos en la provincia del Salcedo, hoy Hermanas Mirabal.

Antes de emigrar a Nueva York, nuestra familia vivió años intensos. Recuerdo sin sabores que nos hicieron pasar los gendarmes militares balagueristas, como por ejemplo cuando allanaron nuestra casa, maltratando a mis hermanas y mi madre enfrentando la policía como si fuese una sombra de indignidad de La Madre, de Gorki. Mi hermano mayor Enrique Merejo fue apresado una madrugada y golpeado en la fortaleza militar hasta el punto que su gemido y coraje de su cuerpo se escuchaba en el pueblo, pero además a mi otro hermano Jesús Confesor Merejo le fue desfigurada su cabellera, para darle un rostro no de un revolucionario, sino de un delincuente. Estos dos hermanos y los hermanos que les seguimos encarnábamos la dignidad de una madre que veía a Juan Bosch como un símbolo nacional: ella, junto a mi padre Enrique Merejo, llegó a hacer grades favores a familiares de apellidos importantes, algunos de los cuales son hoy funcionarios del gobierno de Danilo Medina.

Por mi infancia pasaron muchos acontecimientos históricos. Mi familia fue en parte bautizada por el boschismo y el peñagomismo, los Comandos de la Resistencia, la Línea Roja, Bandera Proletaria, sin que hasta ahora ninguno de nosotros le hayamos pasado factura a nadie, y mucho menos mendigarle, ya que supimos ganarnos la vida en los Estados Unidos.

Nuestra familia recuerda los nombres de German Aristy, Virgilio Perdomo, Bienvenido Leal Prandy, Caamaño, Amelio Silva, quienes tenían seudónimos en las conversaciones familiares. Muchos revolucionarios de estos pasaron por mi casa (aunque no hubo revolución) o merodeaban mi familia, formaron parte de nuestra historia. Recuerdo que con menos de nueve años me encargaba de llevarle la comida a la esposa del líder político Iván Rodríguez, quien estaba presa en la fortaleza militar de Salcedo.

Aprendí de mi madre y de mis hermanos a luchar contra la injusticia y la miseria social y valores simples como el que reza: “lo ajeno no se toca, y que es mejor morir con dignidad y con decoro, mas no por robo”. Por eso me siento estar junto a la tumba de mamá y no de Carlos Marx, ya que ella veía en el país el problema moral, no teórico. Recuerdo su admiración por su lucha contra los doce años balagueristas y por su admiración a la figura de Juan Bosch, decía que era un ejemplo de dignidad nacional.

De mi madre afloraron esos recuerdos, los cuales me contaba como algo natural, y como diciéndome, hijo no entiendo la sociedad dominicana de hoy. Tras el fallecimiento de ella el 25 de febrero 2016 en la ciudad de Nueva York, mi vida se impregnó de recuerdo e historia, ya que sus más de treinta años de vivir en esa ciudad se convirtieron en símbolo, gracias al liderazgo comunitario de mi cuñado el ingeniero Luis Manuel Tejada y su esposa Juana Margarita Merejo, quien es profesora en aquella ciudad.

Su funeral el 29 de febrero se convirtió en un símbolo en a la ciudad de Nueva York, en la funeraria Ortiz de la 190th St. de Manhattan. Cientos de personas acudieron al funeral de mamá Pisisa, a esa mujer que se fue sin las manos vacías y sin el alma herida.

Además en Nueva York mi madre dejó un legado familiar de 15 nietos y 11 biznietos, entre otros familiares que llegó a establecer en aquella ciudad.

Por su apartamento 6D, de la 140 St. 619 West, de Broadway, pasaron personas del liderazgo político, periodistas, artistas, académicos, poetas, e intelectuales, como Diógenes Céspedes, Viriato Sención, Zaida Corniel, Miguel Febles, Orlando Objío, Joseíto Mateo, Juan Pablo Uribe, Ramón Almánzar, el Padre Rogelio, Virtudes Álvarez, el doctor Cruz Jiminián , Doña Dedé Mirabal, entre muchos dominicanos, que tienen dignidad y coraje. Personalidades como Cecilia García llegaron a hacer algunos reportajes relacionados con la emigración y nuestra familia. 

Como emigrantes que somos, velamos su muerte por varios días, cabalgando con su féretro por una semana, primero en la ciudad de nueva York, tanto dominicanos, afroamericanos, americanos, se dieron cita a darle el ultimo adiós a mamá Pisisa, ya que la esperábamos en Santo Domingo para darle cristiana sepultura, de acuerdo a su vida y sus creencias. Para recordarla en valores y no en la necrofilia, que es el sentido en que el poder quiere enterrar a uno con su cinismo y crueldad.

De ahí que para los mortales que viven la historia y la política como un escobillón, siempre pretendiendo borrar la microhistoria de la que se sirvieron para ser lo que son hoy, solo quiero decirles que yo me encargo de escribir esa miniatura de historia en la familia, la cual no ha perecido en valores, por lo cual vive una madre que no fue teórica, pero sí ejemplo de moral, generosidad y convivencia humana, que son los valores familiares que hoy están por el suelo de los que se dicen ser nuestros gobernantes.

Por eso, como escritor, coloco a mi madre en su dimensión histórica de valores vividos, no teorizados, ya que tengo bien claro lo que el novelista Alejo Carpentier, expresara con su palabras: “En el reino de los cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar grandeza, su máxima medida en el reino de este mundo”. Tu grandeza, madre, está en este reino, yo estoy vivo para vigilarlo aunque para otro tú estás en el cielo.


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