A solicitud de la señora Carmen Rosa Estrada de la Biblioteca Nacional participé junto a otros escritores a un homenaje a Lupo Hernández Rueda con motivo de celebrar el mes pasado 87 años. De lo que dije ese día más unas notas especiales para este artículo estas son mis palabras a ese horcón de la cultura nacional que resumo para los lectores de Acento.

Como soy después de los sobrevivientes de la Generación del 48 uno de los más viejos que quedamos para contarlo, puedo no solo hablar de Lupo sino de otros y lo hago porque precisamente, Lupo Hernández Rueda ha sido el más consecuente con la tribu del 48 a lo largo de su historia, de ahí que lo llame patriarca.

Sin Lupo, claro está, existiría, doña María Ugarte donde quiera que esté se sentirá orgullosa de haber contribuido a su existencia, pero sin él no se conocería y difundiría como se ha hecho, no solo por la revista Testimonio, que aunque tardío fue el elemento que faltaba a la Generación; ni por sus voluminosos ensayos-antologías que mantienen vivos y activos los nombres de los fallecidos como de los dos vivos, sino por su generosidad en todo sentido, tanto económicamente como por su solidaridad humanitaria.

De origen humilde como la mayoría de sus miembros (los otros son por orden de edades: Víctor Villegas, Ramón Cifré Navarro, Rafael Valera Benítez, Juan Carlos Jiménez, Abelardo Vicioso, Juan Alberto Peña Lebrón, Lupo, Abel Fernández Mejía, Máximo Avilés Blonda, Rafael Lara Cintrón y Luis Alfredo Torres). De todos Lupo llegó a ser el más exitoso profesional, también económicamente hablando sin que jamás este hecho fuese utilizado ni como discriminación ni como orgullo. Hasta podría decirse que él siguió siendo el más natural y espontáneo junto a Juan Alberto Peña Lebrón.

Con Lupo nuestra relación fue completamente literaria, muy cordial. A veces lo visitaba con Freddy Gatón Arce. Siempre recibí sus libros que leí, y a veces comenté, de modo que he seguido su trayectoria.  Alguna vez quise coincidir con él en Monte Plata, que ha sido un lugar donde tengo muchos afectos y visito con cierta frecuencia, pero nunca coincidimos.

Es curioso que pese a esa amistad literaria no hayamos vivido más encuentros como los que he disfrutado con los demás miembros de la Generación, hasta una tarde inolvidable con el último que traté, con  Fefé Valera Benítez, cuya madre, Concha Benítez fue militante del postumismo y dejó algunos versos rescatables que pensamos incluir en una antología del postumismo que la historia está pidiendo desde hace tiempo y nadie la complace.

Curiosamente, Lupo y Juan Alberto Peña Lebrón los dos sobrevivientes nacieron en el año del gran tusanami político nacional, en 1930. De ninguno de los dos puede decirse que fuese ni bohemio ni cosa parecida, aunque ambos fueron personas festivas y disfrutaron la cordialidad han mantenido unos hogares estables y a pesar de sus dolencias físicas, han resultado los últimos testigos.

Como la mayoría de los miembros, ambos son abogados. Lupo alcanzó notoriedad en su profesión y sus libros sobre Derecho Laboral se han convertido en clásicos.

Mientras Juan Alberto se quedó en Moca donde vive y aunque retirado de actividades le hacen consultas; Lupo a pesar de sus dolencias que le han obligado a viajes constantes a Estados Unidos, supo mantener un equilibrio lírico gracias a la pasión que Gloria su esposa le trasmitió de las sabanas verdes de Monte Plata.

Lupo se destaca por relatar plásticamente el paisaje nacional, tanto el áspero del sur que culminó con su Crónica del Sur, como el verdísimo de Cuanza.

Cuántas veces en nuestros viajes por la ancha península de Barahona Freddy Gatón y yo rememoramos sus versos. Cada vez que viajo por esas latitudes siempre recuerdo a Lupo. Creo que ese sur nuestro y ese Lupo de nosotros andarán juntos en el camión del padre dando tumbos en aquellas carreteras infernales, mirando desde los Cuatro Vientos al Lago Enriquillo y los cañaverales del Ingenio Barahona.

De niño pasé dos veranos en Padre Las Casas en 1943 y 1944, es decir cuando era ese mismo Sur que él describe, con toda su áspera belleza y sus necesidades, pero también con aquellas gentes humildes pero solemnes en su pobreza. Mi padre era de Bánica y  durante mucho tiempo me dediqué  junto a varios amigos a conocer esa áspera región de mi país.

Sin embargo, a pesar de la poesía profunda sobre el hombre y la existencia del ser, me gustaría hablar y repetir uno de esos poemas especiales de Lupo.

Ocurre que de todos los poetas de su generación Lupo es quizás quien más alto le canta al amor y a la naturaleza, en especial a los ríos que bajan de Los Haitises como Cuanza, cuyas claras y serenas aguas lo motivaron de tal modo, que a veces nos parece que conversa con la corriente entre los árboles o que hace como los pintores clásicos del impresionismo que se va con el cuaderno a las veras temblorosas a intentar pintarlo o retratarlo, pero también a ese río de amores que ha sido su compañera a lo largo de más de medio siglo, a quien le cantó con gran ternura como en este soneto de amor:

NACES TAN AMOROSA MÍA

Naces tan amorosamente mía,/ orbe de mi pensar y mi esperanza,/ que la tierra carnal de tu crianza/ mi corazón enamorado cría

Tan amorosa naces cada día/ y tal grado o nivel tu amor alcanza,/ que a tu paso la dura piedra lanza/ amorosa su tosca anatomía.

Amorosa te llamo cuando empieza/ a sentirse el rumor de la tibieza/ de tu cuerpo de ángel verdadero.

Entonces, el deseo –ciega llama–/ sediento por el mundo se derrama,/ sediento, libertado y prisionero.

No vamos meternos en quiénes sirven al poeta de modelo, que físicamente es evidente. Lo importante en este soneto es la realidad que cuenta. Pocos poetas han alcanzado en sus vidas a encontrar la mujer ideal. El más grande de todos los enamorados del universo es il Dante y su Beatrice que no pudo culminar físicamente sus amores. Petrarca amó a Laura y una Laura parece el gran amor de ese extraordinario sonetista argentino Francisco Luis Bernárdez. Pero aquellos que hemos tenido la dicha de haber sentido dentro de nosotros el verdadero amor y lo hayamos realizado, este soneto es como una bandera, porque es cierto que aquel que mucho ama vive sediento, libertado y prisionero, ya que el amor cierto es una especie de grillete y jamás se cansa uno de beber en el agua de la dicha y si al mismo tiempo aquella que amamos nos deja en libertad, hacièndolo a sabiendas de que nos tiene prisioneros.

Este es un homenaje al poeta, pero más que a él le rendimos pleitesía a esa Gloria que ha sido tan suya como él de ella, y donde él, a las veras del Cuanza, pastoril virgiliano, pudo saborear el manjar más exquisito de la tierra, la de tocar y besar el cuerpo entregado de la amada que es, sino una, creo que la más hermosa forma de ser feliz sobre la tierra.

Envidiable delicia humana que compensa todos los dolores que las enfermedades han hecho en su cuerpo, ya que su espíritu pudo siempre quedare en esa Gloria que los cielos y los versos hicieron para él.

Lupo tuvo además otras dos suertes. La primera que nadie le envidia, de vivir en el áspero sur en tiempos difíciles. Los que anduvimos por sus estrechas vías polvorientas, que vimos los parques llenos de chivos o padecimos los soles implacables sobre la cama o la cabina ya que la anduve también en un camión, sabemos que vivimos en un país completamente diferente.

En mi viaje el año pasado por todo el Oeste del Sur hasta Barahona transitando por carreteras asfaltadas, asombrado de la proximidad de los pueblos, viendo las calles con cunetas, con excelentes parques, avenidas, hermosas casas y pequeños palacetes oficiales y escolares, sabemos cuán diferentes son las cosas a pesar de que los políticos digan lo contrario por sus intereses particulares.

Ese sur que viví donde ahora era curioso encontrar una casita de tejamanil o un tramo sin puentes o sin asfalto no se parece en nada al que vivió y padeció Lupo y nos tradujo en sus versos.

Todo ese libro básico por muchas razones, especialmente por su obra literaria en general, que por su amarga sinceridad demuestran cómo se vivía realmente en la dictadura y no en el idílico país que creen los que no padecieron como nosotros esos duros años, es la contraparte de lo que cuenta de esa región innominada que es parte del Este Central y un poco de Cibao tramontano de los  Haitises que son las sabanas y los valles y los pequeños cerros de Monte Plata.

Creo que todo el polvo que empapó su cuerpo y sus pulmones en sus viajes por el Sur, quedaron compensados en el verdor oxigenante de esos prados donde los Contreras eran amos y señores junto al Cuanza.

Quisiera disponer de más tiempo para que veamos la contradanza. De ahí que contrapondré algunos versos de Crónica del Sur con pasajes de Cuanza.

CRÓNICA DEL SUR, PRIMERA PARTE

En un territorio de ruidosa arena blanca./ Es terreno seco, accidentado, abierto,/donde la sombra es una lanza agazapada/ al pie de las oscuras bayahondas.

Ahí abunda la sed y la indolencia. / Un mal de amplias orillas tropicales, / un sol tenaz, que hace sangrar las piedras,/ la voz ágil del viento / que mueve el polvo fiero, / muchos ríos sin agua, y unas escasas poblaciones distantes.

Las lomas son enormes dinosaurios sin vida. / El amor es violento como las mariposas./ El amor, ¿no es el amor / la tórtola que retoza en el viento, / los múltiples colores de las mariposas/ cuando revoletean en el campo florido/ del recuerdo? El amor /es la playa./ La costa alucinante, / y el hombre desgarrado, sediento de la aldea.

¿Será posible acaso olvidar esta tierra,/ mitad goce infinito, mitad desolación?

CUANZA

I

Ni el Yaque/ ni el Camú/ ni el lento Ozama/ ni el Higuamo;/ ni el polvo semoviente/ del camino,/ ni el motor, ni los mapas,/ ni el mar,/ ni los pies del soldado,/ ni la ciudad/ de anchas vías asfaltadas/ te conocen,/ solo el tiempo te toca/ no conucos, camino,/ tren de agua con alma,/ bosque líquido andando,/ arenillas corriente tercamente.

V I

Cuanza sencillamente es/ y está en su sitio, rodando dulcemente/ sin término./ Pero ignora que es agua,/ amor puro./No le interesa ser espejo/ Solo ama/ y sirve

a los demás,/ y quiere amar/ y servir./ No busca consolación/ ni halagos/ ni dádivas/ ni alabanzas/ ni besos fatuos.

VII

Cuanza viene de lejos/ y pasa lentamente sin término./ Está aquí/ y en otras partes./ Es origen del tiempo,/ pureza liberada,/ paz,/ amor y muerte,/ un hecho/ muchos años/ y muchísimos hechos.

Este fragmento de Cuanza pudo llamarse simplemente A Gloria Contreras.

Por lo dicho y leído, sabiendo que falta tanto Lupo y tanto verso donde andando va Gloria como Cuanza, como los territorios ingratos del Sur contradictorio de su infancia y juventud, es menester decir en estos tiempos difíciles para el verso a pesar de la gran cantidad de versificadores libres que tenemos, es una gracia de la tierra tener a un Lupo Hernández Rueda, cansado en apariencia de sufrir dolores físicos, pero acrisolado su espíritu por la poesía que ha sido, en medio de su larga vida, junto al amor de sus amores conjuntamente con sus hijos y amigos, el lenitivo para su alma, que con tanta altura y belleza nos ha cantado y encantado.

Esperando el homenaje a Juan Alberto Peña Lebrón, su amigo y compañero de aventuras literarias, por ahora, saludamos a Lupo Hernández Rueda, maestro del Derecho y la Poesía como se saludan a los héroes y los mártires: Hossana solamente. Ya Gloria la tuvo para su suerte y la de la lírica nacional.