«Es el lumbago», le había dicho la doctora y en lo único que se le ocurrió pensar fue en un malhechor italiano y no en ‘eso’ que lo tenía amarrado a la cama desde el domingo por la noche: un pinche estado patológico, caracterizado por dolor agudo y persistente en la región lumbar, según lo define la loca academia de la lengua.

«Cómo llegué a esto», se pregunta casi sin respirar (porque hasta eso le duele). ¿Habría sido la cabalgata de dos horas o la siesta en la hamaca, de la que se despertaría con el espinazo torcido? Todo por haber despojado de la rutina al fin de semana y haberse largado a « respirar aire puro y a disfrutar del paisaje» en compañía de Luisa.

Si ni siquiera deseaba abandonar el ruido de la ciudad, mucho menos embarcarse en aquella absurda excursión. Hubiera preferido quedarse en la alberca del hotel tomando cerveza, pero quién sabe cómo  el caballerango convenció a Luisa: primero cruzamos un arroyo, luego subimos unas pequeñas colinas y contemplamos el valle; después, bajamos y bordeamos el río para alcanzar el sitio donde se juntan varios afluentes, lo llaman la confluencia.

Ella, seguramente no había escuchado nada, pues su interés estaba en sentir de cerca la montaña, con moscas y mosquitos incluidos, arrobarse con los verdes calmos y acariciar el lomo flaco del caballo bayo que pronto iba a montar…Lumbago viene de lomo, recordó de nuevo la definición que acababa de leer, lomo, lumbar, espalda, allí se le clavan las agujas sin piedad, sin tregua…

Siete Leguas el caballo que Villa más estimaba era yegua, le dijo casi a gritos a Luisa mientras emprendían la subida por un sendero angosto, lleno de plantas malvadas que no dejaban de rasguñarlos. Sin duda ella no lo oyó, iba muy adelante y él no quiso insistir pues los moscos recalaban en su pierna que, inmovilizada por el estribo, no lograba espantarlos sino a punta de sombrerazos o mejor dicho de cachuchazos.

El dolor no lo soltaba, así que trató de distraerse pensando en otros caballos. ¿Cuál sería el más famoso de todos? ¿Babieca, Bucéfalo, la yegua Siete Leguas, el Caballo Blanco de José Alfredo, que al parecer era un Chrysler? Seguramente el más afamado era el que llevaba a Don Quijote, el flaco y desgarbado Rocinante. Cómo sabía eso, si en su vida había abierto aquel librote de letra diminuta…

Tanta divagación terminó por aburrirlo, qué tenía que ver él con ese animal, nada, absolutamente nada. No fue él quien se puso a darle zanahorias una vez que volvieron al hotel con el cuerpo magullado y lleno de piquetes. Además, Luisa se acercó tanto al hocico que le dieron celos (y un poco de asco) ¡Todo para una pinche selfie! Tú pagas, le dijo refunfuñando mientras se iba hacia las hamacas.

Se dio cuenta de que habían llegado a la mentada confluencia porque traía los tenis empapados. Hizo malabares para quitárselos y exprimir los calcetines. «Allá a lo lejos se mira el mar, fíjense bien», les dijo el vaquero. Él no vio nada, después de los cerros y las palmeras sólo había nubes. Cuando Siete Leguas oía silbar los trenes, se paraba y relinchaba, ojalá y éste no haga lo mismo, se inquietó y al mismo tiempo imaginaba cómo caía de nalgas a mitad del río. El agua fría y las piedras resbalosas lo hicieron blasfemar…

Por suerte, Luisa estaba volviendo de la farmacia con los calmantes y las cremas. Tristemente, sus caricias no tendrían continuación, como aconsejaba Benedetti y no pasarían de la región del maldito lumbar…pinche Siete Leguas.