Con el título de "El tamaño del elefante" escribió Juan Luis Cebrián un lúcido texto sobre la realidad política y cultural española, vista "desde el prisma de los medios de comunicación", a fines de la década de 1980 (Alianza Editorial, S. A., 1987, 130 p.).
Cebrián, periodista español de larga data y fundador del Grupo Prisa (Periódico El País), tomó el título que reúne los ocho ensayos del libro de una anécdota que refiere Maurice Duverger, según la cual es necesario alejarse un poco del elefante (la realidad) para ver todos los contornos, fisuras, luces y sombras que la cercanía impide, para de esta forma poder observar el conjunto y reflexionar con perspectiva.
El primero de los ensayos lleva por título "Los vicios de la Democracia", el cual contiene partes que, excluyendo conceptos propios del escenario español como el conflicto vasco y otros ajenos a nuestro país como el terrorismo, parecen ser el calco fiel de la realidad dominicana actual, tanto en lo relativo a las críticas de las políticas públicas de los "Poderes del Estado", como en aspectos de cuestionamientos culturales e intelectuales.
Entre las páginas 14 y 15 hay un largo párrafo que sin necesidad de hacer un profundo ejercicio de reflexión encaja perfectamente en nuestro día a día, veamos:
"Pese a la bondad de los indicadores macroeconómicos y a la solidez parlamentaria del partido gobernante, España afronta hoy un panorama nada relajado ni relajante. En la economía, la persistencia de elevadas tasas de desempleo y de un abultado déficit público empañan los logros conseguidos en la lucha contra la inflación y el impulso al crecimiento. En la política, la permanencia del terrorismo, en el escenario del conflicto vasco, la confusión reinante en la construcción del Estado de las autonomías, el deterioro del Parlamento en su misión de control del gobierno, la desmembración de los partidos de oposición y la conversión –perversión diría yo- del partido de gobierno en una simple y fabulosa maquinaria electoral con pálpitos hegemónicos y en una oficina de empleo político, son signos de una crisis que, de conducirse mal, puede generar quiebras institucionales de primera magnitud. El anquilosamiento de la Administración del Estado, primero, y su vampirización después por los intereses políticos del partido gobernante han conducido a un reforzamiento de la burocracia, y de su inutilidad, que camina en dirección opuesta a las necesidades de fortalecimiento de la sociedad civil".
Luego enfatiza el rol asumido por los intelectuales españoles, no coherente con el génesis de su función como hacedores de opinión crítica, mordaz si es necesaria, de su sociedad y tiempo, afirmando que esta falta de postura y cuestionamiento frente al Estado es por afinidad y dependencia financiera del mismo. Lo que el llama "pesebre" y define como una "abundante nómina de escritores y artistas que depende de las administraciones públicas o las cuantiosas subvenciones que la cultura recibe". Aquí, además de "escritores" podría leerse "periodistas".
Siguiendo con la misma línea de pensamiento, luego afirma que hay "una ausencia del ambiente apropiado para la tarea intelectual", y dice sobre la Universidad que "sigue siendo un centro de dudosa capacidad investigadora y científica", para concluir esta parte con la idea de que: "la empresa privada colabora muy escasamente a ello y el prestigio artístico e intelectual está directamente relacionado con la utilización inteligente de los medios de comunicación. Estos, por lo demás, no se encuentran siempre en las mejores manos ni movidos por los más puros sentimientos".
Lo transcrito parece sacado de un periódico del día, tal vez en otro artículo comentemos los demás ensayos del libro ("Políticos y posmodernos", "La rebelión de la cultura", "Los caminos de la modernidad", "En defensa del orden", "Un intelectual colectivo", "Al otro lado del charco" y "Don Quijote en Europa") a fin de ayudar a describir nuestras taras políticas y culturales y fomentar la participación ciudadana y la representación democrática.