A principios del siglo XX, hace más de cien años, tanto la República Dominicana como Haití tuvieron que entregar el control y cobro de sus aduanas a norteamericanos representantes de los tenedores de bonos emitidos para amparar sus respectivas deudas externas. Eran nombrados por el gobierno de Washington.

Dichos funcionarios cobraban los impuestos aduaneros y separaban lo requerido para amortizar el capital e intereses de la deuda, entregando lo que quedaba a los respectivos gobiernos para su libre uso.

Pero esos inspectores no solo operaban desde las aduanas de Santo Domingo, San Pedro de Macorís, Puerto Plata, Puerto Príncipe y Cabo Haitiano, es decir desde las aduanas internacionales donde llegaban mercancías del resto del mundo y desde donde se exportaba azúcar, café, cacao, etc., sino que también estaban ubicados en Jimaní, Elías Piña y Dajabón, para desde allí cobrar los impuestos del comercio fronterizo. Había, por ejemplo, americanos tanto en la aduana de Dajabón como en la de Juana Méndez, y es por eso que los primeros reportes al gobierno norteamericano sobre la matanza de haitianos de 1937 provinieron de los inspectores de aduanas de ambos pueblos.

Probablemente fueron ellos los que establecieron que el comercio fronterizo solo podría tener lugar dos días a la semana, permaneciendo la frontera cerrada para fines comerciales los cinco días restantes. Desde la Edad Media existía en Europa la tradición de mercados y ferias durante ciertos días de la semana. Desde el siglo V en los alrededores de París tenía lugar la feria de la Abadía de St. Denis. Eran días en que campesinos se congregaban para intercambiar lo que producían. Siendo muy reducido el comercio entre dominicanos y haitianos durante los primeros ochenta años del siglo XX, se justificaba esa limitación.

Hoy día definitivamente no se justifica. Haití es el segundo mercado más importante para las exportaciones dominicanas y es por eso que el comercio a través de Jimaní y Dajabón es ya diario pero solo y exclusivamente para el comercio formal, es decir patanas y camiones que llevan cemento, aceros, fertilizantes, etc. Sin embargo, la limitación a dos días a la semana para el comercio informal está vigente para Dajabón, Elías Piña, Jimaní y Pedernales. ¿Por qué? Por inercia.

En Dajabón, al limitarse a dos días el mercado informal de pequeños productores y marchantes, predomina el caos, pues son más los que quieren comprar y vender que los oficiales de aduanas, policías y militares  de ambos lados de la frontera disponibles para atenderlos. Y el caos es fuente de corrupción, algo que favorece a nuestros militares y funcionarios corruptos.

Si durante los cinco días laborables de la semana dominicanos y haitianos pudieran realizar sus actividades comerciales informales en Dajabón, Juana Méndez, Jimaní Pedernales y Anse-a-Pitre, el volumen diario sería menor, pues habrían más días durante los cuales realizarlas y existiría menos caos y menos corrupción.

Pero para lograrlo los oficiales de aduana, los militares y los policías en ambos lados de la frontera tendrían que trabajar durante más días, existiendo menos posibilidades de “macutear” a los comerciantes.

¿A quién se le ocurriría anunciar que las aduanas de Santo Domingo, Haina y Caucedo solo operarán dos días a la semana?

El caos de los días de mercado en Dajabón estimula la llegada de haitianos indocumentados, al no poder ser controlados. En fin, que cinco días de comercio fronterizo informal perjudicaría los ingresos “informales” de la guardia y de los oficiales de aduana y los pondría a trabajar más. Pero ese es un problema de carácter administrativo y que, por ende, es manejable, aunque requiera la cooperación de las autoridades haitianas.

Salgamos del medioevo y de los viejos días de las ferias.