Psiquiatría y más

Los hippies y el fin de la historia

Por José Dunker

 El antiguo dilema de si la historia camina en círculos, o si se mueve de forma lineal, seguramente tiene una respuesta doble. 

En el sentido tecnológico y científico, es indudable que la historia avanza de forma lineal, desde la invención del alfabeto hasta las redes sociales. Pero, en el sentido social, hay pocas razones para dudar la circularidad del movimiento. Su enfoque hacia la utopía comunista no impidió a Marx comprender que “la historia se repite”, aunque sea unas veces como farsa, y otras veces como tragedia. El error de los existencialistas fue sobrevalorar la experiencia del aburrimiento, pero, no estaban equivocados al afirmar que todo camina en círculos.

A nivel de las grandes sociedades la observación es fácil, pues, “los grandes imperios nacen, crecen, se reproducen y mueren”. Otra cosas es: explicar por qué nacen, y por qué se mueren, pero de que se mueren, no queda ninguna duda.

He propuesto cinco estadios (“ideología del bien común”, 2017) por los que transcurre el devenir de la sociedad: dejadez ® disciplina ® desarrollo ® desenfreno ® decadencia, todos dependientes del factor humano. Dejadez es la condición habitual, y que tiende a hacer costumbre, en la que se justifica lo malo en lugar de cambiarlo, y es el estadio en que se encuentra la mayoría de las sociedades. Disciplina es la fuerza que mueve al desarrollo, y dondequiera que hay progreso real es porque su población fue motivada a respetar las reglas de juego establecidas. La falta de disciplina equivale al desenfreno, y es el origen de la decadencia.

La mejor demostración es que algunos pueblos que antes exhibieron desarrollo, v.g., Egipto, Babilonia, Grecia, o Roma, hoy se encuentran en dejadez, y viceversa, algunos pueblos que antes estuvieron en dejadez, como los bárbaros del norte de Europa, hoy están en desarrollo, todo lo cual confirma que la historia camina en círculos.

Es importante decir que los cambios se producen primero a nivel cognitivo, en la forma de pensar, y casi siempre ligados a cosmovisiones de fe, como sucedió con la revolución industrial del siglo XVIII, pero su requisito es la producción de una disciplina colectiva, lo cual inevitablemente conduce al desarrollo.

La trampa del desarrollo es que termina produciendo cansancio, por puras razones de naturaleza humana, pues “todo llega a cansar”, tanto lo bueno como lo malo. Desde ese punto de vista, los hippies representan el agotamiento espiritual de Occidente, y responden directamente a los excesos del fundamentalismo evangélico. En otras palabras, los fundamentalistas se fueron a un extremo, y los hippies se fueron justo al  extremo contrario, y de ahí vienen las consignas de “amor libre”, “si al amor y no a la guerra”, “mariguana y LSD”, “comunas”, blue jeans, y otras. Esa mente hippie forjó a los nativos digitales, y es el origen del postmodernismo, a través de intelectuales que no hacen más que reciclar los paradigmas que trajeron los hippies.

Dos temas hippies son suficientes para acabar el mundo: primero, el ataque a la familia nuclear, y, segundo, el relativismo de no seguir reglas, pues sin disciplina ni frenos morales no es posible el desarrollo. La falta de frenos destruye la familia, y destruye el Estado, pues sin ellos nos volvemos los unos contra los otros. De modo que, los hippies representan el cambio regresivo que terminará con la destrucción de Occidente.

Lo que no debemos es confundir estos cambios postmodernistas con progreso, pues realmente representan el principio del fin

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