Desde que el pasado 26 de octubre del año 2011, el integrante de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Lamar  S. Smith, presentó su controversial proyecto de ley contra la piratería en Internet titulado: "Acta de cese a la piratería en línea" (Ley SOPA, por sus siglas en inglés), un clamor contra el proyecto se extendió a escala planetaria, porque el mismo amenazaba la naturaleza misma de Internet y la libertad de expresión.

El proyecto que, desde la perspectiva de su creador, pretendía proteger la propiedad intelectual, implicaba estrictas medidas de restricción a la circulación de los contenidos de la Red bajo la protección del derecho de autor (libros, videos musicales, fotos, películas, etc.), permitiendo la persecución judicial de aquellos sitios de Internet que incurrieran en la exposición y transmisión de dichos contenidos.

Las implicaciones de estas restricciones amenazaban la naturaleza misma de Internet, pues incluía la prohibición del anonimato de las redes de navegación, el cese de los enlaces entre sitios de la Red y la construcción de "un sistema policial" para vigilar si los usuarios violaban o no las disposiciones de la ley.

El proyecto –retirado posteriormente por su propio creador, ante la presión y el rechazo nacional e internacional-  constituía una verdadera amenaza a la libertad y un obstáculo a la innovación, mientras fortalecía a los sistemas totalitarios que, en todo el planeta, se sustentan en la censura y el silenciamiento de la disidencia.

Constituía una amenaza a la libertad, porque transformaba a Internet, bautizada con la feliz metáfora de Albert Gore como "autopista de la información", en una interminable avenida de "puestos de vigilancia y de control" donde, en la histórica tensión entre seguridad y libertad, se apostaba exclusivamente por la primera, olvidando que la preservación de la auténtica seguridad requiere de los espacios para la libertad, so pena de convertirse en cautiverio.

El proyecto de ley SOPA también constituía un obstáculo a la innovación, porque los sitios que estimulan la creatividad, ante la imposibilidad de controlar todos los contenidos publicados en sus espacios, se verían constantemente amenazados de ser denunciados como violadores de la ley –que no distinguía entre facilitadores y usuarios- por lo que se verían abocados a cerrar sus espacios o a restringirlos hasta un nivel que los convertiría en la antítesis misma de lo que han significado desde su creación.

Y finalmente, la ley SOPA fortalecía a los sistemas totalitarios, porque al prohibir el anonimato en la Red, despojaba a los movimientos que pretenden construir espacios de disenso en las sociedades cerradas, del único mecanismo de protección de que disponen para no ser destruidos por dichos sistemas.

Cuando millones de personas en las redes sociales celebraban la retirada de los defensores de SOPA, Twitter, la red social que permite enviar mensajes de texto sin formato en pocos caracteres, acaba de asumir la política de restringir contenidos en aquellas naciones donde sus regímenes puedan verse ofendidos, porque según anuncia en su página:  "A medida que continuamos creciendo internacionalmente, vamos a entrar en países que tienen diferentes ideas sobre los límites de la libertad de expresión".

Esto significa que, al igual que como anteriormente lo hizo el servidor Google, Twitter pretende establecer restricciones a conceptos, valores o planteamientos que entren en conflicto con los paradigmas ideológicos de aquellas sociedades, que bajo la excusa de la diversidad cultural, violan derechos humanos elementales como la igualdad de género o la libertad de expresión de las ideas.

El trasfondo ideológico de todos estos intentos de restricciones a la libertad radica en los intereses de mercado que se inclinan siempre por el principio de rentabilidad antes que cualquier otro principio ético o político. Por eso, se aceptó restringir el uso de términos "políticamente incorrectos" en la República Popular China, siempre y cuando su régimen permitiera el acceso a su inmenso mercado de consumidores. Por esto, se puede transigir en la defensa de las libertades civiles "en países que tienen diferentes ideas sobre los límites de la libertad de expresión".

El intento cada vez más recurrente de intentar "administrar" los espacios abiertos de  Internet cuestiona el falso supuesto de la tradición neoliberal según el cual, existe un  vínculo indisoluble entre mercado y libertad.  Del mismo modo en que es falso el supuesto de que el mercado puede por sí mismo garantizar la estabilidad económica y propiciar la justicia social, tampoco el mercado puede, por si solo, constituirse en una garantía para el fomento de la libertad. Son los mercados mismos los que deben ser regulados, como nos ha mostrado la crisis financiera internacional que ha afectado la calidad de vida de millones de personas y ampliado los focos de pobreza a niveles insospechados en todo el planeta.

El anuncio de restricción de Twitter coincide con el anuncio oficial de una inversión de 300 millones de dólares por parte del Príncipe Alwaleed Bin Talal, de Arabia Saudí, en la plataforma de la red social. Este  hecho ha generado muchas sospechas. Puede ser una simple coincidencia y no quiero atribuir a la casualidad entre dos fenómenos una relación de causalidad. No obstante, aun tratándose de  una simple coincidencia de los hechos, los mismos me estimulan a formular una pregunta que les dejo como reflexión: ¿Iniciamos un peligroso proceso de creación de espacios cerrados en Internet, debido a los intereses de agentes económicos dispuestos a poner precio a la libertad, o a hacernos creer que la misma no es más que un hábito cultural, como el uso de la  minifalda o del burka?