Existe una palabra cuyo uso se ha convertido en parte de nuestro acervo cultural: el vocablo "paradigma", cuya búsqueda en el buscador GOOGLE arroja como resultado más de 26,000 documentos que contienen dicho término por lo menos una vez en sus páginas.

El vocablo proviene del término griego "parádeigma", que significa modelo, ejemplar. El uso de la palabra tiene una vasta historia en el pensamiento occidental. No obstante, su actual popularidad se debe a un libro que este año cumple cincuenta años desde su publicación en el año de 1962: La estructura de las revoluciones científicas, de Thomas Samuel Kuhn (1992-1996).

Esta obra, traducida a más de 20 idiomas, es uno de los libros de mayor impacto en la filosofía de la ciencia y la sociología del conocimiento científico del siglo XX, convirtiéndose – a pesar de las intenciones del autor- en un libro contracultural que inspiró durante décadas a enfoques cuestionadores de las creencias predominantes sobre la ciencia.

En La estructura de las revoluciones científicas, Kuhn emplea el término de paradigma en varias acepciones, pero la principal de todas ellas se refiere a un ejemplo de resolución de problemas que sirve de modelo para resolver futuras situaciones problemáticas. Por ejemplo, recordemos que en los cursos de ciencias el profesor colocaba en la pizarra el ejemplo de una situación problemática y luego, a partir de este modelo, el estudiantado realizaba una serie de ejercicios donde tenía que resolver nuevas situaciones problemáticas tomando como patrón el ejemplo colocado por el profesor. Este ejemplo es un paradigma o ejemplar.

Uno de los principales aportes de La estructura de las revoluciones científicas es incorporar una imagen de la ciencia como sistema de prácticas. ¿Qué significa esta nueva imagen y cuáles son sus repercusiones?

Entender la ciencia como un sistema de prácticas significa entenderla como una serie de acciones contextualizadas en una tradición de investigación donde los conceptos y teorías adquieren sentido. Estos sistemas de acciones involucran las observaciones, las mediciones y las manipulaciones de instrumentos realizadas por las comunidades científicas.

Entender la ciencia como un sistema de prácticas implica aceptar que la misma no sólo contiene reglas y procedimientos, sino también, un conjunto de habilidades y destrezas adquiridas en el ejercicio de una actividad y no por la exposición a una enseñanza explícita. Es lo que el filósofo Michael Polanyi denominó "conocimiento tácito". Colocaré un ejemplo de la vida cotidiana que ayuda a comprender lo que intento ilustrar.

Para aprender a manejar un vehículo se requiere aprender una serie de normas de  tránsito y dominar una serie de pasos, pero sobre todo, desarrollar una destreza práctica que no se adquiere  por un aprendizaje teórico. Por tanto, aprender a conducir un vehículo es desarrollar una destreza tácita. Se puede asistir a una escuela de choferes para aprender a conducir, pero no se aprende a manejar leyendo manuales de conducción, ni memorizando las reglas de tránsito, se aprende a conducir, conduciendo.

Del mismo modo, se aprende a ser un científico haciendo ciencia, no leyendo manuales de metodología, ni aprendiendo las reglas del método científico, se aprende a investigar, investigando.

Esta idea es de singular importancia para nuestro ambiente académico, porque con frecuencia se destaca que el estudiantado universitario dominicano no sabe investigar debido a su falta de formación metodológica. Se señala que nuestro estudiantado necesita más cursos de metodología para aprender a investigar. El supuesto implícito en este planteamiento es que una persona se hace investigadora aprendiendo reglas metodológicas, aprendiendo el "método científico".

Si este planteamiento fuera válido, aprender el quehacer científico sería sencillo, sólo habría que aprender las reglas del método científico. Sin embargo, la historia y la observación nos muestran que el problema no es tan simple. Tomar muchos cursos de metodología no convierte a nadie en investigador.

Como señala Kuhn, la ciencia actual requiere de comunidades científicas en las cuales los practicantes de las distintas disciplinas guían a un discipulado a través de las acciones que realizan conjuntamente y cuyo resultado es lo que denominamos conocimiento científico. Para ello se requiere la existencia de redes de producción y circulación del conocimiento, un colectivo con modelos y fines comunes, partícipes de una tradición de quehacer científico previo.

En este sentido, una de las lecciones de La estructura de las revoluciones científicas es que debemos aunar esfuerzos para la constitución de entornos que propicien un sistema de prácticas de investigación, pues, como nos recuerda Kuhn: el conocimiento científico es el resultado de un proceso donde el aprendizaje se debe al ejercicio mismo de la ciencia más que a la adquisición de las reglas para hacerla.