Hace dos días, la última vez que pasé por el área de inmigración del Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York, mi marido reparó en unos magníficos murales que ninguno de los dos había visto antes.
Buscando posteriormente en el internet, supe que los había realizado la artista Deborah Masters y que se llaman "Calles de Nueva York".
Se trata de murales de pintura-escultura con alto relieve, que celebran la riquísima y extraordinaria diversidad de personajes, intereses, culturas y actividades que animan las calles neoyorquinas.
Nos llamó la atención que los cuerpos de los personajes, incluyendo las nalgas, tuvieran unas líneas decididamente marcadas bajo los atuendos.
Estados Unidos es un país, en muchísimos aspectos, considerablemente bizantino. Padece una anacrónica moral oficial –que, en muchos casos por fortuna, no tiene nada que ver con la moral real- extremadamente puritana. Le gusta verse a sí mismo y frente a su "familia" como asexuado –aunque cuando sale al exterior sufre de dejar arrasadoras constancias que nadie lo tiene más largo, ni más desenfrenado- así es que el arte "legal" y "correcto" por decirlo de alguna forma, destinado a áreas públicas, suele ser un arte estoico y dietético, sin aceite, sin sal, sin pimienta, sin cebolla, sin ajo, sin orégano y sin recao.
Sin embargo, hay algo –algo que me encanta- en las imágenes de Masters, entre esas líneas subrayadas, de músculos en alto relieve, de nalgas musculosas, que no se ajusta a la estética oficial generalizada.
En internet me enteré que en su momento la obra desencadenó controversias y que hubo de ser retocada, ya que incluía, entre otros detalles "ofensivos", un Jesús desnudo (yo no lo vi) que fue denunciado por una liga de católicos, cuyos integrantes aspiran, como el cura de Jarabacoa, a volverse muecines y talibanes.
La artista, que si mal no leí, también es católica, rápidamente diluyó la controversia diciendo que en medio del monumental trabajo, había olvidado esculpir un paño, supuestamente incluido en el diseño original, para cubrir las zonas sensibles, lo que de inmediato hizo.
Con o sin la cortina, (no sé por qué no llevan a todos esos idiotas a visitar la Capilla Sixtina) el conjunto es inspirador y hermoso. No es erótico, pero su corporalidad incluye un enganche desafiante y sensual que a mí me gusta y es muy educativo para los estadounidenses, muchos de los cuales, solo admitieron la existencia de las nalgas cuando Jennifer López irrumpió con las suyas en Hollywood y no hubo forma de ignorarlas. A ella siguieron Beyoncé, Kim Kardasian, Rihanna…
Conste que ninguna puede compararse con una cantante cubana a la que hace poco ví bailando con Colombo en un maravilloso bar de Gazcue. La joven debía tener hacia atrás, no menos de medio kilómetro de trasero perfectamente torneado y levantado, en un apabullante desmentido a la Ley de la Gravedad. Si Newton viera eso, volvería a morirse del disgusto.
Recordé algo que escribí hace mucho tiempo, un alegre, aunque muy parcial, inventario de nalgas que debía ser rescatado.
Jeanloup Sieff –fotógrafo responsable de un absolutamente divino álbum sobre el tema- sostiene que los traseros siempre ponen en evidencia las cualidades morales e intelectuales de sus portadores.
Sin embargo, este especialista aclara que lo fundamental no es la perfección de las formas, sino la manera de llevarlo y moverlo, sin que pierda "su inocencia casi infantil".
De ello se percataría Diego Velázquez, cuando pintó a Venus mostrando espalda y trasero, en contraste con la Maja de Goya, que aparece de frente. Aquél desnudo muestra una sensual espalda de delicada curvatura y displicente actitud, con las que la mujer expone un trasero que no desborda en abundancias y con el que parece muy legítimamente satisfecha. Se trata definitivamente de unas nalgas con historia, como debe ser.
Pocos ejemplos pueden encontrarse en el arte norteamericano de una fresca y perfecta mixtura de inocencia, alegría y sensualidad con nalgas al viento, pero se puede dar por suficiente con la "Bacante y niño fauno" de Frederick Macmonnies.
Es una escultura que baila jubilosa, con la boca risueña –una de esas sonrisas etruscas que tanto han dado de qué hablar- y que durante un tiempo estuvo en la biblioteca pública de Boston, de donde hubo de ser retirada bajo acusación de "ebria indecencia", para beneficio de los visitantes del Museo Metropolitano de Nueva York, donde hoy se encuentra.
Bronzino no encontró esas resistencias cuando pintó sus cupidos nalgudos, en actitud de ofrecimiento, por cierto, muy apreciados por los contornos del Vaticano.
Las de Miguel Angel son todas grandes y bellas nalgas masculinas rigurosamente tonificadas.
Las nalgas que pintó Rubens a Hilaire y Febe, mientras eran raptadas por Cástor y Pólux, están graciosamente salpicadas de hoyuelos –la hoy tan temida celulitis- y se ven encantadoras. Poco menos espléndidas son las que Tiziano le atribuye a Venus, donde la pinta con Adonis. En contraste, las nalgas de las diosas de Lucas Cranach, son pequeñas, apretadas, duras y redondas.
El fenómeno de nalgas desenfadada e irresponsablemente abiertas son de relativamente reciente y siempre controversial aceptación. La más alegre y lujuriosa es "Iris, mensajera de los dioses" de Rodín, escultor a quien también se debe la Dánae que se inclina exponiendo a la vista de los espectadores una magnífica y exquisita espalda de bellísimo culo.
No fue sino hasta la década del ’30 que la espalda tuvo su primer protagonismo en el mundo de la moda, cuando los trajes escotados atrás causaron furor y hubo que esperar cuatro décadas más, hasta la llegada de los ’70, para que la parte inferior de la misma, realmente saltara a la vida pública sin que se resguardaran detalles, con los contornos de los pantalones ajustados y las telas elásticas.
Las de Brigitte Bardot fueron las primeras nalgas de mujer que se vieron desnudas en el cine y a ellas siguieron las de Romy Scheiner, ambas sin llegar a los radicalismos de Marlon Brando, que en "El último tango en París", no solo muestra las posaderas, sino hasta su más remoto resquicio.
Basten esas referencias para abogar por masajes y cariñitos a espaldas y nalgas.
Nadie debe creer que se ha deshecho de la virginidad hasta que no reciba caricias que comiencen con besos en la nuca, que vayan bajando con mordiditas en los angulares, trapecios y deltoides y chuponcitos en las aponeurosis, dorsales, coxis y glúteos.
Todo lo demás, incluyendo la más absoluta felicidad, llegará por añadidura.