¿Cuál es la historia de Hilma Contreras? ¿A qué época pertenecía? ¿Es cierto que era solitaria o una buena “solterona” del siglo XX que se encerró en las paredes de sus habitaciones para amar su libertad a su antojo y hacer de su idilio interior con la soledad su mordaza ante los otros, representando  su vida como un enigma aún indescifrable para “los Hilmáticos”?

¿Por qué escogió hacer de su sentir, presentir y presencia en el mundo un laberinto de causalidades que no están aún a la intemperie ni ante el ojo escrutador de quienes hacen de la mujer, cuya opción es la soledad, una especie de chica o mujer rara?

¿Por qué tuvo un amor en silencio y en secreto revelado sólo después de su fallecimiento?

¿Por qué soñaba desde niña con el amor, un “buen amor”, de quien hoy conocemos su nombre: Segundo Serrano Poncela, exiliado socialista, del gobierno republicano, escritor y periodista, a quien la unió un destino doloroso en la era de la dictadura trujillista, cuando ser “rojo” era un signo  de opositor y comunista?

¿Por qué si amó tanto a un hombre que idealiza en las páginas de su Diario, decide darle la libertad, rogarle que se marchara del país para que no corriera el mismo destino de José Almonia y otros exiliados?

¿Por qué Hilma Contreras nos privó de conocer su epistolario secreto y solo nos deja un legado de la manera en la cual quiere ser recordada?

¿Qué razones y qué angustia colmaba el ímpetu de su existencia para dejarse empujar por un destino de inadaptabilidad a su entorno, a su “pueblo chiquito”,  que chorreaba por las ventanas los murmullos de quienes esperan conocer cada detalle de aquellos son sus parroquianos forasteros llegados de Europa?

¿Cuándo inicia Hilma Contreras su decisión de mirar al mundo con reojo por las rendijas? ¿Es su “naturaleza” de mujer, su femineidad, el prototipo de sujeto femenino que el conservadurismo, la ortodoxia y el falocentrismo legitiman como una “señorita” ilustrada de la época?  ¿Qué tan femenina era, y qué tan mujer se asumió la escritora que a inicios del pasado siglo XX conocería la eterna Francia de manos de sus padres, siendo alfabetizada en francés, y que viviría en París, en Versailles, las dos primeras décadas del siglo como “une petite domicaine”?

¿Por qué su soledad; cómo se convierte en prosista la introvertida adolescente Hilma Contreras, la de hablar parco, de monosílabos, la escurridiza, la aficionada fotógrafa de su grupo de condiscípulas en el Victor Duruy? ¿Es cierto que sus experiencias gravitaban por toda su escritura?

¿Cómo definir a Hilma Contreras: como una mujer lírica cubierta por un manto de misterio o como una escritora que tuvo ante sí muchos desafíos, profundas conmociones familiares, al punto de hacerla de temperamento frío y taciturno?

Cuando la conocí, en la década de los 80’s, su universo interior, su mundo interior que había resguardado con justificación o no, me coqueteaba y me llenaba de curiosidad. Su mundo, entonces, lo percibí como un anti-mundo. Hilma Contreras era una mujer sin ego, sin vanidad, sin ostentaciones, sin quejas… pero muy evasiva para contestar mis preguntas. Yo insistía en deslizarme por su alma, y aprovecharme de cualquier coyuntura para ir descubriéndola, por eso insistí, llena de esperanza, en ser su amiga, y merecer ser su amiga.

Sin embargo, en el presente aún no tengo una manera de definirla. No obstante, me he propuesto con calma y en silencio conocerla. Estando viva,  ella, creía conocerla bastante, y no era sí, porque sus secretos son mayores que lo que conocemos, y, aún, posterior a su muerte, hay zonas muy secretas de su vida que me llenan de curiosidad.

Hacer un retrato de Hilma Contreras en nada resulta simple, sobre todo si tiene que ver con conocer cuáles eran sus lealtades afectivas; la única manera de aproximarse a ella en este sentido  es través de los soliloquios que escribió a su amante Segundo Serrano Poncela, y, que hayamos inéditos en sus archivos personales.

Hilma, la Hilma que traté como amiga tenía una gracia exquisita. Siempre estaba en dominio de su escenario; era digna esta mujer, de  gran sencillez; flexible ante los monólogos de los otros. No era una mujer de larga conversación, más bien era de monosílabos. No se parecía a ninguna de las protagonistas de sus relatos, porque su humilde solemnidad contrastaba con la vanguardia de las mujeres cuyo tipos psicológicos construía; era un ser que tenía los ojos puestos en los oídos, y los oídos puestos en los ojos…que enroscaba el hilo de sus relatos con paciencia.

La mejor descripción de su  gracia exquisita la hace Segundo Serrano Poncela en esta nota que le enviara: “Horas tras hora me suena todavía tu risa, tan fresca, tan única, tan tuya, ¡ay, no sé  si tan vital aparentemente! Algunas veces me he preguntado donde está el secreto que esa risa traiciona; qué ansia de ser algo que no es, se encierra en ella;  por qué se diferencia de tal modo de ti, que no parece tuya.  Ríes maravillosamente, queridita mía.  Es una  risa que se contagia, como un alegre rayo de sol contagia de luz la oscuridad entre hojas verdes. De pronto brota de ti, viva y saltarina, llenándote de chispas los ojos, concediéndote una especialísima y única belleza interior que hasta transforma tu cara. Cuando la oigo – y es tantas veces – se me rompe por dentro el malhumor y la tiesura; me moja de su bálsamo y siento ganas de hacer travesuras”.

Nota a la cual la escritora dio respuesta con este texto: “Bien, he aquí un día gris, al fin! maravillosamente gris, de una fresca languidez muy lejana al indecente calor de este trópico; se respira.

“Uf!,  frescuras! … Y llueve fino, fino, como un polvo de agua, neblina murmurante. Cuán bella es la vida en un día así, con juventud y con amor!

“En el parque, los árboles se marchan a otros climas de gabanes y manos enguantadas. Me encantaría mojarme, empaparme la ropa, no, desnuda, de cara al cielo bajo, sintiendo los mil  dedos de la lluvia rodar por mi cuerpo joven; estoy segura que TU estarías dentro del agua fría, vivo sobre mi alegría….

“Estoy segura que me harías hermosa como soy en mi aspiración; quisiera, no amor mío, no puedo decir lo que quisiera…quisiera morir de felicidad que me des TU…

“Cuánto fresco hay en la atmósfera! ¿Lo sientes? Hay chasquidos de besos largos en el parque, ¿los oyes? Ese ruido glotón del agua en los charcos es inquietantemente afrodisíaco, ¿lo  adviertes? A mí me da vértigos si ocurre cuando pienso en ti y las celosías lloran lentas lágrimas transparentes y me envuelve el silencio sonoro de la Naturaleza mojada.

Amo tanto la vida que quisiera morir….  para que la muerte no me alcance, para que ni siquiera “ella me separe de TI”. (Hilma).

Al igual que Hilma Contreras,  yo también tengo lealtades afectivas, y una de esas lealtades afectivas es ella, porque creo –tal como escribí en estos días a alguien muy especial en mi vida-que a quien tú amas, o decides amar, tiene que merecerte. Tiene que merecerte a quien le entregas tus sueños; ésta es la única manera posible de honrar al amor, al amor que te dan como un florecimiento permanente en todas las mañanas en que la vida te regala la existencia con cierta plenitud, y una vocación auténtica a corresponder con ese misterio tan absoluto que es la entrega de las almas a un mismo fin: la felicidad con amor.

La felicidad con amor, en este plano, va en paralelo con el silencio de la partida, de esa despedida a la cual se teme; esa despedida natural que nos envuelve en un sueño profundo del cual no se despierta.

Así, pienso ahora, pasado el tiempo: hay que saber merecer el amor de los otros y el amor a la vida, o el amor que la vida te da, y escoger a quién se lo entregas. Es torpe errar en el amor  o sucumbir porque otros no comprenden lo que le otorgas, como un conjunto de madreselvas en las cuales se descubre un fin común, una convivencia en común que tiene la potestad para eternizarse en el recuerdo o en la lealtad afectiva.

Así las cosas, en nombre de esa lealtad afectiva que buscamos, presentamos a los lectores de Acento.com.do, algunos soliloquios de esta escritora dominicana que amó, hasta sentir que pecaba de amor y por amor, aún cuando las dudas del amor la atormentaran en casa momento de entrega. (Ylonka Nacidit-Perdomo).

Yo, pecadora

Hilma Contreras

Yo, pecadora, me confieso a Dios mi señor; metida en la redoma hirviente de mi sacrificio, amándole y doliéndome; adorada de mi pecado, vuelvo los ojos hacia Dios, recibo su luz, me baño en él, agua celestial que purifica y santifica mis llagas, y entre la lluvia luminosa se enciende el corazón,  rosa de tu amor, mi corazón, cruz de mi carne fructificada en ti.

Hilma Contreras, en París, en 1932.Tú, presencia ausente, dentro de mí y tan lejos; luz en el polvo, ventana cerrada cuando los dedos de Dios te entreabren los ojos hacia arriba; ventana cerrada y yo de rodillas en espera sin fin; esperándote, amando mi pecado y doliéndome, sorda a mi salvación porque la raíz de mis peces busca tu agua. Y tú: con el Arcángel Miguel, pisándome, Amor, pisándome para que sonría una niña, carne de tu carne y sangre de mi vida ardida en soledad.

Nube de sangre cuajando, entre cielo y tierra…cuajando, desvaneciéndose…La mirada de Dios atenta, sin que yo sepa en qué dirección van mis pies; horizonte crepuscular… Orto del espíritu y Ocaso de venas; quizás… pero en medio, un grito clavado como una espada roja, astilla estridente de azul y de sombras. (Viernes 21 de febrero de 1947).

Tu aliento permanece

Volando sobre la voz del mar vino el amor a colmar de inefables murmullos mi basta soledad. Titilante paréntesis entre sombra y luz. Tu vida engarzada en mi vida por engañosa quimera forjadora de luminosa realidad inexistente en nuestro mundo de olvidos repetidos. Volando sobre la luz del mar te alejaste un día ignorando que tu aliento permanecería en mi vasta  soledad, suave resplandor de mi silencio pensativo  frente a lejanos horizontes.

06  de  noviembre de  1946. Vuelven los días negros, después de tantos apacibles y claros que me hacían pensar en un pozo fresco con la lengua del sol en sus muros profundos.

29 de noviembre de 1946. Tengo mucho miedo de estos silencios entre los dos. Después, cada minuto sin palabras me tira de las sienes en una obsesión de ti y de tu vida, mientras quizás tú te sientes lejano de mí porque no hablo. Pero, cuánto quisiera decirte!  Y no oso tocarte por temor de lastimarte las llagas; tú mismo lo has dicho, queridísimo: estás llagado en la raíz misma de tu vida, y no oso tocarte, aun cuando todo mi ser se halle tenso en su anhelo de acunarte. Si pudiera morir por ti, si al menos me dijeras que deseas morir conmigo! Pero tú no deseas nada, absolutamente nada, ni tenderte a mi lado para no pensar en nada, en nada que no sea sentirse como dos lágrimas que  absorbe la tierra indiferente.

Me da miedo no hablarte y sin embargo me callo, porque las palabras huelgan cuando el dolor se agiganta. Qué vale una palabra comparada al llanto de un abrazo que pretende proteger y se sabe impotente!

Soliloquio I. Si una flor te enseña la hermosa fragilidad de la vida, tú debes corresponderle con la dulce alegría de contemplarla. Y si el amor viene a ti en luminoso aliento apura su maravilla sin recelos ni duda. Pero cuando de tu vida lo arrebata viento huracanado o silenciosamente de tu lado se aleja, no te ahogues en oscuro pozo de amarguras y rencores sino mira en tu interior y allí encontrarás su resplandor.

Soliloquio II. El arpa cantó cuando tus dedos tocaron sus cuerdas, cantó gozosamente.  Y cuando tu ausencia creció en el horizonte, siguió cantando luminosamente en su nuevo estuche de seda.

Soliloquio III. Cuando el amor nos deslumbra, su límpida luz nos penetra hasta lo más recóndito del alma y allí se queda para siempre.