La chica número 1 –a la que llamaremos K–, se ha preguntado por qué va a la plaza todos los sábados. No tiene interés en comprar nada, pero aun así va a conversar con una amiga. Sienten que han escapado del virus porque se han vacunado. No es cierto que se contagiarán por sentarse a conversar durante unas dos horas.
Lo cierto es que van temprano a la gran plaza capitalina. Al principio, tenían un juego misterioso: jugar a las plazas. Un sábado iban a una y otro iban a otra. Ahora tienen la manía de comprar algunas cosas para la casa (adornos, pequeñas minucias, detallitos).
Tienen claro que alguien les ha dicho que eso era un peligro: ir a una plaza en plena pandemia. Pero saben que tienen mascarillas. En las plazas –saben que Santo Domingo se ha poblado de ellas en los últimos 20 años–, se dan riendas sueltas a comentar algunas cuestiones de las tiendas. Una, la primera –la que usa un flequillo ultramoderno–, dice que en ese restaurant va gente que hace lo mismo que ellas, de manera sana: conversar durante horas muertas.
Le ha dicho a su papá que les pasa algo misterioso: no se quieren ir del sitio cuando dan las cinco de la tarde. El asunto es que hay una zona de la plaza que han tomado para exhibir cuadros de pintores famosos, y por ahí también caminan. Pero a donde les gusta llegar es a la zona de fast food: tienen la impresión de que están lo suficientemente flacas, para poder comer cualquier hamburguesa que les brinden los restaurantes. Podemos comer lo que sea, dice K.
Una crónica moderna tendría como foco lo que hacen estas pequeñas damas ultramodernas. Nos enfocaríamos en cuáles son sus peticiones.
–A mí me gusta venir a esta porque aquí hay mucha gente en los restaurantes. Todos al parecer son educados porque llevan mascarillas.
–Si, a mí me gusta este restaurant. Aparte que el menú es bien bueno. Desde aquí llamo a mi mamá.
Se paran durante un momento y salen a una tienda de zapatos. En ella se sienten reinas del lugar, sin tener problemas de que las obliguen a comprar: se los prueban una y otra vez. Tienen claro que durarán unos minutos buscando cuál es el zapato que más les va.
–Si no fuera por mi mamá no pudiera venir aquí, responde la más joven.
–Sí, a mí me pasa igual. Mi mamá me da el suficiente dinero. Me ha abierto una cuenta y tengo una tarjeta de crédito, pero solo consumo lo que ella me ha permitido. No me paso. Tengo que controlarme en mis gastos, aclara.
–Yo a cada rato me paso y mi mamá chirría de rabia. Me pregunta si quiero perder la tarjeta. Esos zapatos te van, le dice a su amiga.
Luego de varios minutos en la tienda, sí deciden ir a la tienda grande que está en la zona de comida. Allí también usan la tarjeta. Deben de limitarse a ciertos gastos.
En las tiendas, se sienten más ellas. Tienen la costumbre de venir los sábados, pero han invitado a otras. Las tres –ahora se han podido juntar, ahora sí que están felices–, saben que no pueden gastar todo el dinero que les ponen sus madres en las cuentas.
–Quiero pizza, dice una. Y le voy a tomar todas las fotos posibles. La subiré. Y se ríen entre ellas.
–Yo también, dice la otra. Acabo de ver un reloj fantástico, afirma.
Se han quedado asombradas con el hambre que las ha atacado. Suena una canción de New Order, Temptation.
Al cabo de unas dos horas, se preparan a ir a otra plaza pero ya son las cinco de la tarde. Lo que sucede es que piensan en ir al cine, pero están cerrados. Se han vacunado la semana anterior y no ve por qué razón no están abiertos. Eso de ver Netflix todos los días –o Amazon Prime, o Disney Plus, o HBO, o Movistar o Itunes–, les ha dicho que el cine es una especie de lujo que pueden darse de cuando en vez.
Ya en la otra plaza, tienen claro que será el mismo proceso: dar una vuelta a ver qué se mueve, pero no tomarse un café con chocolate y caramelo, algo que las tiene muerta de sabor. La bebida es superpoderosa, piensa. Es cierto que tienen que tomarlo cada vez que vienen. Les parece un gran invento que se ha hecho para que uno se pegue a esto. Entre todas las bebidas disponibles –café moca, capuccino, cortadito, expreso, Latte Machiato, Ristretto–, piensan que han tomado el caramelo. Le parece a una que se trata lo mismo que cuando se va a la heladería.
A la primera, –a la que llamaremos K– le gusta comer de todo cuando viene, pero sabe que eso no es algo bueno para mantenerse fit, como le dicen que está. Además, si come todo luego no le podrá decir mentiras a su mamá, que le cuida su peso. La otra, más firme en sus argumentos, dice que puede comerse un pedazo de ese biscocho riquísimo que tienen tapado. Ella misma lo destapa y le dice a la tipa que le sirva, que quiere tremendo pedazo. Lo tiene claro todo: es una vez a la semana.
Luego, podrán ver que regalo le llevan a su hermanito, que tiene 6 años ya y a quien le gustan los relojes. Como se ve, no es que tiran la casa por la ventana pero si tienen claro que deben llevarle unos cuantos regalos a la gente que quieren. No para comprarlos, sino como un detalle que les dirá: mira lo bien que te quedan esos zapatos. Aparte de esto, a su papá le comprarán –a este sí–, un reloj de esos electrónicos de ahora y de siempre. Su papá, tan fino en los detalles agradecerá lo que le compran sus hijas y la amiga de sus hijas. Por ahora, ha visto los casos de corrupción, los videos de los últimos escándalos.
Su papá la llevó a comer helado hace unos meses. Allí sucedió lo misterioso: su papá cruzó a la farmacia dizque a hacer una diligencia y fue a comprar un Lotto (la verdad es que compró cuatro). Le dijo a su hija que no se lo dijera a mucha gente, pero que había chance que se lo sacara. Hacía algunos días, el papá había oído de una persona que eso no se lo saca nadie. Es como que no hay forma de darle. Piensa el papá que ahora con los sorteos de la lotería con nuevo personal –se había denunciado un fraude–, las cosas cambiarían y habría que entender que todo iba para bien. El país se arreglará, piensa de manera optimista.
Las chicas tienen claro que cada sábado tienen una cita en una plaza y se escriben antes de ir, algo importante para saber por dónde van y cuál será la elección del día. Subirán “todas” las fotos.