Marcada por una profunda impronta occidental ligada a la historia de esta región, prácticas y creencias religiosas que se han hecho ya en cierta medida, universales, las navidades están relacionadas a la litúrgica católica del nacimiento de Jesús, representante de Dios y quien fuera designado el Mesías enviado a guiar el destino del pueblo hebreo a finales de la era precristiana.
De gran popularidad, la navidad acoge de múltiples maneras la celebración: sea de profundo contenido religioso y ritual, sea como recordación al Niño Jesús, sea como encuentro afectivo familiar y social o sea como recogimiento de la familia y temporada de divertimento y regocijo, lo cierto e innegable es que la temporada navideña invita a la fraternidad, la solidaridad, la reconciliación, la paz, el compartir con amigos y familiares y al retiro espiritual.
No obstante se hace acompañar estos tiempos de varias ritualidades que podríamos denominar social y religiosas como el té mañanero o el chocolate, la Cena de Noche Buena, El Año Nuevo, El Día de Pascuas que es el 25 de diciembre, o los Santos Reyes y por si fuera poco, la visita de la Vieja Belén al finalizar la festividad tradicional navideña.
Misas, reuniones familiares, descanso escolar, vacaciones, comida y bebidas acompañan el momento, al que se suma la brisa y climas agradables de temporada y el descenso de la actividad social que se concentra en el comercio y temas de navidad.
La lucha entre lo privado y lo público, es decir entre un ambiente familiar y un ambiente social, convierten las navidades en un ferviente tema para explicar las sociedades de hoy.
Algunas cosas cambian aunque continúe como tradición, las costumbres que le son inherentes a la fecha sufren transformaciones como la Cena Navideña de Noche Buena, los Santos Reyes, o la Cena de Año Nuevo. Sabemos que hoy los platos navideños han ido cambiándose por otros, aunque sigue la convocatoria de la cena. El cerdo fue por mucho tiempo el referente primario de esa gran cena, ahora compite el pavo, además del pollo asado, con el cerdo. La golosina es hoy importada y trae otras formas, gustos y composiciones, aunque comparta mesa con los turrones, las gomitas, las pasas, uvas y manzanas.
Las bebidas que fueron por mucho tiempo el anís y el vino dulce, además del ponche, se integran en algunas mesas el ron, la sidra y otras bebidas. Al espagueti le acompañan el moro de gandul, la telera, a veces papas y pasteles en hoja. La tradición de la navidad es una práctica cultural reiterada, cambian las costumbres o maneras de celebrarse en cada momento histórico. Los cambios pertenecen a la costumbre, la reiteración de su convocatoria la convierte en tradición.
No se trata de ver que la tradición se pierde cuando cambian las formas y maneras de celebrarla, sino de cómo se efectúa cada vez esa festividad, qué de ella ha cambiado y por qué, y por supuesto qué significación tiene para quienes la celebran, pues en el estudio de la cultura, existen las razones que sustituyen determinadas manifestaciones culturales por otras, en el caso de la navidad sabemos que es imposible pensar que se celebre cada año igual al anterior, obviando la fuerza de la dinámica social y cultural.
Lo cierto es que razones de orden social, políticas, económicas y culturales pueden impactar en los cambios o explicarlos, por ejemplo el cerdo en un momento de la vida social dominicana se vio afectado por medidas de control cuando la fiebre porcina (escasez y costo), esto impactó determinantemente en la composición de la cena navideña nuestra, introduciendo el pavo y el pollo asado a esta. También ha sido afectada por la migración dominicana a los Estados Unidos, pues la tradición del pavo es fuerte allí y ha tenido un trasiego gracias a esa inmigración dominicana.
Para mantener la tradición la gente se apega a determinados símbolos como las bebidas de navidad, la música de navidad, la comida de navidad y otros referentes. Sin embargo, la fuerza del cambio modifica algunos de ellos obligando a introducir nuevos componentes: Santa Claus por los Reyes Magos o el Niño Jesús sustituido por el arbolito, e ir de compras con los niños para seleccionar los juguetes cuando en verdad se ha perdido la inocencia del Día de Reyes y la carta de petición, con la ofrenda que le acompaña.
Sabemos que al mismo tiempo, otras expresiones culturales no católicas, celebran con diferentes ritualidades la llegada del año, y la despedida del viejo. Los practicantes de vudú hacen una ceremonia de agradecimiento a las deidades por los beneficios y bonanzas del año recién transcurrido, y del lado de la tradición Yoruba en Cuba y Brasil sobre todo, se hacen bendecir por las aguas del mar acompañados de la buenaventura de Yemayá, la diosa del mar. Los evangélicos de su lado no lidian mucho con la convocatoria venida de la llamada iglesia católica, románica y apostólica, y siguen sus cultos al margen de los iconos de esta tradición poco tocados por su convicción y su fe a la misma.
En un mundo globalizado y digital, las tradiciones se mantienen con precariedad y en lucha por reafirmarse. El flujo y circularidad de personas producto de la eclosión migratoria, el componente cultural que le acompaña y las aperturas propias del mundo moderno, hacen que muchas tradiciones como las navidades, se vean amenazadas o que su fragilidad sea parte de sus riesgos, mutaciones y desafíos. A pesar de ello, las navidades arropan una parte considerable de las culturas del mundo universalizando una tradición originalmente católica que ha tenido repercusión universal.
Es cierto que la secularidad sigue ganando terreno a lo sagrado, que es quien estructura la convocatoria. Las fiestas, y toda forma de divertimento van estableciéndose como dominantes, pocos se ocupan en esos días de ir a las iglesias o de relacionar la fecha con lo religioso que la motiva. La lucha entre lo privado y lo público, es decir entre un ambiente familiar y un ambiente social, convierten las navidades en un ferviente tema para explicar las sociedades de hoy.
Sin embargo, obvio es la persistencia de la tradición, su lucha por pervivir a pesar del candente tema de los cambios culturales permanentes y recurrentes. Lo sincrónico y lo diacrónico son parte de esta hermosa tradición en la que se baten los desafíos entre cambio y permanencia, pero solo eso hace posible la inevitable relación entre esencia y existencia del ser. Por eso las navidades son parte de nuestra memoria, de nuestra identidad y de nuestras necesidades existenciales como sociedades que encuentran a fin de año motivos suficientes para recogernos, meditar, festejar y alimentar al espíritu, cuando esas necesidades dejen ser esenciales, se perderá su validación social para encontrar otra esencia que haga posible la continuación de nuestra existencia como sociedad.