Coyuntura/Mundo

Las mujeres de Batero me salvaron la vida, 1978

Por Ramón Arturo Guerrero

Batero, municipio de Cevicos, provincia Sánchez Ramírez, año 1978, en plena campaña para las elecciones del 16 de mayo de ese año.

Para esa época Batero era la única localidad rural, aparte de la frontera, donde existía un destacamento del ejército.  Ese destacamento quedó allí luego de liquidado el foco guerrillero formado  en la zona en diciembre de 1963 por el Movimiento Popular Dominicano en respuesta al golpe de Estado del 25 de septiembre anterior. Una razón para que el Gobierno mantuviera aquel puesto militar debió ser el potente movimiento campesino regional cuyos remanentes todavía podían detectarse  15 años después, a finales de la década de 1970.

La lucha por la tierra, que enfrentaba a campesinos y terratenientes, conoció pocas pausas en el Noreste, sobre todo en Cotuí, Nagua y San Francisco de Macorís. A mediados de los ‘70 se agregó un elemento inédito a la turbulencia  social: el enfrentamiento directo de las comunidades  locales contra poderosas multinacionales mineras.   Las  explotaciones de aluminio por la Alcoa en el  Suroeste y de níquel por Falconbridge en la región Norcentral se realizaban en zonas aisladas o escasamente pobladas, por lo que el impacto ambiental tuvo un efecto mínimo sobre los asentamientos circundantes.  De modo, que las mineras se pasaron años  y años sacando riquezas y exportándolas, hasta el año 1973, cuando entró en operaciones Rosario Dominicana, en Cotuí.  El proceso de extracción de oro y plata, que liberaba cianuro al ambiente, ubicado en una zona de numerosas comunidades agrícolas atravesada por abundantes corrientes de agua, resultó una combinación mortal. La contaminación  generada fue casi inmediata, desatando protestas que generaron una violenta represión por parte del Gobierno. En esa época las empresas no aplicaban comunicación ni relaciones públicas para apaciguar las protestas, solo la represión  policial o militar.

Siendo una población de fuertes convicciones  religiosas, la gente de Cotuíacudió a la Iglesia en busca de protección. El obispode La Vega, con jurisdicción eclesiástica sobre la provincia Sánchez Ramírez, Juan Antonio Flores Santana, respondió positivamente y, en principio, se alineó con los intereses de las comunidades rurales afectadas. Una de las entidades que acudió en asistencia de los pobladores fue el Centro de Promoción Campesina, que operaba desde hacía unos años, con su sede en Pontón, a dos kilómetros de la ciudad de La Vega.

En la segunda mitad de la década del `70  surgieron federaciones campesinas regionales y se comenzó a avanzar hacia un movimiento campesino independiente.  El punto culminante de este proceso lo constituyó  el  primer encuentro de campesinos federados de la provincia Sánchez Ramírez, que se realizó en Cotuí el domingo 12 de marzo de 1978.

Desde el 25 de julio de 1975 yo formaba parte del equipo de educadores y promotores del Centro de Promoción Campesina de La Vega, integrado además por el sacerdote Fabio Antonio Solís Rodríguez, Argelia Tejada Yangüela, Anette (Anita) Sinagra, Josefa Altagracia (Tata) Berrido Abad, Luis H. Vargas, Ping-sien Rafael Sang Ben, Mildred Dolores Mata y Ana Estela Henríquez.

Un día, aunque no recuerdo la fecha debió ser antes del encuentro campesino, me hallaba en Batero reunido con un grupo de campesinos organizados que irían al centro de Pontón para alguna actividad educativa. Era  media tarde y la reunión se desarrollaba en un rancho de tabaco. La comunidad era productora de maní y tabaco, primordialmente.  Cuando, se presentaron dos soldados vestidos de civil. Me llamaron fuera del rancho, señalándome con el dedo. Salí a hablar con ellos; me pidieron mi cedula y preguntaron que de qué se trataba la reunión. Les contesté que era algo de la Iglesia, sin especificar nada. Al parecer estaban bien afilados porque contraatacaron de inmediato: ¿Y dónde está la Biblia?  Les repliqué que no se usa la Biblia en todas las actividades de la Iglesia.

Ahí cambiaron el tono, me dijeron que el sargento quería verme; me di cuenta de que estaba, virtualmente,  preso. Ya en este punto los campesinos, en su mayoría mujeres, intervinieron en el interrogatorio, preguntando qué de que se trataba. Al replicarle los soldados lo de que “el sargento quería verme”, contestaron que ellos también iban porque yo era su invitado o algo así.

Lo que siguió de ahí en adelante fue como una escena de película. Batero era una pequeña comunidad rural situada como en un pequeño valle, unas pocas viviendas dispersas entre los conucos, con un canal de riego cerca.

Me fui con los soldados, que no se atrevieron a ejercer el más mínimo tipo de violencia. Y estamos hablando del periodo de los 12 años, de un ciclo electoral con decenas de asesinatos políticos, en un paraje remoto a 140 kilómetros de la capital. Peor aún, ya caía la tarde cuando llegamos a un cruce de caminos donde se hallaba el mentado sargento que, según supe después, tenía fama de “come hombres” Uno de esos perros de presa locales que apostaba el régimen de Balaguer para mantener a raya a las comunidades más revoltosas, como el célebre policía apodado Vaquerito, en Baní o el Sargento Metralla, en Barahona; Tipo Tanque, Chichí Bolón  y Masámbula en los barrios de la parte alta de la capital, y otros.

Nos topamos con nuestro hombre que se hallaba con un gallo de pelea rojo en las manos, al cual acariciaba con mucha parsimonia. La vaina se tornó color de hormiga cuando el militar comienza a plantear que yo debo ir al cuartel y las mujeres se le plantan ¡que no y que no!

Ocurren dos cosas de ahí en adelante. Una, que yo paso a un segundo plano, ni siquiera volví a hablar nada porque el enfrentamiento se convirtióensargento versus el grupo de mujeres enfadadas; y la otra, que se formó una masa que crecía a cada momento con los hombres que bajaban de los conucos. Pero, las mujeres seguían liderando la resistencia. Ignoro qué asustó más a los soldados, si las mujeres o los hombres con sus machetes al cinto. El caso es que me dejaron ir, pero ya casi era de noche. Me subieron en un caballo y repetimos algo así como la entrada de Jesús en Jerusalén que narra el Evangelio, yo en el caballo, de regreso hacia el núcleo de viviendas campesinas rodeado de mis comunitarios.

Supimos que la casa donde dormí aquella noche amaneció rodeada de soldados que merodeaban. Nunca supe los designios originales del sargento pero parece que no cumplía ordenes de sus superiores sino de un terrateniente local que había tenido durante años disputas con los campesinos.

Luego me enteré de otra versión. Según esta, que explicaría la inacción de los militares durante la noche, el párroco de Cevicos, Carlos Guerra, había sido alertado por un campesino enviado rápidamente al pueblo. El sacerdote, por cierto muy influyente en la región, se habría presentado al cuartel militar e increpado al sargento advirtiéndole que yo era un representante del Obispado, etc. Agregan que, incluso, logró que trasladaran al temido suboficial, lo cual ciertamente ocurrió. También se dice que en venganza al campesino enviado a avisarle al sacerdote lo apresaron días después y le propinaron una paliza acusándolo de ser rifero, a causa de lo cual tuvo que ser internado en el hospital Inmaculada Concepción de Cotuí.  Nunca pude confirmar esta versión con ninguno de los actores, pues no regresé a esa comunidad y abandoné mi trabajo en el centro el 25 de septiembre siguiente. En todo caso, me queda la certeza de que entre las valerosas mujeres y los hombres “machete al cinto” de Batero, y el padre Guerra, me salvaron la vida esa ominosa noche en Batero, Cevicos. Un detalle curioso es que el padre Guerra se contaba entre los sacerdotes de la zona que no simpatizaban con nuestro trabajo, que eran muchos según nos fuimos enterando al paso de los años.

En cuanto al movimiento campesino, después de esos años de auge durante los ’70, cayó en un proceso de dispersión a causa de la intromisión de los partidos políticos, entre ellos partidos de izquierda; y de la acción de agencias gubernamentales y de los llamados organismos internacionales.

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