Cuando leemos acerca de la era del conocimiento en la que nos desempeñamos es oportuno recordar que no es la primera vez que la sociedad humana atraviesa por procesos similares de cambios cualitativos. Si escogiéramos una referencia del pasado notaríamos que fue a partir del Renacimiento que la sociedad occidental sistematizó el interés por estudiar el acontecer histórico, político, científico y sociocultural de las civilizaciones griega y romana. Aquella eclosión intelectual desbrozó el camino para la consolidación y la diversificación de especialidades en las primeras universidades europeas. En aquel contexto histórico –situémonos en torno a 1460– Gutenberg puso en funcionamiento la imprenta de tipos móviles, posibilitando mediante esa tecnología la posterior aparición de los primeros periódicos, pioneros de los medios de comunicación impresa a gran escala.

Esa etapa constituyó en sí misma una revolución educativa, por haber sentado las bases del pensamiento científico moderno al realizar un balance del legado de civilizaciones anteriores que en muchos campos, como el de la política y el derecho, aportaron principios esenciales para la democracia contemporánea. Y sobre todo porque contribuyó a masificar la cultura, a liberarla de los monasterios y diseminarla entre las clases sociales del capitalismo mercantil. A su vez, el descubrimiento de América en 1492 ocurre en pleno espíritu renacentista, desatando un afán por desentrañar los misterios de aquellas sociedades que desconocían la pólvora; por entender sus modos de vida y de producción material y espiritual. El Nuevo Mundo estimuló la necesidad de conocimiento en todos los campos de actividad humana. Ciencias aplicadas, ciencias naturales y filosofía, abrieron cauces a nuevos saberes. Las ilustraciones acompañaban a los textos descriptivos, a modo de fotografías didácticas. La imprenta los diseminaba en las sociedades europeas. Las instituciones educativas se multiplicaron. Se globalizaban los saberes de aquel momento histórico.

En consecuencia, el Renacimiento hizo posible una sociedad del conocimiento que, comparativamente, provocó el mismo impacto que para nosotros hoy tiene el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y de las comunicaciones, pero el Renacimiento lo hizo con una característica distintiva: el interés por ofrecer explicaciones racionales de las formas de organización social de la antigüedad clásica y del Nuevo Mundo americano, interés perteneciente al universo de estudio de las humanidades. De ese modo  se originó una sinergia entre las “ciencias de la sociedad” y unainnovación tecnológica que facilitaría la difusión del quehacer intelectual. Así, la imprenta de Gutenberg se convirtió, metafóricamente hablando, en la Internet de su época, aunque sin facilitar el intercambio comunicativo en tiempo real.

La Internet de nuestros días, por su parte, ofrece un sinnúmero de autopistas de acceso a cualquier área del conocimiento, haciendo posible la cooperación del trabajo en redes o los procesos de enseñanza-aprendizaje, a distancia yal instante. Este nuevoevo de tecnologías multimedios es otra “revolución del conocimiento”, provocador de cambios sociales como lo hiciera el humanismo renacentista, etapa donde se produjo la segunda sociedad del conocimiento, pues la primera se la debemos sobre todo a la Grecia clásica.

Pero resulta curioso observar que, mientras el Renacimiento le restituyó al hombre su condición de protagonista de la historia, dinamizando su interacción social, la globalización apuntalada por las TIC revela la paradoja de aproximar al mundo aislando alos individuos, puesla interacción entre las personas tiende cada vez más a ser mediada por los celulares y las computadoras, en menoscabo del calor, del colorido y de la gestualidad presentes en una comunicación cara a cara. Por ejemplo SecondLife, esa brillante recreación de la sociedad real, tiene el inconveniente de transformar a los individuos en avatares digitales que interactúan, sí, pero perdiendo el nombre propio, en sus respectivas soledades y desde lejos, en un escenario virtual.

Sin lugar a dudas tenemos el privilegio de beneficiarnos del progreso traído por las TIC. No obstante, la propensión a magnificar hasta el absoluto la importancia de estas “nuevas tecnologías” para el desarrollo económico pudiera perjudicar la educación integral de nuestros jóvenes si no se enaltece también el valor de la enseñanza de las humanidades.

Permítaseme llamar la atención sobre tres aspectos: primero, cuando se hable de “nuevas tecnologías” debemos incluir la diversidad de tecnologías propias de cada campo de actividad humana, como por ejemplo la invención de materiales biodegradables, provenientes de la química; las novedosas aleaciones metalúrgicas que mejoran los fuselajes de las naves espaciales o de las brocas perforadoras de túneles. Segundo: recordar que cualquier tecnología se incluye en – y refleja – el estado de cultura de una sociedad. Tercero: poner en primerísimo plano el hecho de que detrás de cualquier avance científico técnico y cultural está el ser humano, el gran hacedor de inventos.

De manera que, vista sin el entusiasmo sectario de los tecnófilos, una tecnología no es más que la herramienta apropiada para realizar determinados procesos con el objetivo de lograr resultados planificados. Es decir, cumple una función instrumental. Por tanto, debiéramos poner el énfasis educativo no únicamente en la tecnología como especialidad, sino también en el sujeto que la hace posible.

La tecnofilia, enaltecida por la globalización, considera a especialidades como las ingenierías másafines a su desempeño práctico. Tal vez un limitado concepto de modernidad sea el causante de orientar la oferta académica hacia carreras en las que predomine la automatización, desplazando otras, como agronomía, a un plano lateral. ¿Y qué ocurre con las humanidades y las ciencias sociales? Con excepción de la licenciatura en derecho, están en franco declive debido a la baja demanda laboral.

Si continuamos con la referencia del Renacimiento, notaremos que tuvo otra característica: fue capaz de sembrar en los individuos la semilla del interés cognoscitivo en múltiples campos del saber. En cambio, en nuestra “sociedad del conocimiento” las TIC demandan formar tecnólogos para reproducirse a sí mismas únicamente en las parcelas de su exclusivo terreno epistemológico. Una respuesta conocida es que eso se debe a la superespecialización del trabajo, fenómeno originado por el desarrollo científico-técnico. Pero esa verdad no debe servir de pretexto para que, sin proponérnoslo, la cultura quede reservada para unos pocos elegidos, como en la Edad Media ocurrió con la memoria histórica de Grecia y Roma.

No debemos conformarnos con que los operadores de las nuevas tecnologías informáticas se limiten a “colocar” de manera pasiva contenidos de humanidades en los diversos portales de la Internet. Eso es ofrecer un servicio de referencias bibliográficas en una plataforma cibernética. Hay que enseñar a interrelacionar esa masa de información, y para lograrlo debemos reforzar en los programas de estudio de las carreras técnicas aquellas materias que modelan la formación cultural integral de cada nueva generación. Historia y geografía universales, redacción en las lenguas maternas, arte y literatura, convivencia ciudadana y principios de economía política no debieran faltar en el pensum de ninguna universidad del siglo XXI.

Globalicemos con cultura a los que globalizan a sus sociedades. Asumamos esta propuesta como un compromiso de las generaciones actuales con los protagonistas del porvenir, las nuevas juventudes que, al montar una red de wi fi en la Luna, sean también capaces de fundar allí una nueva biblioteca, como la que heredamos del Renacimiento.