Las guagüitas venduteras, generalmente desvencijadas y cargadas hasta los topes, incluyendo un peso de colmado colgando, de dudosa exactitud, con un ayudante joven o viejo en la parte trasera sacando y arrastrando un pie por el pavimento de las calles, y que van pregonando cualquier mercancía o servicio a voz en grito a través de sus altoparlantes por los barrios populares, y a veces por los no tan populares, deberían ser declaradas como parte del patrimonio cultural del país, y por lo tanto preservarse para que las generaciones futuras entiendan una parte importante de su pasado comercial, cuando ya todos compren por internet y reciban las mercancías en los modernos drones de reparto a domicilio, los cuales saludarán, darán las gracias y se despedirán con un amable ¨vuelva a comprar con nosotros¨.
Las guagüitas venduteras, forman parte de nuestra idiosincrasia nacional de producir ruidos molestos e insoportables en cualquier momento o lugar, ya sean colmados, talleres, fábricas o hasta el mismo Congreso,cuando los senadores o diputados se enzarzan en discusiones pendejas, amenazándose unos a otros a grito ¨pelao¨ en cualquier momento y por el motivo más nimio.
Eso de los ruidos ensordecedores es tan propio y tan dominicano como lo pueden ser la impuntualidad en las citas o reuniones, la toma de frías por docenas los sábados calurosos, o el decir que venga a cobrar el cheque la semana que viene porque le falta una firma.
Las guagüitas venduteras hasta pueden ser parte de un negocio turístico que puede dejar buenos beneficios y una oportunidad para esos emprendedores que tanto quiere impulsar el gobierno. Los operadores y promotores de tours locales deberían tomarlo muy en cuenta, porque sin duda sería una fuerte atractivo nuevo y desconocido para los extranjeros que nos visitan provenientes de países con avanzada educación ciudadana, y donde se aplica rigurosamente la protección de las personas contra la contaminación ambiental auditiva.
Seguro quedarían fascinados ante este sistema de ventas, y quién sabe si algún nórdico lo imita y cuando usted llegue a Estocolmo, por ejemplo, se encuentra una camioneta Volvo con un sueco arriba diciendo ¡salmón ahumado a diez euros! ¡salmón ahumado a diez euros! ¡salmón ahumado a diez euros! Ya sabemos que todo lo dominicano, bueno o malo, es altamente contagioso.
Pero volviendo al caso que nos incumbe, es increíble la capacidad de producir decibelios molestos y repetitivos que tienen esos pequeños vehículos. Se le plantan, sin más ni más, en frente de su casa, su negocio o su trabajo y comienzan a pregonar sin piedad eso de ¡plátanos a cinco pesos ¡plátanos a cinco pesos! ¡plátanos a cinco! pesos! ¡plátanos a cinco pesos! Como si fuera un disco mil veces rayado. Y así hasta el infinito de la paciencia, o hasta acabar con nuestros nervios ya bastante alterados por el tráfico caótico, el recibo de la luz, o los precios de los combustibles.
Un día le toca los plátanos y al otro aparecen con ¡cebolla a 10 pesos la libra! ¡cebolla a 10 pesos la libra! ¡cebolla a diez pesos la libra! Y después el turno de aguacates, sandías, melones, yuca, zapotes, chinolas, cerezas, limones o lo que abunde en ese momento en los mercados de la capital. Como si las personas a las que van destinados esos anuncios fueran totalmente sordas, o solo pudieran comprar conminándolas o anonadándolas a base de gritos.
Otro tanto podemos decir de las que se dedican, de manera incansable, recorriendo toda la ciudad comprando trastos viejos, colchones viejos, neveras viejas, hierros viejos y todo lo viejo que pueda haber en el país, que es mucho, incluyendo políticos en estado de oxidación y desguace. Una vez, oyendo lo de los hierros viejos, le dije a mi mujer que se escondiera, que venían a por ella, al principio se asustó, pues ya se sabe que tenemos mucho miedo metido en los entresijos, pero de inmediato se dio cuenta de la broma, y se echó a reír de mi ocurrencia, pero pudo haberme costado recibir una buena patada en las canillas o un bolsazo en la cabeza, y ya saben lo que pesan que esos recipientes femeninos en los que guardan mil cosas extrañas.
Claro que, en compensación, las guagüitas tienen una buena ventaja, y es que suelen ofrecer mercancías mucho más baratas que en tiendas, colmados o supermercados, y solo por eso vale la pena soportarlas, pues poner artículos de primera necesidad, dos, tres, o cuatro veces más baratos, es un ahorro muy importante para las clases con la economía más vulnerable.
Ahora, de que las benditas guagüitas son pesadas, molestas y alienantes, lo son, y mucho, muchísimo y sobre todo, demasiado. ¡A cinco pesos! ¡A cinco pesos! ¡A cinco pesos!….