El concepto de “objeto”, el físicamente organizado ―palpable y definible― o aquel de naturaleza abstracta, posee (y responde) a propiedades que van desde estructura, tamaño y composición, hasta la forma (del griego morphé, y del latín forma). Forma comprendida como el molde que les caracteriza; como la configuración que reciben las impresiones sensoriales en la percepción más allá de su concepción geométrica. No interesan aquí las formas de puntos, curvas y planos, tampoco las complejas representaciones tridimensionales de la física. Importa que tal cual lo establecido en la teoría del arte, forma no sea otra cosa que el producto de la acción e intención del hombre sobre la materia en su más amplia dimensión. Trátese ella de una pieza artística, de la constitución del entorno social, las reglas que le ordenan, o de la conducta de sus protagonistas. En suma, de cómo luce la vida.

Nos ocupa además establecer aquí un paralelo entre geometría, estructura social y crítica a partir de los fractales (aquellos objetos de composición fragmentada e irregular) los cuales, al igual que los múltiples eslabones y peldaños que caracterizan la madeja de las comunidades humanas, conforman la nueva mirada de la matemática cuántica; joven disciplina que explica desde hace apenas unas décadas cómo los objetos son también fragmentos irregulares y repetitivos en todas sus escalas e incluso autosimilares. Porque están hechos de infinitas y diminutas copias de sí mismos, similar a los pueblos y países.

Entiendo que estas disquisiciones ―meras excusas, por supuesto― son enteramente pertinentes a fin de aproximarnos al ensayo “Pensar las formas”, importante libro recién publicado por el reconocido escritor y profesor Plinio Chahín (Santo Domingo, 1959), aventura literaria que acrecienta la obra de este fecundo autor quien al igual que algunos otros vivos o fallecidos, ha empleado las páginas de la prensa nacional para ejercer con frescura y contundencia el tan necesitado rol de ojo visor y pensante del mal llamado ‘crítico’. Encontramos en sus textos agudas disecciones, desgarradoras visiones y fieles fotografías de las diferentes expresiones de la dominicanidad del joven siglo: su producción poética, pictórica y cinematográfica; los desafíos y falsos valores de la crítica nacional; las desesperanzas de Miches vistas a través del ojo ajeno de una autora reseñada; además del trabajo escritural de nombres sacrosantos como Barthes, Cortázar o Paz, y no por coincidencia, hasta la semiótica del universo erótico de los tatuajes.

Tatuajes. Desde su historia temprana simbolizaron tradiciones que contribuían al sostén del individuo en su círculo inmediato cumpliendo de tal forma un papel de integración, por así decirlo, donde portarlos revelaba que el sujeto era y deseaba ser parte de la comunidad. Siglos después, durante las décadas de los años 70 y 80 tatuarse adquirió un nuevo giro: la trasgresión hacia lo prohibido en las fronteras de la marginalización. En un intento de convertirle en estrategia contra la imposición de lo establecido, aquellos jóvenes consiguieron que el tatuaje dejase de ser mecanismo útil “para ser uno más” y se convirtiera en instrumento “para ser uno menos”. La rotura de la “territorialización” impuesta al cuerpo moderno –al cuerpo disciplinado de Foucault– a través del tatuaje como negación de las normas de sujeción establecidas por las superestructuras de poder ha sido también fuente de debate. Una frase aparecida en el libro “Tatuajes de criminales y prostitutas” (Errata Naturae, 2012) parece haberlo dicho todo: El tatuaje lleva a la piel lo que el individuo porta en su fuero interno.

El autor que nos ocupa va más allá cuando partiendo de Jean Baudrillard establece los linderos de la relación sumisión-prohibición expresa en el fetiche de marras, el vértigo de “la pasión del acto de tatuarse y su intensidad; del goce que se deriva de la obediencia a la ley”. Sentencia Chahín en unas líneas el acelerado devenir de esta costumbre: “Si los místicos fantasearon con aniquilar el cuerpo para ofrecer a Dios el espectáculo de una esclavitud liberadora, si los libertinos y Sade, promovieron el cuerpo como único lugar de goce, y si los sexólogos domesticaron sus placeres y furores inventando un ‘catálogo de las perversiones’, los sujetos que actualmente se tatúan, han conseguido llevar casi hasta su término, una especie de metamorfosis desequilibrante de los múltiples deseos del amor”.

Lúdico, como sólo sabe concebir el poeta, es el viaje al que a través del medio centenar de textos incluidos en “Pensar la forma” nos lleva Chahín a mano de un lenguaje fluido y estéticamente sobrio que, en oposición a lo declarado por él, celebra la realidad esta vez afortunadamente de(construida) por la mágica palabra que depositada en el asombro de la página, entrega la esperanza de “subvertir el discurso de la vida y el lenguaje” como paradójicamente el propio autor nos alerta. Si bien la creación poética de Chahín había logrado tal afrenta en el fajo “Narración de un cuerpo”, colección que a nuestro modo de ver ejemplificó una divagación, anatomía al hombro, a través del amor, el deseo y el misterio místico pocas veces lograda en la poesía dominicana, los escritos contenidos en “Pensar la forma” alcanzan otras esferas acompañados de un pensamiento reiterativamente crítico, preclaro, y que despojados de pretenciosidad alguna consideraríamos de carácter referencial.

Una ráfaga de comentarios sobre la poesía nacional repasan en este libro la herencia de importantes nombres: Álvarez, Mármol, Gómez Rosa, Lantigua, Rivera, Belliard, Javier y otros tantos no menos relevantes; brilla sin embargo, el hermosísimo ensayo dedicado al Enriquillo Sánchez “que hizo del Poema un modo de reconocerse en el mundo y de habitarlo con un nuevo sentido de plenitud”. Autor que si bien logró intelectualizar el verso incorporándolo a su sensualidad innata de poeta-ser erótico, también fue capaz de enriquecer estéticamente el habla del dominicano, según concluye certeramente Chahín.

Inquietan a Plinio Chahín múltiples temas adicionales que el espacio no permite esbozar: el que no solo sea considerado el historial arqueológico en la restauración de las ruinas de San Francisco sino la subordinación del material empleado en tal proceso al valor histórico del monumento; cómo el papel de las incipientes tecnologías de multimedia digital anuncian un nuevo cine donde el ordenador dice y deshace cual recio director; en qué consiste el carácter normativo (o arbitrario) del gusto; y una confesión a la que muchos, quien escribe incluido, han dedicado páginas interminables intentando negar su naturaleza “descabellada y quijotesca”: la necesidad de devolver la voz al cuerpo. Entiéndase voz en su más extenso sentido de instrumento expresivo de la bóveda portadora del Ser y de su alma ―el cuerpo― y éste como “organismo mudo, inerme, culpable, condenado sin apelación por el lenguaje ―pulsión rebelde que no puede nombrarse, que debe combatir a cada paso el monopolio del diccionario, que necesita pensar y afirmarse contra su propio instrumental expresivo”― según enuncia nuestro autor.

Confiamos en que el lector de “Pensar la forma” asumirá el llamado de alerta depositado en sus últimas páginas como clave fundamental para su disfrute: “En este libro, la experiencia crítica se articula a partir de dos categorías centrales de la estética: la epifanía y el asombro. Ambas constituyen una trama con otras dos categorías específicamente modernas: el genio y el gusto”. Fractales, diría yo, que conforman la realidad y a la vez empoderan al ojo pensante en la tarea de ir más allá de lo simplemente observado para penetrar a los eternamente dinámicos vericuetos del existir posmoderno.